Los dinosaurios y los reptiles voladores no eran los únicos peligros presentes en la Tierra hace 100 millones de años. Más cerca del suelo, hormigas de 1,5 centímetros (cm) de largo, aladas, provistas de mandíbulas afiladas con forma de hoz y un aguijón, pueden haber sido una verdadera molestia.
La apariencia hostil de estos insectos de la subfamilia Haidomyrmecinae les ha valido el apodo de hormigas infernales. Un artículo publicado en mayo en la revista científica Current Biology reveló que una especie extinta de ese grupo, Vulcanidris cratensis, vivió hace 113 millones de años en el territorio de lo que actualmente es el municipio de Araripe, en el estado brasileño de Ceará. El fósil fue hallado en la formación Crato, en la zona limítrofe entre los estados de Ceará, Pernambuco y Piauí.
Se trata del primer ejemplar de una especie de hormiga infernal hallado en Brasil. Desde 2008, los paleoentomólogos ya habían clasificado 12 especies a partir del hallazgo de fósiles conservados en ámbar en Myanmar (Birmania, Asia), una especie en Estados Unidos y otra en Francia. El fósil brasileño es el más antiguo de todos.
Sudamérica tuvo un papel central en el inicio de la evolución de las hormigas
La presencia de estas hormigas en Brasil revela que la distribución de estos insectos era mucho más amplia de lo que se pensaba. “Ahora sabemos que habitaban tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur”, comenta la entomóloga Gabriela Procópio Camacho, del Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo (MZ-USP).
Antes del reciente descubrimiento, los científicos sabían, por estudios genéticos realizados con hormigas actuales de América del Sur y de África, que las primeras especies de estos insectos habían surgido en Sudamérica. “El problema radicaba en que, pese a ello, los fósiles más antiguos conocidos eran del hemisferio norte, sobre todo de Asia”, dice Procópio Camacho. “El hallazgo de esta nueva especie en Ceará, cuya antigüedad es de unos 110 millones de años, indica que se trata de la hormiga más antigua conocida hasta la fecha, un ejemplar de un grupo que se considera muy primitivo, lo que no hace sino apuntalar la idea de que América del Sur tuvo un papel central en el inicio de la historia evolutiva de las hormigas y pudo haber sido uno de los lugares donde estas comenzaron a diversificarse”.
Hace 100 millones de años, la región que actualmente ocupa Myanmar era un ambiente cálido, lluvioso y cubierto por una densa vegetación, típica de las selvas húmedas tropicales. En la misma época, los registros de la formación Crato revelan un ambiente de clima seco, con lagos de escasa profundidad, estaciones marcadas y una vegetación variada, que incluía coníferas, helechos y algunas plantas con flores, las primeras que hubo en el planeta. “Esto demuestra que las hormigas infernales tenían una gran capacidad de adaptación, lo que podría explicar cómo lograron diseminarse por extensas zonas del planeta durante el período Cretácico”.
El descubrimiento fue por pura casualidad. “El fósil fue donado junto con otros más por una familia que poseía una colección. Cuando se realizó la curaduría, advertimos que este insecto no se parecía a ningún otro que conociéramos de Brasil”, relata Procópio Camacho. El autor principal del artículo, Anderson Lepeco, un biólogo que realizaba una pasantía de capacitación técnica en el MZ-USP, becado por la FAPESP, recordó los fósiles de hormigas infernales de Myanmar. Entonces los investigadores llevaron a cabo un examen por tomografía para estudiar el cuerpo del insecto en 3D y confirmar su identificación.

Anderson Lepeco / USPEl fósil de la formación Crato: un cuerpo conservado por completoAnderson Lepeco / USP
El excelente estado de conservación del fósil y la peculiar anatomía de estos insectos ancestrales simplificaron el trabajo. “Las hormigas infernales poseían mandíbulas verticales, que utilizaban para morder de abajo arriba. Las hormigas modernas se alimentan moviendo sus mandíbulas en forma horizontal”, explica Procópio Camacho.
Utilizaban esas minúsculas hoces para transportar alimentos vegetales, como la savia de los árboles, y para capturar otros insectos. Una de las hormigas ancestrales de Myanmar, descrita por investigadores de Estados Unidos y Francia en 2020 en la revista Current Biology, había quedado fosilizada en ámbar con sus mandíbulas hincadas en otro insecto.
El artículo escrito por los investigadores brasileños concluye que la rareza de los ejemplares de este grupo en la formación Crato, donde la única especie encontrada es V. cratensis, constituye un indicador de que las hormigas infernales no eran predadores dominantes en aquel ambiente. En 1989, el zoólogo Carlos Roberto Brandão, del MZ-USP, bautizó con el nombre de Cariridris bipetiolata a una especie de hormiga de la misma formación. “El problema es que el fósil formaba parte de una colección privada a la que los investigadores perdieron acceso y la descripción de Brandão se basó en un dibujo y una fotografía del fósil, no en una tomografía 3D, como la de V. cratensis”, comenta Procópio Camacho. “Algunos estudiosos clasificaron al fósil como una avispa y su identidad generó controversias”. La nueva publicación proporciona una base más sólida para el trabajo de Brandão, aunque Procópio Camacho subraya que, en virtud de las tecnologías utilizadas, “el nuevo descubrimiento actualmente se considera la primera hormiga fósil de la formación Crato validada con certeza por la ciencia”.
“La tomografía es una técnica de examen muy importante porque los detalles anatómicos que revela nos permiten hacer conjeturas sobre los modos de vida de estos insectos”, argumenta el paleontólogo Gabriel Osés, investigador colaborador en el Instituto de Física de la USP, quien estudia fósiles de insectos de la formación Crato y no participó en el estudio. También subraya que, en el caso de los insectos, es posible entender la relación entre estos organismos y las plantas.
El fósil brasileño se diferencia de los asiáticos porque es el único conservado en roca, no en ámbar. “Ésta es una característica muy particular de la formación Crato, conocida por la preservación excepcional tanto de grandes animales como de insectos y otros artrópodos”, dice Osés. En esta formación existen dos tipos de roca caliza en donde pueden hallarse fósiles. En una de ellas, oscura por la abundancia de materia orgánica en el pasado, la conservación de los animales era más precaria. La otra, de color beige, contenía altas proporciones de un mineral llamado pirita que, cuando se oxida, forma hidróxidos de hierro (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 283).
Algunos de estos minerales son los que sustituyeron los tejidos de muchos organismos del pasado en la formación Crato y conservaron sus estructuras. En el caso de los insectos, más delicados y difíciles de conservar, la fosilización es más rara que en el caso de los vertebrados, pero cuando esto sucede, puede preservar el cuerpo completo de los artrópodos, incluidos los tejidos blandos.
El estudio de estas formas de vida es esencial para entender mejor los ambientes ancestrales. “Las hormigas actuales son grandes ingenieras de ecosistemas”, dice Procópio Camacho. “Hacen que el suelo sea más poroso, facilitando la absorción del agua y promoviendo la fertilidad”. También transportan semillas y controlan la cantidad de plagas o plantas invasoras que forman parte de su dieta. “Podemos suponer que, en el pasado, también desempeñaron un papel importante”, sugiere.
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