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UFRJ – 100 AÑOS

Cien años vigorosos

Las universidades surgieron tardíamente en Brasil, que ideó un modelo peculiar para superar ese atraso

Campus en construcción de la UFRJ, en 1968

Correio da Manhã/Archivo Nacional

El centenario de la fundación de la primera universidad se celebró en varios países de América Latina aún durante el período colonial. Por caso, Perú, República Dominicana y Argentina fundaron vastas instituciones, algunas de ellas de carácter religioso, inmediatamente después de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo, entre los siglos XVI y XVII. “En tanto, Portugal no permitió que hubiera instituciones de enseñanza superior en su colonia, para no perder el control sobre la misma”, relata el filósofo y experto en políticas de educación superior Valdemar Sguissardi, docente jubilado de las universidades Federal de São Carlos y Metodista de Piracicaba. Solo después del arribo de la familia real a Brasil, en 1808, se autorizó la creación de escuelas superiores de medicina, derecho e ingeniería. La elección de ese modelo perduró luego del fin del dominio lusitano. En 1918, cuando se produjo una revuelta en la Universidad de Córdoba, en Argentina, desencadenante de una reforma de la educación superior en toda Hispanoamérica que consagró el concepto de autonomía académica, Brasil todavía no contaba ni siquiera con una universidad propia, solo escuelas aisladas para la formación de médicos, abogados, ingenieros, agrónomos. El advenimiento de la Universidad de Río de Janeiro, en 1920, tampoco rompió esa inercia, porque las facultades que la constituían mantuvieron un funcionamiento independiente durante cierto tiempo.

Pero en el transcurso de los últimos 100 años, Brasil enfrentó el atraso histórico con nuevos bríos y logró crear un sistema universitario extenso y robusto. Según el último Censo de la Educación Superior, en 2018, el país cuenta con 2.537 instituciones de educación superior, de las cuales 199 son universidades. Poco más de la mitad son públicas, 63 de ellas federales, 40 de los estados y 4 municipales. Es por ellas que el país ocupa el 13º puesto en el ranking de la producción científica global, por detrás de Estados Unidos, China, Canadá, Australia, Japón, India y Corea del Sur, y de algunos países europeos, tales como el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y España, pero delante de Rusia, de Irán y del resto de los países latinoamericanos, según la información suministrada por la empresa Clarivate. Según datos de la Academia Brasileña de Ciencias extraídos de la plataforma Web of Science, las universidades públicas brasileñas fueron responsables de alrededor del 95% de la producción científica del país entre 2011 y 2016. La pujanza de la investigación científica brasileña está asociada al desarrollo de un sistema de posgrado afianzado en las universidades públicas, que es único en América Latina y ofrece 2.200 cursos de doctorado, 3.400 de maestría y más de 700 maestrías profesionales. Cada año se gradúan en el país alrededor de 23 mil doctores y 60 mil magísteres. En 2017, tan solo en la Universidad de São Paulo (USP) se graduaron 3.078 doctores, un desempeño superior, en términos cuantitativos, al de universidades de investigación estadounidenses: aquel año, Harvard concedió 1.528 doctorados y la Universidad de California en Berkeley, 1.182.

Archivo Nacional Revuelta de los estudiantes en la Universidad de Córdoba, Argentina, en 1918Archivo Nacional

Algunos hitos históricos ayudan a explicar cómo fue que Brasil avanzó y se diferenció, y la fundación de la USP, en enero de 1934, fue uno de los más destacados. El decreto de 1931 que estableció el estatuto de las universidades brasileñas determinaba que las instituciones debían estar integradas al menos por tres de una lista de cuatro unidades: medicina, derecho, ingeniería y educación. El proyecto de la USP introdujo un componente no previsto: la creación de una Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras, que se sumó a las ya existentes de derecho, medicina, ingeniería, agronomía, farmacia y educación. “Para la Facultad de Filosofía se contrataron profesores en Europa. Entre ellos había matemáticos, biólogos, físicos y científicos sociales, entre otros, que fundaron núcleos de investigación en el país introduciendo las tradiciones europeas. No había nada similar ni en Brasil ni en el resto de América Latina”, dice el sociólogo Simon Schwartzman.

Reproducción/Universidad de São Paulo – Modelos y Proyectos/Edusp Un esbozo de las vías principales y la demarcación por zonas de la Ciudad Universitaria de la USP en un plano de la década de 1950Reproducción/Universidad de São Paulo – Modelos y Proyectos/Edusp

Otro acontecimiento importante fue la Reforma Universitaria de 1968, que abolió el sistema de cátedras e introdujo en el país un modelo de organización similar al de las grandes universidades estadounidenses, con docentes contratados en dedicación exclusiva y una carga de clases compatible con las actividades de investigación. El nuevo sistema repercutió en las universidades públicas que habían sido creadas en la posguerra, algunas de ellas por medio de la federalización de instituciones estaduales y privadas, y sirvió como modelo para aquellas que surgieron a partir de la década de 1970. La reforma fue una respuesta al anhelo de los sectores académicos que pugnaban por una universidad más orientada hacia la investigación científica. La idea de sustituir las cátedras por departamentos ya había sido prevista, por ejemplo, en el proyecto de la Universidad de Brasilia, en 1961. Ese cambio se desencadenó al mismo tiempo que se empezó a configurar el sistema de posgrado que hoy en día conocemos, también inspirado en los programas de Estados Unidos.

Universidad de Brasilia Campus en construcción de la Universidad de Brasilia, en 1972Universidad de Brasilia

Este modelo universitario ha proporcionado un entorno favorable para los docentes interesados en investigar, dice la politóloga Elizabeth Balbachevsky, de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la USP. “Algunos países de América Latina han experimentado en los últimos decenios una fuga de cerebros, pero eso no ocurrió en Brasil. En algunos de nuestros países vecinos, la contratación de docentes sigue haciéndose de una forma que consideraríamos precaria, pagándose por horas de clase. En Argentina, existe la figura del docente voluntario, un cargo honorífico, sin remuneración”, explica. “La conformación de las universidades de investigación ha sido una decisión compartida por los sucesivos gobiernos con diferentes orientaciones políticas y es el resultado de una labor concentrada y a largo plazo que Brasil ha concretado con miras a ampliar su capacidad de generar conocimiento y desarrollo”.

El modelo adoptado en Brasil generó, no obstante, un efecto colateral que lo distanció de la experiencia de la mayoría de las naciones. Mientras que los países de América Latina creaban universidades con miles de alumnos, las brasileñas fueron protegidas de la presión por la masividad, con el propósito de que mantuvieran su calidad. Hasta los días actuales, constituyen una porción minoritaria de los estudiantes que tienen acceso a las instituciones públicas, a la par que ha habido una hipertrofia de las privadas. En 2017, se contabilizaron 2 millones de matrículas en el sistema público de educación superior y 6,2 millones en el sector privado. Para Schwartzman, la inspiración en el modelo estadounidense se hizo de una manera incompleta. “Copiamos lo mejor del sistema, creando universidades orientadas a la investigación, pero pasamos por alto la educación masiva. En Estados Unidos, la mayoría de los jóvenes se gradúan en instituciones locales y comunitarias, tales como los colleges y los community colleges. En Brasil, la solución para ampliar la educación de grado fue liberar la enseñanza privada. Somos uno de los países del mundo con el mayor porcentaje de matrículas en el sector privado”. El último informe “Education at a glance”, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), reveló que, además de Brasil, tan solo Japón, Corea del Sur y Chile tienen más del 50% de sus alumnos terciarios matriculados en escuelas privadas.

Archivo Central de la UnB El antropólogo Darcy Ribeiro habla en la inauguración de la Universidad de Brasilia, en 1962Archivo Central de la UnB

El amplio crecimiento de las instituciones privadas no libró al país de las restricciones en la cobertura de la educación superior. De acuerdo con el documento de la OCDE, alrededor de un 18% de los brasileños de entre 25 y 64 años se han graduado en la educación superior. Este índice es similar al que se observa en México, pero se encuentra por debajo del de Argentina (un 36%), Chile (un 25%) y Colombia (un 23%). Entre los países que integran la OCDE, el promedio de conclusión de la educación superior es del 39%. Hubo, eso sí, una expansión de las vacantes durante la década pasada. En la franja de los 25 a los 34 años, el porcentaje de brasileños con diploma universitario aumentó de un 11% en 2008 a un 21% en 2018. “Podemos tener algunas de las mejores universidades de América Latina, pero solo una porción minoritaria de los jóvenes brasileños tiene acceso a ellas”, dice Valdemar Sguissardi, quien analizó este fenómeno en un diagnóstico sobre la política de expansión de la educación superior en el país entre 2002 y 2012, elaborado para el Consejo Nacional de la Educación. “Disponemos de un sistema de posgrado importante, pero nos hemos olvidado de las carreras de grado”.

Otro inconveniente fue la forma desigual en que el modelo se implementó en las universidades públicas. En un estudio publicado en 2013, Balbachevsky reveló que, si bien las instituciones públicas brasileñas comparten el modelo que asocia educación, investigación y extensión y mantienen a la gran mayoría de sus docentes en un régimen de dedicación exclusiva, solo una parte de ellas ha logrado transformarse en universidades de investigación. Según ella, sería necesario conjugar dos dinámicas: la transformación de las normas de carrera y la atracción de un cuerpo de docente que asuma la responsabilidad de elaborar los programas de posgrado. “Algunas lo han hecho, como es el caso de las estaduales paulistas, las federales de Minas Gerais, Río de Janeiro, Pernambuco y Rio Grande do Sul, pero no todas, aunque hay dudas sobre si eso respondería a las necesidades de la sociedad brasileña. Algunas lo han hecho parcialmente, en ciertas áreas”. Para la investigadora, es natural que existan instituciones con orientaciones diferentes, algunas competitivas a nivel internacional, otras con impacto regional. “Pero el modelo de las universidades federales las iguala a todas y ofrece escasa flexibilidad. Esto impide que las universidades regionales aprovechen lo mejor que tienen, que consiste en poder brindar respuestas a los desafíos locales”.

Marco Carrasco Wikimedia Commons La Universidad Nacional Mayor San Marcos, en Lima, Perú, fundada en 1551Marco Carrasco Wikimedia Commons

En los rankings universitarios que en los últimos años se han convertido en una referencia, cada cual con su metodología particular, Brasil se destaca entre sus vecinos latinoamericanos, pero ninguna universidad brasileña figura entre las 100 mejores del mundo. La que mejor se ubica en general es la USP, que está entre las 200 mejores. En esas clasificaciones, dominadas por instituciones tradicionales de Estados Unidos y Europa, las que han logrado escalar posiciones son las universidades jóvenes, varias de ellas de países asiáticos, tales como China, Corea del Sur y Singapur, que están enfocadas en el desarrollo tecnológico y vinculadas a las demandas de ciertos segmentos de la economía, un modelo distinto al de las jóvenes universidades públicas de Brasil, en su mayoría orientadas a la enseñanza y aún sin un historial en investigación (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 287). “El modelo de escuela tecnológica puede ser rentable para el mercado, pero existe el riesgo de que no haya espacio para ciertas áreas del conocimiento, tales como las artes y las humanidades, y actividades como la investigación básica, que son indisociables de la universidad como concepto”, dice Sguissardi.

Un planteo que surge es si las universidades brasileñas están preparadas para ayudar a la sociedad a superar los retos de un mundo y de una economía en transformación. Para Schwartzman, el manejo de las universidades públicas brasileñas sigue siendo el mismo del siglo pasado y se ha tornado vetusto. “Hay una combinación de rigidez administrativa y politización que compromete la eficiencia de las instituciones, al contrario de lo que sucede en los países más modernos, donde las instituciones no solo disponen de autonomía académica, sino también administrativa y financiera, y responden mejor a las demandas de la sociedad y del sector privado”.

Jacques Marcovitch, rector de la USP entre 1997 y 2001, recuerda que el sistema de educación superior siempre supo adaptarse a las transformaciones de la sociedad brasileña. “En el siglo XIX, el surgimiento de las escuelas de derecho estuvo vinculado a la construcción del Estado brasileño y el de las facultades de ingeniería y agricultura a la formación de técnicos para sectores importantes de la economía. En la segunda mitad del siglo XX, los puestos productivos se diversificaron y las instituciones respondieron a eso. La UFRJ adquirió prácticamente una nueva identidad al abocarse a las tecnologías de petróleo y gas, mientras que el Instituto Tecnológico de Aeronáutica dio origen a la industria aeroespacial”, sostiene. Según el investigador, las transformaciones que están transitando la economía y la sociedad del planeta son aún más profundas que las que caracterizaron a la revolución industrial. “En la conformación de la educación superior brasileña hubo figuras clave, tales como el arquitecto Ramos de Azevedo, que dirigió la Escuela Politécnica y adaptó el Liceo de Artes y Oficios para la creación de proyectos urbanos; el agricultor Luiz de Queiroz y su esposa, Ermelinda, que concibieron la Escuela Superior de Agricultura de Piracicaba; o Roberto Simonsen, uno de los ideólogos de la Escuela de Sociología y Política”, recuerda. “Ha llegado la hora de que surjan los pioneros del siglo XXI, que ayuden a crear escuelas capaces de incluir a las redes sociales y enfocadas en la ciencia de los datos y en la inteligencia artificial, para capacitar así a los agentes capaces de afrontar la dualidad de la sociedad brasileña en el marco de la era digital en construcción”.

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