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Medio Ambiente

El fuego y la biodiversidad

Un experimento sugiere que pequeños incendios controlados incrementan la cantidad de especies de plantas en el Cerrado sin generar una disminución de las de animales

Fuego experimental en un fragmento del Cerrado de la Estación Ecológica de Santa Bárbara

Márcio Martins

Entre 2015 y 2017, siempre en pleno invierno, un grupo de ecólogos y biólogos partía poco antes del apogeo de la estación seca hacia la Estación Ecológica de Santa Bárbara, una zona del interior paulista con 2.715 hectáreas protegidas de Cerrado, un bioma típico de la región central de Brasil similar a la sabana africana. Su misión era inusual: iniciar pequeños incendios controlados en tierras de esa unidad de conservación y registrar su impacto sobre la biodiversidad botánica y zoológica local. Ese trabajo fue impulsado por un estudio previo, realizado en el mismo lugar, que había apuntado pérdidas de diversidad debido a la supresión del fuego durante tres décadas y una tendencia a la desaparición de las fisonomías abiertas del Cerrado (pastizales) y de su fauna peculiar. Los resultados principales que arrojó el experimento con esas quemas salieron publicados el 19 de febrero en un artículo en la revista científica Frontiers in Forests and Global Change.

Las conclusiones del estudio sugieren que las quemas son beneficiosas para la flora, cuyas especies de plantas rebrotan rápidamente tras el paso del fuego. Entre los grupos vegetales a los que los incendios les aportaron más efectos positivos se registró incluso un discreto aumento de la biodiversidad. Antes de las quemas, los científicos contabilizaron 38 especies de gramíneas (pastos) y 68 de hierbas. Poseriormente, esas cifras crecieron hasta 44 y 74, respectivamente. Ese dato indica que el fuego abre el camino para que nuevas especies botánicas de esos dos grupos se instalen en el Cerrado. También se analizaron otros tres grupos de vegetación, los subarbustos o matas, los arbustos y los árboles, en los cuales los beneficios de los incendios fueron menos ostensibles. Para la fauna, el efecto de las quemas fue prácticamente neutro, tal como si nada hubiese ocurrido. Para la mayoría de los grupos de animales, no se registró una disminución significativa en el número de especies ni en el tamaño de sus poblaciones en las áreas bajo estudio.

En ese escenario de inmutabilidad de la fauna la excepción fueron los sapos. Con posterioridad a los incendios, hubo una pequeña reducción en la cantidad de especies y en la abundancia de sus poblaciones en las áreas abiertas del Cerrado. Antes del fuego había 13 especies; después, 9. Sin embargo, estudios posteriores que aún están en curso, indican que ese resultado habría sido algo atípico. Según los investigadores, los eventuales efectos negativos del fuego sobre los anfibios suelen revertirse con el tiempo. Para el resto de los grupos estudiados (hormigas, lagartos, aves y pequeños mamíferos) no se registraron alteraciones significativas. “A grandes rasgos, podemos afirmar que las quemas les hacen bien a las plantas del Cerrado y no revisten un efecto negativo notorio para la fauna, que, evolutivamente, se encuentra adaptada a un ambiente que soporta incendios esporádicos”, sintetiza la ingeniera forestal Giselda Durigan, del Laboratorio de Ecología e Hidrología del Instituto Forestal del Estado de São Paulo, quien fue la coordinadora del estudio. Las cifras totales de especies vegetales y animales registradas antes y después de las quemas fue muy similar, sumando 435 y 423, respectivamente (vea el gráfico).

El uso del fuego con el propósito de mantener la biodiversidad en ese bioma no es una práctica que haya logrado consenso entre los biólogos. “En varias ocasiones pude presenciar incendios naturales en las áreas del Cerrado y noté bandadas de caranchos alimentándose de los despojos de animales que sucumbieron debido a las llamas o intoxicados a causa del humo”, enfatiza el zoólogo Célio Haddad, del campus de Rio Claro de la Universidade Estadual Paulista (Unesp). “Tan solo el hecho de ir a observar el comportamiento de los animales silvestres en su entorno natural puede generarles estrés y trastornos a las distintas especies. ¿Se imaginan el impacto de incinerar su hábitat, aunque se lo haga de manera controlada?” Para Haddad, las unidades de conservación en el Cerrado deberían dejar que la vegetación crezca en forma natural, sin intervenir con quemas provocadas por el hombre. “La biodiversidad actual de ese bioma ya fue totalmente modificada por la acción humana”, dice el zoólogo.

Los autores del estudio en Santa Bárbara disienten al respecto de las críticas. Sostienen que la supresión del fuego en las reservas del Cerrado conduce a una densificación de la vegetación, que provoca la extinción de muchas especies y la aparición de incendios mayores, en ese caso, y en efecto, perjudiciales. “Es necesario que el fuego elimine periódicamente a algunos individuos mal adaptados de las poblaciones, para que se mantengan los caracteres que los convierten en especies adaptadas al fuego”, dice Durigan.

A diferencia de la Amazonia, que es un bioma con un clima mucho más húmedo y una vegetación más densa de tipo boscosa, el Cerrado es un ecosistema que se forma en áreas sujetas a una estación seca prolongada y presenta una vegetación predominantemente baja, con gramíneas, hierbas y arbustos adaptados al fuego. Incluso existen formaciones algo más cerradas, con más árboles, que son típicas de las zonas de transición entre la sabana y las selvas vecinas, y que en Brasil se las denomina cerradão. En la Estación Ecológica de Santa Bárbara, las lluvias anuales varían entre 1.100 y 1.300 milímetros. El 75% de esa pluviosidad se concentra entre los meses de octubre y mayo. “A causa de las lluvias más frecuentes, en la Amazonia no hay incendios naturales. Aquellos que se producen siempre son originados por el hombre”, explica Durigan. “En la Ecorregión del Cerrado, más seca, el fuego esporádico siempre forma parte de ese ecosistema”.

Los pequeños incendios controlados fueron provocados una única vez al año en tres parcelas de terrenos de la unidad de conservación que, previo al experimento, habían permanecido tres décadas sin haber registrado quemas. En promedio, las quemas duraron alrededor de dos horas. Cada porción de terreno contenía fragmentos menores representativos de los principales tipos de formación vegetal asociada al Cerrado: el campo cerrado [pastizal], prácticamente conformado tan solo por gramíneas, hierbas y matas, salpicado por algunos árboles dispersos; el cerrado típico o sensu stricto, compuesto por árboles bajos, de troncos delgados y retorcidos, en medio de una alfombra de gramíneas, y el cerradão, que es una especie de bosque seco.

Giselda Durigan Las madrigueras en el suelo excavadas por armadillos son empleadas por los animales pequeños para escapar del fuegoGiselda Durigan

El proceso de quema de la vegetación se realizaba siempre alrededor de la 10 de la mañana, siempre que se cumplieran ciertas condiciones meteorológicas de seguridad, tales como una temperatura inferior a 25 grados centígrados, humedad relativa del ambiente en un rango de un 45% a un 80% y velocidad del viento menor a 5 kilómetros por hora. En 2015, el área incinerada sumó algo más de 35 hectáreas, alrededor de la mitad de lo que se quemó en 2016 y 2017. “No logramos iniciar el fuego en los fragmentos de cerradão, más densos y menos inflamables que las áreas de pastizal o campo abierto”, comenta el ecólogo Márcio Martins, del Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (IB-USP), coautor del estudio. Por ende, los datos del trabajo no incluyen los efectos de las quemas en las plantas y animales de esos fragmentos peculiares del Cerrado.

En este tipo de estudio comparativo, lo ideal es registrar cuáles especies vegetales y zoológicas estaban presentes en un mismo fragmento del bioma antes y después de quemar su vegetación. Ese abordaje fue el que se adoptó para las evaluaciones que abarcaron a todas las especies de plantas y a las hormigas. Para el resto de los grupos de animales (aves, pequeños mamíferos, sapos y lagartos), los investigadores compararon la biodiversidad y el número de individuos de cada especie en otros fragmentos de campo cerrado y del cerrado sensu stricto que fueron quemados y en tramos adyacentes no incendiados, también dentro de las glebas estudiadas, que exhibían exactamente el mismo tipo de formación vegetal.

Márcio Martins Lagartija de tierra sudamericana (Ameiva ameiva)…Márcio Martins

Pero, ¿el fuego no mata realmente a los animales? Esa era la pregunta que todos los que participaron en el experimento tenían que responder cuando mencionaban el trabajo de campo a legos o incluso a colegas académicos. “Si los animales no se esconden, sí. Hallamos algunas pocas cucarachas, saltamontes e incluso serpientes muertas. Pero la tasa de mortalidad es mínima si se la compara con la cantidad de animales que viven en el área. En términos prácticos, es como si el fuego no causase ningún efecto sobre los animales”, comenta Martins, quien analizó el impacto de las quemas en las poblaciones de sapos y lagartos. La fauna de menor tamaño evita el contacto directo con el calor de las llamas buscando protección en cuevas y hoyos excavados por ratas, armadillos y hormigas. Esos escondrijos naturales para la fauna son muy comunes, sobre todo en el suelo arenoso de las áreas de la estación ecológica con predominio de la vegetación campestre, abierta. “No es que las hormigas abandonan el área quemada y, al disiparse el fuego retornan a ella”, explica el biólogo Heraldo Vasconcelos, de la Universidad Federal de Uberlândia (UFU), que estudió la biodiversidad de ese taxón zoológico en la estación ecológica. “Ellas se guarecen en sus cuevas, se quedan en el área, y esperan que se extinga el fuego”.

Según el estudio, ese parece ser el patrón de reacción al fuego que exhibe la mayor parte de los grupos animales estudiados, incluso el de los pequeños mamíferos, entre los que se contabilizaron nueve especies de roedores, marsupiales y armadillos en las parcelas de la estación ecológica estudiadas. Los mamíferos de mayor porte, tales como la corzuela parda o guazuncho y el oso hormiguero gigante o yurumí, viven en otros segmentos de Cerrado más extensos que los analizados en el estudio. Por eso, el impacto del fuego sobre esos animales no formó parte de los análisis. “Los mamíferos que estudiamos pesaban entre 5 y 50 gramos”, explica la zoóloga Ana Paula Carmignotto, de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), otra de las autoras del trabajo.

Márcio Martins …y sapo Dendropsophus jimi, dos de las especies habituales en la estación ecológicaMárcio Martins

Los críticos de los incendios controlados temen que las quemas puedan salirse de control y causar estragos indeseados sobre la fauna y la flora del bioma. “Si está bien controlado, el manejo del fuego es beneficioso para las especies de las formaciones abiertas. Hoy en día todavía es difícil convencer a los administradores de los parques y reservas del Cerrado de la importancia de esta práctica”, dice Carmignotto. El Parque Nacional das Emas, en el estado de Goiás, y la Estación Ecológica Serra Geral do Tocantins, entre los estados de Tocantins y Bahía, son algunas de las unidades de conservación en áreas del Cerrado que empezaron a adoptar esa práctica de manejo con regularidad.

Artículo científico
DURIGAN, G. et al. No net loss of species diversity after prescribed fires in the Brazilian savanna. Frontiers in Forests and Global Change. 19 feb. 2020.

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