Aunque Belém, la capital del estado de Pará, es la primera ciudad de Brasil que es sede de una edición de la reunión anual de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), el país tiene un vínculo histórico indirecto con la creación de la Conferencia de las Partes (COP). En 1992, la ciudad de Río de Janeiro fue el escenario de un gran evento internacional sobre medio ambiente y desarrollo sostenible, a veces denominado Cumbre de la Tierra, Río92 o Eco92. Ese encuentro, que se llevó a cabo 20 años después de la conferencia de Estocolmo, en Suecia, que fue el primer evento importante organizado por las Naciones Unidas para debatir sobre la relación de la humanidad con la naturaleza, contó con la presencia de 103 jefes de Estado o de Gobierno. Al final de la reunión, se firmaron algunos documentos y compromisos.
– COP30: en busca de metas globales más ambiciosas para disminuir las emisiones y frenar el calentamiento
Entre las resoluciones que se acordaron figuraba la creación de tres convenciones o tratados multilaterales internacionales bajo el auspicio de las Naciones Unidas, vigentes hasta la fecha: el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) y la referida CMNUCC, sobre el cambio climático. En 1995, se realizó la primera conferencia anual de la convención del clima, la COP1, en Berlín, Alemania. En aquella reunión participaron alrededor de 4.000 personas. La cuarta parte de los asistentes estaban allí en representación de sus países, otra cuarta parte eran observadores de entidades de la sociedad civil y el resto, la mitad, eran periodistas acreditados para cubrir el encuentro.
Desde entonces, la COP, que en noviembre celebrará su trigésima edición en Belém, se convirtió en el principal foro de debates y sobre todo de negociaciones entre las 198 partes (los 197 países miembros más el bloque de la Unión Europea), que han suscrito la convención del clima. Su mayor legado ha sido el establecimiento de dos tratados internacionales con miras a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, que causan el calentamiento global.
El primero fue el Protocolo de Kioto, creado en 1997 durante el desarrollo de la COP3 en la ciudad japonesa de la cual toma su nombre. Ese acuerdo establecía metas de reducción de las emisiones solamente para los países desarrollados, que son los grandes productores de gases de efecto invernadero, principalmente producto de la quema de combustibles fósiles. El segundo tratado es el Acuerdo de París, firmado en 2015 durante la COP21, según el cual todos los signatarios de la convención del clima deben presentar cada cinco años metas voluntarias de reducción de sus emisiones, las llamadas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés). En la práctica, al ser más amplio, el Acuerdo de París acabó sustituyendo al Protocolo de Kioto.

Jorge Araújo/Folhapress | Wikimedia CommonsManifestación en Copacabana durante el encuentro de Río92; más abajo, la COP21, en la que se firmó el Acuerdo de ParísJorge Araújo/Folhapress | Wikimedia Commons
“La creación de la COP fue un hito importante para reducir el ritmo de crecimiento de las emisiones, aunque aún queda mucho por hacerse en este sector”, dice el ingeniero agrónomo Jean Ometto, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) de Brasil. “En la década de 1990, las emisiones aumentaban a razón de un 2 % anual y ahora son de alrededor de la mitad de este guarismo”. Para controlar el calentamiento global, las emisiones deben disminuir en forma consistente, y no solamente atenuar su ritmo de crecimiento.
En sus tres décadas de existencia, la COP ha crecido tanto que actualmente es la mayor conferencia anual organizada por las Naciones Unidas, un organismo internacional que promueve eventos que abarcan una diversidad de temas, que incluyen la economía, la ciencia, la salud, las migraciones, los derechos humanos y la geopolítica. En 2023, en la COP28 celebrada en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, participaron 80.000 personas, en un hecho que marcó un récord para este evento. La prensa internacional informó que entre los asistentes también había grupos de presión o lobistas de la industria del petróleo. En la COP siguiente, realizada en Bakú, Azerbaiyán, asistieron 54.000 personas.
Para algunos investigadores, la COP ha crecido demasiado y, en ocasiones, se ha vuelto por demás llamativa. “El evento no debería generar tanto revuelo ni cosas por el estilo. Eso es perjudicial para el proceso de la ONU”, declaró Benito Müller, experto en política climática de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, al sitio web de la revista Undark una vez concluida la última COP. “Va a generar fatiga climática”. En Belém, se estima que unas 40.000 personas circularán diariamente por el Parque da Cidade, que albergará la COP30.
“El mensaje de la COP debe tomarse en serio”, dice el climatólogo Carlos Nobre, del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de São Paulo (IEA-USP). “Necesitamos que las metas de reducción de las emisiones den paso a las acciones. El mundo dispone de dinero suficiente como para financiar la transición energética y la adaptación a los cambios climáticos en los países en desarrollo”.
La importancia de la COP ha aumentado a medida que, a lo largo de los años, innumerables estudios científicos han ido acumulando evidencias robustas de que el calentamiento global, el motor de los cambios climáticos, es mayoritariamente resultado de las actividades humanas, principalmente de la quema de combustibles fósiles. La grandiosidad que rodea a la conferencia y la morosidad en el proceso de toma de decisiones en el marco de un foro multilateral que avanza por consensos ha generado críticas a las COP más recientes.
“La agenda climática es muy importante y debe ir codo a codo con la de la biodiversidad”, dice la ecóloga Ima Vieira, oriunda de Pará y asesora de la presidencia de la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep) del gobierno federal de Brasil. “Pero actualmente ha ocupado casi todo el espacio de la agenda ambiental y esta cuestión debe ser más equilibrada”. El tema del cambio climático surgió del seno de la investigación y el movimiento ambiental, que en la época de Río92 dedicaba más espacio a las discusiones sobre la necesidad de preservar la biodiversidad y asegurar la integridad de los territorios de los pueblos originarios que al calentamiento global en sí mismo.
Frente a la amenaza existencial que el marcado aumento de la temperatura del planeta pasó a representar en las últimas décadas para la humanidad, refrendada en cada nuevo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), instituido por la Organización de las Naciones Unidas en 1988, las reivindicaciones en lo que concierne a la conservación de la fauna y la flora autóctonas han ido perdiendo terreno.
Este artículo salió publicado con el título “De Berlín a la Amazonia” en la edición impresa n° 357 de Noviembre de 2025.
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