Guia Covid-19
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Covid-19

Espacios saludables

El conocimiento adquirido en las pandemias del pasado, sobre todo en las de extensa duración, puede contribuir para hacer frente a la actual

Niños jugando en la Escuela de Aplicación al Aire Libre de São Paulo, fundada en 1939 en el Parque da Água Branca

Cortesía de la Biblioteca Cyro de Andrade/Escuela de Educación Física y Deporte de la USP

Grandes ventanas horizontales se abren a lo largo de toda la fachada, aportando la mayor cantidad de luz y ventilación a las habitaciones. Dos techos planos, en niveles diferentes, albergan un solárium y un jardín colgante. En la entrada hay un lavabo y la división de los dormitorios no es de paredes estructurales, haciendo posible la reconfiguración de los espacios. La construcción se encuentra elevada del nivel del suelo por medio de pilotes que dejan el terreno libre para la circulación. Un ícono de la arquitectura moderna, la Villa Savoye es una casa de veraneo construida en 1929 en la localidad de Poissy, en las afueras de París, al norte de Francia. Cuando la proyectó, el arquitecto suizo Le Corbusier (1887-1965) no se propuso solamente explorar las características estéticas del modernismo. También quiso demostrar que una residencia puede constituirse como agente de salud y bienestar. La creación de ambientes más saludables, en mejores condiciones de confort y de higiene, con el propósito de reducir el riesgo de contaminaciones, se convirtió en una preocupación de los arquitectos y urbanistas entre finales del siglo XIX y principios del XX. En esos tiempos, las enfermedades infecciosas como la tuberculosis mataban a millones de personas en todo el mundo.

Con la crisis sanitaria desatada por el nuevo coronavirus, las reflexiones sobre posibles modificaciones en la estructura habitacional y en el paisaje urbano se han vuelto inevitables. El surgimiento del covid-19 reforzó la urgencia por promover el acceso a servicios tales como el saneamiento básico y el agua potable, aunque no solo a esos derechos básicos. También pueden esbozarse escenarios futuros en los que las viviendas, las escuelas, hospitales y edificios públicos se construyan o adapten con base en criterios que permitan reducir el riesgo de propagación de nuevas epidemias. Arquitectos y urbanistas se han puesto a revisar los conceptos que hicieron posible el vínculo entre la arquitectura y salud pública en el siglo pasado.

Aún es pronto como para saber cuál será el impacto de la pandemia actual en los proyectos arquitectónicos futuros. “Eso depende de la duración de la crisis”, le dijo a Pesquisa FAPESP la arquitecta española Beatriz Colomina, docente de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos. La gripe española, también de alcance global, que habría costado la vida de unas 50 millones de personas, no llegó a modificar la arquitectura, dice Colomina. Aunque haya matado más gente que la Primera Guerra Mundial, el brote de 1918 duró relativamente poco tiempo (menos de dos años) y su recuerdo no perduró durante décadas. El caso de la tuberculosis fue distinto. Los espacios aireados y bien iluminados, con amplias terrazas y superficies blancas y lisas fueron incorporados en las obras de los arquitectos modernistas, entre ellos el finlandés Hugo Alvar Henrik Aalto (1898-1976), el alemán Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) y Le Corbusier, como medidas concretas para el tratamiento o la prevención de esa enfermedad.

Archigeek/Flickr La Villa Savoye, una casa de veraneo construida en 1929, se encuentra en Poissy, al norte de FranciaArchigeek/Flickr

“La tuberculosis fue una amenaza durante décadas, que dejó efectos duraderos en la mentalidad y en la cultura de varias generaciones”, subraya Colomina, autora del libro X-Ray architecture (editorial Lars Müller, 2019), que indaga en la asociación histórica entre la arquitectura y la medicina. Desde el descubrimiento de la bacteria Mycobacterium tuberculosis, identificada por el médico alemán Heinrich Robert Koch (1843-1910) a mediados de 1882, hasta el desarrollo de un antibiótico eficaz contra la tuberculosis –la estreptomicina, al comienzo de la década de 1940– transcurrieron 60 años. “Durante ese período, se enfrentó a la enfermedad por medio de la arquitectura”, dice la arquitecta española.

Al incorporar el trauma de la tuberculosis, la arquitectura moderna estableció principios “curativos”, que se consolidaron en 1933 durante el Congreso Internacional de la Arquitectura Moderna, dirigido por Le Corbusier. El antiguo sanatorio Schatzalp, ubicado en la cumbre de los Alpes suizos, en la comuna de Davos y que inspiró el libro La montaña mágica, del escritor alemán Thomas Mann (1875-1955), es el resultado de la colaboración directa entre médicos, arquitectos e ingenieros. “Lo que hizo la arquitectura moderna fue darle forma a los protocolos médicos”, dice Colomina. “La tuberculosis era un problema ‘interno de la vivienda’. Las recomendaciones sanitarias consistían en eliminar las alfombras y cortinas donde se acumula el polvo, y abrir las ventanas durante el mayor tiempo posible”.

“La coyuntura actual es diferente”, enfatiza la arquitecta Doris Kowaltowski, docente de la Facultad de Ingeniería Civil, Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Campinas (FEC-Unicamp). “Con el covid-19, el peligro está en las calles, en el transporte público, y el hogar pasa a ser el sitio seguro”. Este concepto, dice, se asemeja a las estrategias para hacer frente a las epidemias medievales, como fue el caso de la peste bubónica, que afectó gran parte de Europa en el siglo XIV. “En aquel entonces, la medida más aceptada para combatir a la peste era quedarse en casa con las puertas y las ventanas tapiadas con ladrillos. Obviamente ese no es el caso actual”. La práctica de la cuarentena se originó en la ciudad de Dubrovnik, Croacia, en 1377. Los buques con posibles víctimas de lepra o peste pasaban 40 días varados en el puerto, supuestamente para evitar la propagación de enfermedades en la ciudad.

Reproducción cortesía de la Biblioteca Cyro de Andrade/ Escuela de Educación Física y Deporte de la USP Las escuelas al aire libre utilizaban mesas, sillas y pizarrones portátiles, lo que permitía a alumnos y docentes dar clases bajo los árbolesReproducción cortesía de la Biblioteca Cyro de Andrade/ Escuela de Educación Física y Deporte de la USP

La importancia de la circulación del aire en los ambientes internos recién sumó consensos en la arquitectura hacia el final del siglo XIX. “Hoy en día, disponemos del conocimiento suficiente en cuanto a la necesidad de la ventilación natural para encauzar la construcción de viviendas más saludables”, dice la historiadora Diana Gonçalves Vidal, directora del Instituto de Estudios Brasileños de la Universidad de São Paulo (IEB-USP). “De aquí en más, asistiremos a una proliferación de los espacios externos agregados a casas y edificios, así como un retorno de iniciativas tales como las escuelas al aire libre”.

Las écoles de plein air surgieron en 1904 en Bélgica y Alemania, 17 años antes del desarrollo de la vacuna BCG, contra la tuberculosis. “Su propósito era garantizar la asistencia de los niños a las escuelas estableciendo condiciones de salud más seguras”, explica Vidal, estudiosa de la historia de la educación. Esa propuesta cobró brío a partir del movimiento Escuela Nueva, que surgió en Europa y que buscaba romper con los modelos pedagógicos tradicionales. Al mismo tiempo, fue un punto de inflexión en la arquitectura escolar. “En lugar de aulas dentro de edificios, las escuelas al aire libre recurrían a un mobiliario versátil, con mesas, sillas y pizarras livianas y portátiles”, comenta. “Alumnos y docentes llevaban los muebles y se dictaban clases en los parques públicos, bajo los árboles”.

En Brasil hubo algunas iniciativas de ese tipo. Una de ellas fue la Escuela de Aplicación al Aire Libre de São Paulo, instalada en 1939 en el Parque da Água Branca, en la zona oeste de la capital paulista. “El contacto íntimo con las estructuras del parque propiciaba, a partir de la observación, la asimilación de conocimientos científicos sobre la naturaleza, más allá de la historia y la geografía”, explica el investigador André Dalben, docente del Instituto de Salud y Sociedad de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), quien se dedicó a estudiar el tema en un artículo que publicó el año pasado. Según Dalben, las escuelas al aire libre formaron parte de las políticas de prevención de enfermedades como la tuberculosis y el raquitismo, que incluían terapias naturales que también se ofrecían en los sanatorios, entre ellas la helioterapia, que consiste en la incidencia de los rayos solares sobre la piel. “Los estudiantes asistían a charlas sobre higiene, practicaban ejercicios físicos y pasaban algunos minutos expuestos al sol”.

Leon Liao El sanatorio de Paimio, en Finlandia, proyectado por Alvar Aalto (1932);Leon Liao

En 1952, esa escuela estadual tuvo que abandonar el Parque da Água Branca, para cederle ese espacio a las ferias agropecuarias. Se la trasladó al barrio de Lapa, dentro de un edificio construido especialmente para albergarla. Por extraño que parezca, pudo establecerse una escuela al aire libre en el interior de un edificio, como resultado del esfuerzo creativo del arquitecto fluminense Roberto Tibau (1924-2003). “El predio contaba con seis salones de clases en la planta baja, cada uno conectado con un patio privado al aire libre”, describe Dalben. De cualquier manera, los ambientes cerrados disponían de inmensos ventanales vidriados, permitiendo la circulación del aire y el ingreso de abundante luz natural.

Esa iniciativa perduró como modelo durante mucho tiempo, pero sus espacios abiertos fueron poco a poco desvirtuándose, dando paso a aulas convencionales. “A partir de la década de 1950, como consecuencia del desarrollo de nuevas vacunas y medicamentos para las enfermedades infecciosas, gran parte de los preceptos médicos de la escuela al aire libre fueron perdiéndose”, puntualiza Dalben.

Ante el cierre de las escuelas y los retos que plantea la educación a distancia como consecuencia de la pandemia (lea el artículo “Más allá de las aulas”, en Pesquisa FAPESP, edición nº 292), las escuelas al aire libre podrían ofrecer condiciones para la reanudación de las clases presenciales. Pero algunas limitaciones persisten. En las regiones de clima frío, como ocurre en gran parte de Europa y de Estados Unidos, o incluso en el sur de Brasil, las actividades a cielo abierto se vuelven más difíciles durante el otoño y el invierno. De todas maneras, este modelo puede inspirar un nuevo ordenamiento para los espacios escolares, analiza Vidal. “Puesto que el contagio del coronavirus se sabe que es menor en los lugares abiertos, tiene sentido considerar al aire libre como una opción no solo para hacer frente a la enfermedad, sino también para promover la educación ambiental más allá de los muros de la escuela”.

Nelson Kon La fachada de la unidad de Salvador (Bahía) de la Red Sarah de Hospitales de RehabilitaciónNelson Kon

La arquitectura moderna no solo ha dejado su huella en la educación, sino también en los hospitales que se construyeron a mediados del siglo XX. El Hospital de Venecia, en Italia, proyectado por Le Corbusier y construido en 1965, posee jardines en terrazas que forman entrepisos superpuestos a las camas de los pacientes, ayudando a ventilar e iluminar los cuartos. “Tal como lo expresa el filósofo francés Michel Foucault [1926-1984], hacia el final del siglo XVIII y comienzos del XIX, los hospitales fueron dejando de ser sitios de aislamiento de enfermos terminales e indigentes para transformarse en lugares de cura. Se incorporaron las paredes blancas, los pisos fríos y los accesorios de metal para denotar principios de higiene”, explica el arquitecto Antonio Pedro Alves de Carvalho, coordinador del Grupo de Estudios de Arquitectura e Ingeniería Hospitalaria la Universidad Federal de Bahía (UFBA).

Sin embargo, el gran hito de la arquitectura hospitalaria es más antiguo. Se trata del libro Notes on hospitals, publicado en 1859 por la enfermera británica Florence Nightingale (1820-1910), la fundadora de la enfermería moderna. “Esa obra constituye una referencia hasta los días actuales”, comenta Carvalho. “Ella propuso cambios en el modelo arquitectónico, tales como la separación de los pacientes en salas, la distancia entre camas y la adopción de amplios ventanales para la ventilación, con el propósito de reducir el riesgo de infecciones hospitalarias”.

En el mes de julio, el grupo que comanda Carvalho publicó una cartilla con recomendaciones para adaptar el espacio físico de los hospitales durante la pandemia de covid-19. La renovación del aire ocupa un lugar preponderante, dado que el Sars-CoV-2 puede transmitirse a través de los aerosoles, las minúsculas gotas en suspensión producidas por el estornudo, la tos o al hablar por un paciente infectado. El documento, en sintonía con las orientaciones del Ministerio de Salud, apunta a la creación de “áreas de clasificación”, dedicadas a recibir y triar a las personas con síntomas respiratorios. “Esas salas deben estar ventiladas, manteniendo las ventanas abiertas y los equipos de aire acondicionado apagados”, recomienda.

Nelson Kon Las ideas de Le Corbusier influyeron en el proyecto de Brasilia, elaborado por Lúcio CostaNelson Kon

La pandemia también puede provocar, a largo plazo, transformaciones en la estructura de los hospitales y otros establecimientos de atención de la salud, analiza Carvalho. “Una de las consecuencias de importancia será la flexibilización de los proyectos arquitectónicos”. Esto significa, por ejemplo, el empleo de tabiques móviles o bien, paredes de yeso o madera con el propósito de facilitar la expansión de las Unidades de Terapia Intensiva (UTI) ante eventuales momentos de crisis. Otro efecto beneficioso sería la construcción de hospitales con espacios más abiertos, con jardines floridos y agradables. “El tema del confort ambiental es clave en el debate sobre la arquitectura y la salud”, subraya Carvalho.

En ese sentido, la Red Sarah de Hospitales de Rehabilitación, presente en ocho estados brasileños, constituye un marco de referencia. Estos hospitales, proyectados por el arquitecto carioca João Filgueiras Lima (1932-2014), más conocido como Lelé, se caracterizan por la búsqueda de la racionalización en el uso de los espacios. La unidad de la ciudad de Salvador (Bahía) se caracteriza por su sistema de ventiladores instalados en túneles subterráneos que mantienen una temperatura agradable, prescindiendo del uso del aire acondicionado prácticamente en la totalidad de las instalaciones del hospital. “Los ambientes ventilados naturalmente contribuyen a la eficiencia energética del edificio, brindando mayor confort a los usuarios con un gasto menor de energía. Esto es muy importante en un país con clima tropical”, dice el antropólogo Antônio Risério, autor del libro intitulado A casa no Brasil (editorial Topbooks, 2019).

En el libro, donde se analiza la naturaleza de la construcción de las viviendas en Brasil, pueden identificarse distintos estilos de viviendas que, directa o indirectamente, contribuyeron para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Ese es el caso de las casas neocoloniales, fruto de un movimiento que surgió en las primeras décadas del siglo XX, que proponía una arquitectura de carácter nacional cuyas raíces se remontan a la época colonial de Brasil. “Son casonas con grandes galerías, pórticos y escaleras exteriores. Un modelo agradable para el trópico”, expresa Risério. Otro género que estuvo en boga en algunas zonas del país hasta la década de 1950 fue lo que se denominó estilo californiano, que también abusaba de las áreas exteriores, con grandes ventanales y jardines.

Para Risério, uno de los inconvenientes de la arquitectura moderna en todo el mundo consistió en que intentó uniformar e imponer un modelo estandarizado de construcción sin tener en cuenta las características ambientales locales. “Las grandes galerías o terrazas no garantizan que un inmueble fuera saludable”, acota. “También hay que tener en cuenta el entorno en el que se alza la construcción. Por ejemplo, si hay plazas y espacios de uso común y cómo las viviendas interactúan con las vías urbanas y con las condiciones climáticas del lugar”.

Algunos arquitectos modernistas llegaron a diseñar ciudades utópicas. Le Corbusier, por ejemplo, ideó metrópolis cuyas construcciones estuvieran espaciadas y distribuidas de manera regular, con grandes vías que conectaran los distintos bloques habitacionales que, a su vez, estarían ordenados por sectores. “Esos conceptos influyeron directamente en el proyecto arquitectónico de la ciudad de Brasilia concebido por Lúcio Costa [1902-1998]”, explica la arquitecta Silvia Raquel Chiarelli, experta en la obra de Le Corbusier. Años después, se advirtió que la sectorización de esta urbe afianzó el modelo de “autopistas”, marcado por la insuficiencia del transporte público. “Desde el punto de vista de la seguridad y de la salud, esto no es algo deseable”, sostiene Chiarelli. “Se debe estimular la circulación de la gente con miras a evitar la proliferación de espacios inhóspitos dentro de la ciudad. Para ello, resulta fundamental que se multipliquen las zonas diversas, con acceso al comercio, la vivienda, los centros de esparcimiento y de actividad física en una misma área”, reflexiona la investigadora.

La conformación de ciudades más sanas depende, por lo tanto, de iniciativas de planificación urbana, sintetiza Ana Maria Girotti Sperandio, experta en salud comunitaria y docente de la Facultad de Ingeniería Civil, Arquitectura y Urbanismo de la Unicamp. “La articulación entre urbanismo y salud pública no debe centrarse únicamente en las coyunturas de emergencia como la actual. Existe una perspectiva más amplia: la transformación de las áreas urbanas en ámbitos de promoción de la salud”, sostiene. En el mes de mayo, el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) divulgó una guía de recomendaciones para los agentes públicos sobre cómo integrar salud y urbanismo. De acuerdo con ese documento, la planificación urbana debe desempeñar un rol central en la prevención de las epidemias. “Es a partir de las políticas públicas urbanas que podemos definir la calidad del aire que respiramos, del agua que bebemos, la forma en que nos desplazamos y el acceso a los alimentos y equipamientos de salud”, resume Sperandio.

Proyecto
Innovaciones centradas en la percepción de valor de los usuarios para apoyar el proceso de mejora de la vivienda social por medio de Trans-Atlantic Living Labs (nº 19/02240-5); Modalidad Ayuda a la Investigación – Regular; Investigadora responsable Doris Catharine Cornelie Knatz Kowaltowski (Unicamp); Inversión R$ 222.051,11

Artículo científico
DANBEN, A. Escola de Aplicação ao Ar Livre de São Paulo. Educação em Revista. 12 sept. 2019.

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