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POLÍTICAS PÚBLICAS

El cambio climático tiene efectos sobre la vida de los niños y refuerza las desigualdades sociales

Los eventos extremos comprometen aspectos tales como la asistencia a la escuela y la alimentación

Letícia Graciano

El 5 de agosto pasado, la presidencia de la COP30 publicó el calendario oficial de los días temáticos para la próxima Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se desarrollará en Belém, la capital del estado brasileño de Pará, del 10 al 21 de noviembre. Infancias y juventudes es tema que figura solamente en la programación de la segunda mitad del evento, en agenda para los días 17 y 18, jornadas en las que también se tratarán otros temas no menos importantes: bosques, océanos, pueblos indígenas, comunidades locales y tradicionales, biodiversidad y pequeños y medianos empresarios. A juicio de los investigadores consultados para la elaboración de este reportaje, el tema merecería ser objeto de un amplio debate en el evento, en consonancia con la magnitud del problema.

“Se estima que el total de los más de 40 millones de niños y adolescentes de Brasil se enfrentarán a al menos un tipo de evento climático extremo”, afirma la pediatra Alicia Matijasevich, del Departamento de Medicina Preventiva de la Universidad de São Paulo (USP). “En general, los niños son más vulnerables que los adultos, pues cuentan con menos recursos para lidiar con las adversidades”. Cuando se habla de eventos climáticos extremos se hace referencia a la aparición de fenómenos tales como olas de calor, lluvias torrenciales y sequías prolongadas. El dato que menciona Matijasevich figura en el informe intitulado “Niños, adolescentes y cambios climáticos en Brasil”, elaborado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y publicado en 2022. Según este documento, más de 8,6 millones de niñas y niños brasileños están expuestos al riesgo de escasez de agua y más de 7,3 millones a los daños derivados de las inundaciones.

Letícia Graciano

La pediatra firma junto a otras tres investigadoras brasileñas el informe intitulado “La primera infancia en el centro del enfrentamiento de la crisis climática”, publicado en el mes de junio. Se trata del 14º estudio de una serie producida por el Núcleo Ciencia por la Infancia (NCPI), una coalición que está conformada por cinco entidades entre las que figuran el instituto Insper, de enseñanza e investigación, y la Fundación Maria Cecilia Souto Vidigal (FMCSV), que tiene por objeto sugerir propuestas para mejorar la calidad de vida de los niños de entre 0 y 6 años.

El estudio apunta, por ejemplo, que los niños nacidos en 2020 experimentarán 6,8 veces más olas de calor y 2,6 veces más sequías que los nacidos en 1960. “Esto afecta a la vida humana ya desde el embarazo. Estamos hablando de sucesos que van desde partos prematuros y bebés con bajo peso al momento de nacer, hasta complicaciones graves y crónicas en la adultez, tales como enfermedades cardiovasculares, diabetes y déficits cognitivos”, dice la demógrafa Márcia Castro, jefa del Departamento de Salud Global y Población de la Universidad Harvard, en Estados Unidos, y coautora del estudio del NCPI. “Lo que ocurre en la primera infancia tiene consecuencias a lo largo de la vida”.

No todos los brasileños reconocen la importancia que reviste esta etapa en el desarrollo humano. Una encuesta realizada en colaboración por la FMCSV y el instituto de sondeos Datafolha, cuyos resultados fueron dados a conocer en agosto, muestra que, de un total de 2.206 entrevistados en todo el país, el 42 % no conocía el significado del término “primera infancia” y el 84 % ignoraba que el mayor desarrollo físico, cognitivo y socioemocional del ser humano se produce durante ese período. Entre los encuestados, 822 eran responsables directos de niños de hasta 6 años.

En Brasil, cuatro de cada diez escuelas carecen de áreas verdes

Uno de los ítems que aborda el estudio del NCPI es la alimentación, que padece los efectos directos e indirectos de la crisis climática de múltiples maneras. Los eventos extremos, como las sequías prolongadas y las inundaciones, merman la producción agrícola, generando un alza en el precio de los alimentos de la canasta básica y acentuando la inseguridad alimentaria, sobre todo entre las familias socialmente más vulnerables. “Esto compromete tanto la cantidad de alimentos disponibles como la calidad de la dieta de los niños, elevando el riesgo de desnutrición crónica que, a su vez, perjudica el crecimiento físico y el desarrollo cognitivo”, advierte Matijasevich.

Asimismo, la dificultad para acceder a alimentos frescos y nutritivos fomenta el consumo de productos ultraprocesados, generalmente más baratos y fáciles de hallar en los establecimientos comerciales, lo que contribuye al aumento del sobrepeso y la obesidad infantil. La suspensión de las actividades escolares y de las guarderías como consecuencia de las inundaciones o el calor extremo pone en riesgo el suministro de la vianda diaria a los estudiantes. “Los efectos de la crisis climática son mayores entre los chicos que viven en condiciones de vulnerabilidad, ya que los fenómenos extremos acentúan las desigualdades estructurales”, constata Castro.

El ambiente escolar no solo se ve afectado por la potencial pérdida de la comida diaria. Un punto crucial que debe tenerse en cuenta frente a las catástrofes climáticas lo constituyen los daños o incluso la destrucción del espacio físico de las instituciones educativas. “Cuando las edificaciones resisten ante las inclemencias del clima, muchos de ellos acaban sirviendo como refugio para alojar a las personas evacuadas, lo que implica la suspensión de las clases, con consiguiente deterioro de la educación”, asevera el sociólogo Victor Marchezini, del Centro Nacional de Monitoreo y Alerta de Desastres Naturales (Cemaden). “En 2024, cuando sobrevinieron las inundaciones en Rio Grande do Sul, por ejemplo, donde ciudades enteras quedaron bajo el agua, varias escuelas públicas se vieron afectadas y algunas ni siquiera pudieron utilizarse como albergue”.

Letícia Graciano

Tal como informa el estudio del NCPI, alrededor de 1,18 millones de niños y adolescentes tuvieron las clases suspendidas en Brasil en 2024, principalmente debido a inundaciones. Las altas temperaturas que se registran a diario también afectan a los estudiantes. “Muchas escuelas no cuentan con aire acondicionado ni una estructura de ventilación acorde, ni mucho menos proveen uniformes adecuados para mitigar las olas de calor. Este calor extremo perjudica la concentración y el rendimiento escolar”, afirma Marchezini, coordinador del proyecto Capacidades Organizativas de Preparación para Eventos Extremos (Cope), desarrollado por el Cemaden con el apoyo de la FAPESP. “Las construcciones de los establecimientos educativos tampoco fueron diseñadas para tener autonomía energética ante la ocurrencia de un apagón o una tormenta”.

Otro problema es la falta de vegetación. En Brasil, cuatro de cada diez escuelas no poseen espacios verdes (el 37,4 %). La situación es más grave en los espacios destinados a la educación infantil: el 43,5 % convive con este déficit. Las cifras surgen de la investigación intitulada “El acceso al verde y la resiliencia climática en las escuelas de las capitales brasileñas”, divulgada el año pasado y realizada por el Instituto Alana en junto con la agencia de datos Fiquem Sabendo y la iniciativa MapBiomas (de la organización no gubernamental Observatorio do Clima). Formaron parte de la muestra 20.635 establecimientos educativos.

También de acuerdo con la investigación, si se compara entre escuelas públicas y privadas, las primeras aparecen en una situación más favorable: el 31 % de las mismas cuenta con más de un 30 % de superficies verdes en el predio, un porcentaje que cae a apenas un 9 % entre las instituciones privadas. Salvador de Bahía es la capital de estado cuyas escuelas, tanto públicas como privadas, disponen de menos áreas verdes: el 87 % carece, por ejemplo, de la sombra y el frescor que proporcionan los árboles.

Datos preliminares del proyecto Cope, del Cemaden, que realizó sondeos en más de 2.000 municipios brasileños durante el primer semestre de 2025, revelan que menos del 10 % de esas localidades cuenta con planes de contingencia para hacer frente a las olas de calor. Para peor, alrededor del 60 % no posee presupuesto propio para Defensa Civil y menos de un 25 % desarrolla campañas educativas sobre prevención de catástrofes regularmente.

En este sentido, el Cemaden viene realizando desde 2014 el proyecto Cemaden Educación (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 323). Uno de los objetivos de esta iniciativa consiste en poner a disposición de las escuelas y otros interesados una metodología de investigación para que puedan escrutar su propio entorno y formular propuestas tendientes a prevenir catástrofes socioambientales. A lo largo de este tiempo, las actividades han involucrado a 800 centros educativos y comunidades en 376 municipios.

Letícia Graciano

Según Marchezini, el proyecto permite trabajar una serie de cuestiones en las escuelas cuya finalidad es enseñarles a los niños a entender los datos climáticos, ayudándolos incluso a identificar noticias falsas, las llamadas fake news. “En la catástrofe que se desató sobre la región serrana de Nova Friburgo, en Río de Janeiro, en 2011, tras las inundaciones surgió el rumor de que se había roto una represa del embalse del municipio, lo que hizo que el pánico se apoderara de los habitantes del centro de la ciudad”, relata el sociólogo. La tragedia de la sierra fluminense dejó un saldo de 905 muertos y 345 desaparecidos. Unas 35.000 personas perdieron sus hogares o tuvieron que abandonarlos por el riesgo de que se produjeran deslizamientos.

Según datos de Unicef, entre 2016 y 2021, más de 43 millones de niños en todo el mundo se vieron obligados a abandonar sus hogares debido a las catástrofes climáticas. Como lo pone de relieve el economista Naercio Menezes Filho, de la Facultad de Economía, Administración, Contabilidad y Ciencias Actuariales de la Universidad de São Paulo (FEA-USP) y de Insper, los desplazamientos de las familias que atraviesan estas situaciones suelen ser especialmente traumáticos para las infancias. “El niño, cuando se está desarrollando, necesita tener una interacción saludable con sus padres y cuidadores, precisa estar en un ambiente enriquecedor, con espacio y naturaleza, un lugar donde experimentar estímulos, pero donde también pueda estar tranquilo, jugar y leer”, enumera.

Menezes Filho organizó el libro Ciência da primeira infância (FEA-USP/Insper, 2025), que recopila los primeros resultados del Centro Brasileño de Investigación Aplicada a la Primera Infancia (Cpapi), financiado por la FAPESP y el NCPI. “Cuando una familia pierde todas sus pertenencias en una catástrofe climática y necesita mudarse, el niño deja de ser prioridad y el vínculo entre padres e hijos se ve afectado”, dice el economista. “Asimismo, la experiencia de la pérdida repentina de la vivienda y el hecho de vivenciar esa situación de riesgo pueden acentuar aún más la ansiedad, el temor y el padecimiento prolongado”, añade Matijasevich.

La investigadora reitera que los desplazamientos forzados aumentan la exposición de los niños a lo que se conoce como estrés tóxico (provocado por las adversidades vividas por un largo período), que puede poner en riesgo su salud mental. “Sin dejar de lado que el alojamiento provisorio en ambientes insalubres e inseguros incrementa el riesgo de contraer enfermedades infecciosas y profundiza la inseguridad alimentaria”, afirma Matijasevich. En el estudio del NCPI, las autoras abogan por la creación de políticas públicas capaces, por ejemplo, de planificar ciudades con espacios verdes y seguros para el desarrollo de los niños. “Estas iniciativas deben incorporarse y contar con un presupuesto garantizado en los planes de educación, vivienda, saneamiento, seguridad alimentaria y protección social”, culmina diciendo Castro, de Harvard.

Este artículo salió publicado con el título “Impacto precoz” en la edición impresa n° 356 de Octubre de 2025.

Proyectos
1.
Centro Brasileño para el Desarrollo en la Primera Infancia (nº 19/12553-0); Modalidad Ayuda de Investigación – Programa Centros de Investigaciones en Ingeniería; Investigador responsable Naercio Aquino Menezes Filho (Instituto de Ensino e Pesquisa Insper y Fundación Maria Cecília Souto Vidigal); Inversión R$ 3.310.135,14.
2. Capacidades Organizativas de Preparación para Eventos Extremos (COPE) (nº 22/02891-9); Modalidad Ayuda de Investigación – Proyecto Inicial; Investigador responsable Victor Marchezini (Cemaden); Inversión R$ 880.758,43.
3. Los efectos de las inundaciones de 2024 en Rio Grande do Sul sobre la salud mental y la ecoansiedad de jóvenes adultos de una cohorte de nacimiento (nº 24/12948-3); Modalidad Ayuda de Investigación – Regular; Investigadora responsable Alicia Matijasevich (USP); Inversión 246.215,00.

Libro
MENEZES FILHO, N. (comp.). Ciência da primeira infância. Centro Brasileño de Investigación Aplicada a la Primera Infancia. São Paulo: Blucher, 2025.

Informes
Los niños, los adolescentes y el cambio climático en Brasil. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), 2022.
La primera infancia en el centro del enfrentamiento de la crisis climática. Comité Científico del Núcleo Ciencia por la Infancia. São Paulo: Núcleo Ciencia por la Infancia, 2025.
Panorama de la primera infancia: qué sabe, vive y piensa Brasil sobre los primeros seis años de vida. Fundación Maria Cecilia Souto Vidigal, 2025.
El acceso al verde y la resiliencia climática en las escuelas de las capitales de estados de Brasil. Instituto Alana, 2024.

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