En la ciudad amazónica de Belém, en Brasil, la conferencia también apunta a elevar el volumen anual de la financiación climática a 1,3 billones de dólares
Vista aérea de la capital del estado de Pará, en Brasil, que del 10 al 21 de noviembre será sede de la COP30
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Dos grandes temas interrelacionados son los que orientarán los debates y las negociaciones en lo concerniente a cómo frenar los cambios climáticos y adaptarse a sus impactos durante la Trigésima Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se desarrollará en Belém, capital del estado brasileño de Pará, entre el 10 y el 21 de noviembre. Se trata de las nuevas metas de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), que calientan el planeta, y el aumento de los fondos destinados a la financiación climática dirigida a los países en desarrollo.
El primero de estos ítems se refiere al punto central del Acuerdo de París, el principal tratado internacional que procura limitar el calentamiento global a un máximo de 2 grados Celsius (ºC), preferiblemente a 1,5 ºC, en comparación con los niveles de la sociedad preindustrial de la segunda mitad del siglo XIX. Hasta mediados del mes de octubre, tan solo 62 países, menos de la tercera parte de los signatarios del acuerdo (entre ellos Brasil), habían presentado oficialmente nuevas metas voluntarias para reducir, de aquí al año 2035, sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Tales metas se denominan Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés).
Aunque Estados Unidos, el mayor emisor histórico de GEI, presentó su NDC actualizada en 2024, aún durante la presidencia de Joe Biden, es dudoso que representantes de ese país asistan al encuentro en Belém. El presidente actual, Donald Trump, defensor de una economía basada en los combustibles fósiles, anunció este año que el país abandonaba el Acuerdo de París.
Alrededor de un 70 % de las emisiones de GEI que causan el calentamiento global proviene del uso de combustibles fósiles como el petróleo, el gas natural y el carbón mineral. Las actividades agropecuarias y los cambios en el uso de la tierra, como la tala de bosques para abrir espacio a campos de pasturas y cultivos agrícolas, son responsables de aproximadamente un 20 % del total de los gases que calientan la atmósfera. En Brasil, la ecuación se invierte: cerca de un 70 % de las emisiones se asocia al cambio en el uso del suelo y las actividades agropecuarias.
1,3 billones de dólares por año es la cifra que solicitan los países en desarrollo para la financiación climática
Sin el compromiso de la mayor economía del planeta, la situación actual se vuelve aún más desafiante. Un informe de octubre de la Organización de las Naciones Unidas del año pasado estima que las emisiones mundiales de aquí a 2030 deberían disminuir un 42 % en relación con el nivel de 2019 para que el calentamiento planetario no supere el guarismo de 1,5 ºC. Si el plazo de referencia se ampliara hasta 2035, la reducción tendría que ser de un 57 %. Incluso antes de la apertura de la COP30 se publicarán nuevos análisis sobre el estado de las últimas NDC.
“Nosotros empezamos en 1992 [durante la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro] diciendo que era necesario pensar globalmente y actuar localmente. Eso ahora ya no es posible”, dijo Marina Silva, ministra de Medio Ambiente y Cambio Climático de Brasil, en una rueda de prensa posterior a un evento en Brasilia preparatorio para la COP30. “Los extremos climáticos ya exigen que los gobiernos y todos nosotros tengamos que actuar a nivel local y global, tanto en recursos como en tecnología y solidaridad. El cambio climático no tiene fronteras”.
Yuan Hongyan / VCG via Getty ImagesLas actividades industriales liberan contaminantes que calientan la atmósferaYuan Hongyan / VCG via Getty Images
La segunda cuestión de fondo que se tratará en la COP30 es el volumen insuficiente de financiación internacional disponible para ayudar a los países en desarrollo a costear su transición hacia una economía de bajas emisiones de carbono, con un bajo nivel de emisiones de GEI y la adopción de fuentes de energía limpia, y a adaptarse a los cambios climáticos. Durante el pasado mes de noviembre, al término de la COP29 que se llevó a cabo en Bakú, Azerbaiyán, se arribó a un acuerdo que aumentó el valor de las transferencias anuales de los países desarrollados a aquellos en desarrollo a 300.000 millones de dólares, el triple de lo que estaba previsto hasta entonces. No obstante, esta cifra todavía está lejos de los 1,3 billones de dólares por año que reclaman las naciones más pobres.
El presidente de la COP30, el embajador André Corrêa do Lago, admitió a mediados de octubre, en una entrevista concedida a CNN Brasil, que ese nivel de financiamiento no se alcanzará en Belém. Dijo que es difícil, pero es posible que los bancos multilaterales aumenten dos o tres veces su capacidad de otorgar préstamos con esta finalidad y que el sector privado multiplique 25 veces sus inversiones climáticas en los países en desarrollo.
A finales de septiembre, Brasil puso sobre la mesa la idea de crear un fondo de inversión destinado a financiar la preservación de los bosques tropicales, el Fondo Bosques Tropicales para Siempre (TFFF, por sus siglas en inglés), que, entre otros, incluye a la Amazonia y el Bosque Atlántico en Sudamérica, y las densas formaciones boscosas del Congo y del sudeste asiático. El país se comprometió a depositar 1.000 millones de dólares en el TFFF y tiene la ambición de recaudar 25.000 millones de dólares para el fondo en los próximos años. Una quinta parte del dinero recaudado a través de este mecanismo se destinaría a las poblaciones indígenas y comunidades locales que viven en las selvas, de acuerdo con la propuesta.
Ningún dato concreto indica que, a corto plazo, las emisiones vayan a reducirse a la mitad, como preconizan diversos estudios. Al contrario. Son raros los años, como durante el apogeo de la pandemia de covid-19, en 2020, en que la economía mundial no batió récords de emisiones de dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2H), la tríada de compuestos que constituye casi la totalidad de los gases de efecto invernadero (véase el gráfico abajo).
Alexandre Affonso/Revista Pesquisa FAPESP
Un boletín publicado en octubre de 2025 por la Organización Meteorológica Mundial (WMO) señala que este trío de gases alcanzó el año pasado niveles sin precedentes en la atmósfera. La concentración de CO2, que tiene un peso mayor sobre el calentamiento global en comparación con los otros dos gases, llegó a ser de 423,9 partes por millón (ppm), un 51 % más que en la era preindustrial. Su velocidad de crecimiento fue de 3,5 ppm entre 2023 y 2024, la mayor desde 1957, cuando empezaron a realizarse los registros modernos de los gases de efecto invernadero.
“En el mejor de los casos, es posible que haya una disminución del 3 % de las emisiones para 2030”, estima el climatólogo Carlos Nobre, investigador sénior del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de São Paulo (IEA-USP), quien ya ha participado en siete COP y una vez más estará presente en el encuentro en la capital del estado de Pará, en el mes de noviembre. “Sin embargo, al paso que vamos, llegaremos a 1,5 ºC de calentamiento permanente dentro de cinco o diez años”. En 2024, el año más caluroso de la historia reciente, la temperatura media del planeta superó por primera vez ese límite. Por ahora, en 2025, el calentamiento global se sitúa en torno de los 1,4 ºC, según datos del Servicio de Cambio Climático de Copérnicus (C3S), de la Unión Europea.
Nunca antes se había celebrado una COP en Brasil. Las anteriores ediciones de la conferencia en Latinoamérica se organizaron en Argentina (en dos oportunidades), Perú y México. Creada en 1995, la COP es la principal instancia anual de debate y, sobre todo, de negociación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), el tratado internacional más amplio en materia climática en el que se inscriben el Acuerdo de Paris y su predecesor, el Protocolo de Kioto. Las partes a las que hace alusión el nombre formal de la COP son los países (197), más el bloque de la Unión Europea, que tienen derecho a un asiento y voz en las negociaciones (véase el glosario).
Alexandre Affonso/Revista Pesquisa FAPESP
La COP de Belém también es la primera que se lleva a cabo en tierras amazónicas, que albergan la mayor selva tropical del planeta. Al menos en términos simbólicos, esto marca un contrapunto con respecto a las dos ediciones anteriores de la conferencia, que se celebraron en países cuya economía depende en gran medida de la producción de petróleo y gas natural. Antes de la COP29, en Bakú, Azerbaiyán, en 2023 se realizó la COP28 en Dubái, Emiratos Árabes Unidos.
Las instalaciones físicas en donde tienen lugar las COP, como el Parque da Cidade, en Belém, se dividen en dos áreas principales: las zonas azul y verde. La primera es de acceso restringido, y solo se permite la entrada a las delegaciones oficiales, jefes de Estado, observadores y la prensa acreditada. La zona verde está administrada por el país anfitrión y alberga diferentes tipos de eventos y actividades organizadas por sectores de la sociedad civil, empresas u otras entidades, tales como los pabellones de distintos países o temáticos, exhibiciones y debates científicos. También habrá eventos paralelos en otros puntos de la capital de Pará, denominados informalmente zonas amarillas. También estarán en Belém representantes de la FAPESP, que participarán en eventos organizados por la Fundación o colaboradores en las tres zonas. El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI) de Brasil estará promocionando la Casa de la Ciencia en el Museo Paraense Emílio Goeldi, donde se presentarán los resultados de investigaciones sobre el cambio climático.
El 70 % de la producción mundial de gases de efecto invernadero es producto de la quema de petróleo, gas natural y carbón
Las resoluciones que surgen de las COP se obtienen por consenso entre los representantes de los países miembros. No hay votaciones en las que una mayoría imponga su punto de vista sobre un tema. “Se trata en cambio de un proceso lento pero necesario, que se nutre del multilateralismo y está sujeto a negociaciones”, dice el ingeniero agrónomo Jean Ometto, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), vicecoordinador de la Red Brasileña de Investigaciones sobre Cambios Climáticos Globales (Rede Clima). “Los cambios climáticos constituyen un problema mundial. No basta con que uno o dos países tomen medidas contra el calentamiento global. Todos tienen que hacer su parte”.
El climatólogo José Marengo, coordinador general de investigación y desarrollo del Centro Nacional de Monitoreo y Alerta de Desastres Naturales (Cemaden) y miembro del consejo de adaptación que le brinda apoyo a la presidencia de la COP30, define a la conferencia de una manera peculiar. “No es un encuentro en donde se hable del clima”, dice. “Es una conferencia de negociación, que puede desarrollarse no solamente en el marco de las reuniones formales, sino también en las pausas para un cafecito y prolongarse hasta entrada la madrugada”.
Jens Büttner / picture alliance via Getty ImagesUn mar de paneles solares en Yinchuan, China, país que impulsa el crecimiento de este tipo de energía en todo el mundoJens Büttner / picture alliance via Getty Images
A mediados de octubre de 2025, en una rueda de prensa que ofreció en Brasilia durante el evento denominado pre-COP, el embajador Corrêa do Lago comentó que solamente en los últimos días de la conferencia en la capital de Pará se sabrá qué consensos se habrán alcanzado efectivamente entre los negociadores. “Las COP tienen esa dinámica de suspenso”, dijo. En la del año pasado en Bakú, por ejemplo, el acuerdo para aumentar el valor de la financiación climática anual a 300.000 millones de dólares solo se logró después de la medianoche del 24 de noviembre, más de 24 horas después de la fecha límite oficialmente establecida para el cierre de la conferencia.
“En las COP, hay toda una heterogeneidad de opiniones en lo que respecta a la velocidad de la transición energética y la financiación con miras a la adaptación”, comenta la matemática Thelma Krug, coordinadora del Consejo Científico de la COP30 e integrante del Consejo Superior de la FAPESP. “Sabemos que mientras exista demanda de petróleo, los países productores y exportadores van a continuar extrayéndolo. Es muy difícil alcanzar ciertos consensos”.
Alexandre Affonso/Revista Pesquisa FAPESP
Un ejemplo de este tipo de reto, el de concertar compromisos internacionales sin disensos, se plasmó recién en 2023, en Dubai, cuando un documento de consenso elaborado durante una COP admitió que los cambios climáticos eran causados por el uso de combustibles fósiles. La ciencia ya había arribado a esta conclusión mucho antes. También fue en esa misma oportunidad, en el encuentro en los Emiratos Árabes Unidos, donde se abogó, por primera vez, por la necesidad de iniciar una transición, con la adopción de más fuentes de energía renovables. Sin embargo, no se fijaron plazos para abandonar el uso del petróleo, el gas y el carbón.
Varios investigadores ponen de relieve que la cuestión de la adaptación a los cambios climáticos constituye un tema que ha cobrado centralidad en las COP más recientes. “Hasta hace algunos años, el principal foco de los debates era la mitigación: qué debería hacerse para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”, comenta la oceanógrafa Regina Rodrigues, de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), quien se hizo presente en las últimas cuatro conferencias. “Ahora, tanto la mitigación como la adaptación al cambio climático forman parte de la agenda de negociaciones”.
Según explica Rodrigues, ciertos grupos eran renuentes a poner el énfasis en el debate sobre las medidas destinadas a reducir los impactos del cambio climático, sobre todo en los países en desarrollo, que son los más vulnerables a sus efectos. Esa postura podría interpretarse como un abandono de la meta central del Acuerdo de París, que preconiza la reducción de las emisiones de GEI, causantes del calentamiento global. Sin embargo, a medida que los efectos de los fenómenos climáticos extremos se fueron haciendo más palpables durante esta década, las medidas de mitigación y adaptación han pasado a considerarse necesarias y complementarias.
Mauro Pimentel / AFP via Getty ImagesNiños indígenas de la Amazonia: las comunidades locales tendrán voz en la conferencia del climaMauro Pimentel / AFP via Getty Images
Para Miriam Garcia, gerente sénior de acción por el clima de WRI Brasil, una entidad de investigación de la sociedad civil con sede en Estados Unidos, se espera que en la COP30 finalmente se definan los 100 indicadores de la Meta Global de Adaptación (GGA, por sus siglas en inglés). Estos parámetros deberán servir de referencia para las acciones internacionales (y la financiación) con el propósito de mejorar la capacidad de adaptación y resiliencia de los países, especialmente los más vulnerables, a los cambios climáticos. Entre las medidas impulsadas en la GGA, por ahora con carácter genérico, figura la elaboración de planes nacionales de adaptación hasta 2030 y medidas para asegurarle a las poblaciones el acceso a la salud, al agua y a los alimentos.
Prevista desde la firma del Acuerdo de París, en 2015, aún no se ha fijado una agenda más detallada en el marco de la GGA. “La diplomacia brasileña es muy buena y esperamos que en Belém se alcance un consenso capaz de definir esos indicadores”, comenta Garcia, magíster y doctora en relaciones internacionales con énfasis en la cuestión climática, quien ya participó como observadora en seis COP.
Una noticia alentadora para los negociadores de la conferencia de Belém indica que, aunque aún no hay una fecha fijada para el fin de la explotación de los combustibles fósiles, la transición energética avanza en todo el mundo. En 2024, se añadieron 582 gigavatios [GW] de energía renovable, lo que representa un incremento del 15 % con respecto al año anterior. Esta cifra marca un récord de crecimiento, según el informe conjunto de la presidencia de la COP30, la Agencia Internacional de Energías Renovables (Irena) y la Alianza Global de Energías Renovables (GRA). El detalle no tan positivo es que, para poder alcanzar la meta acordada en la COP28, de 2023, el sector tendría que añadir 1.122 GW por año entre 2025 y 2030.
Este artículo salió publicado con el título “El desafío de Belém” en la edición impresa n° 357 de Noviembre de 2025.
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