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Memoria

La guerra a la peste

Los médicos actuaron con rapidez contra una epidemia del final del siglo XIX en Brasil

El puerto de Santos, hacia 1880, una de las puertas de entrada de la bacteria Yersinia pestis

Marc Ferrez / Colección Instituto Moreira Salles

Cientos de ratas muertas se apilaban en los depósitos, en las callejuelas y en los techos de las casas de la ciudad de Santos, en el litoral paulista, en octubre de 1899. Era la señal inconfundible de la llegada de la temida peste bubónica, también conocida como peste negra, que había sido la causa de la muerte de unos 50 millones de personas en Europa en el siglo XIV y otros 12 millones en la India y en China en el siglo XIX. Santos era el puerto exportador del café, la principal riqueza de São Paulo en ese momento, y el segundo puerto de Brasil después de Río de Janeiro, que por entonces era la capital federal.

Pese a las resistencias, los médicos experimentados actuaron con rapidez para detectar y combatir a la peste bajo el liderazgo de los paulistas Emílio Ribas (1862-1925), en São Paulo, y Oswaldo Cruz (1872-1917), en Río de Janeiro. “Ambos tenían un gran poder de intervención, al acumular capital científico y político”, dice la médica e historiadora de las enfermedades Dilene Raimundo do Nascimento, de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) de Río de Janeiro. “Inmediatamente después de detectar la enfermedad, ellos aislaron a los pacientes”, añade la historiadora Olga Alves, investigadora del Centro de Memoria del Instituto Butantan.

La plaga llegó primero a Paraguay, en septiembre de 1899. Atento a las noticias provenientes del país vecino, el gobierno brasileño se encargó de importar el suero antipeste del Instituto Pasteur de París y, a continuación, combatió a las ratas, las transmisoras de la enfermedad, que arribaban con los barcos y se diseminaban por las ciudades portuarias.

Instituto Pasteur y Antoine Danchin / CDC Alexandre Yersin al frente de la cabaña en Hong Kong donde aisló la bacteria de la peste, en 1894Instituto Pasteur y Antoine Danchin / CDC

El conocimiento sobre la enfermedad resultó esencial para planificar las acciones para detenerla. En 1894, dos bacteriólogos, el suizo Alexandre Yersin (1863-1943), en Hong Kong, y el japonés Kitasato Shibasaburo (1853-1931), en Japón, identificaron a la bacteria causante de la enfermedad, que fue bautizada con el nombre de Yersinia pestis. En 1895, ya de regreso al Instituto Pasteur de París, Yersin se asoció con el biólogo Léon Charles Albert Calmette (1863-1933) y con el médico Émile Roux (1853-1933) para desarrollar un suero contra la peste, que se probó en humanos tres años después. También en 1898, el médico francés Paul-Louis Simond (1858-1947) descubrió que la bacteria ingresaba a las personas a través de las picaduras de pulgas (Xenopsylla cheopsis) infectadas al alimentarse de la sangre de las ratas. Hoy en día, se sabe que el microbio se aloja y se multiplica en los ganglios linfáticos, los cuales se inflaman dando lugar a los denominados bubones, que a veces se rompen. Esta enfermedad causa fiebre alta, dolores, vómitos, tos con sangre y convulsiones.

En agosto de 1899, cuando llegaron las noticias sobre la peste en la ciudad de Porto, en Portugal, el gobierno brasileño dispuso que todos los navíos provenientes de Portugal y España deberían someterse a una cuarentena de 20 días antes de atracar. En cartas publicadas en el periódico Journal do Commercio, el director de Higiene y Asistencia Pública del Estado de Río de Janeiro, el médico fluminense Jorge Alberto Leite Pinto (1865-1934), cuestionó las medidas. Su argumento era que la peste, en vista de lo que ya se sabía sobre ella, podía tratarse fácilmente. En un artículo de noviembre de 2013 en la revista Histórias, Ciências, Saúde – Manguinhos, Do Nascimento y el historiador de la ciencia Matheus Silva, por entonces ligado a la Fiocruz, dijeron que el médico alegaba que la cuarentena, al impedir el desembarque de los buques extranjeros, podía causar perjuicios económicos y elevar el precio de los productos importados. Según ambos investigadores, para Leite Pinto, los intereses del comercio eran preponderantes, y “cabía al gobierno no interferir ni generar daños en las relaciones comerciales”. Las protestas, sin embargo, no tuvieron ningún efecto práctico. Al mes siguiente llegaron las noticias de la peste en Paraguay.

Como director del Servicio Sanitario de São Paulo, y al arribar a la conclusión de que el puerto de Santos podía ser una de las puertas de entrada de la peste, Emílio Ribas dispuso medidas preventivas; entre 1896 y 1898, él había coordinado la demolición de conventillos y la higiene de las casas, calles y terrenos baldíos para eliminar los focos de Aedes aegypti, el vector de la fiebre amarilla, otro problema de salud pública.

Colección Instituto Butantan/ Centro de la Memoria Vital BrazilColección Instituto Butantan/ Centro de la Memoria

El primer médico que Ribas envió al litoral, el 9 de octubre, fue el oriundo de Minas Gerais Vital Brazil Mineiro da Campanha (1865-1950). Este llegó munido de un microscopio, medios de cultivo de bacterias, tubos de ensayos e instrumentos para practicar autopsias. Montó un laboratorio en una de las habitaciones del Hospital de Aislamiento y se puso a estudiar ratas vivas capturadas en los lugares donde otras habían muerto.

Ni bien arribó a Santos, otro de los médicos del equipo, el carioca Guilherme Álvaro da Silva (1869-1930), supo de un paciente que había muerto días antes en el Hospital Santa Casa de la ciudad, con una infección severa e hinchazón de los ganglios de la ingle derecha. Él determinó que ese hombre había muerto a causa de la peste –y no de fiebre amarilla, tal como se había diagnosticado inicialmente–, al hallar ratas muertas cercad de la casa donde vivía. En su libro de 1919 intitulado A campanha sanitária de Santos – Suas causas e seus efeitos, Da Silva informó que “las ratas proliferaban en Santos, y durante la noche podían verse verdaderos tropeles”.

Otro médico del Servicio sanitario, el también carioca Adolfo Lutz (1855-1940), llegó el 14 de octubre, cuando comenzaron a aparecer los casos sospechosos y los enfermos, y sobrevinieron las muertes. En un informe publicado inicialmente en la Revista Médica de São Paulo en febrero de 1899, Vital Brazil describe la evolución de la enfermedad, los experimentos en animales y el comportamiento de la bacteria: “El cocobacilo no parece gozar de movilidad. Se aglutina bajo la acción del suero antipeste”, indicó. Los análisis y las autopsias, bajo el seguimiento personal de Ribas, quien también se trasladó allí, confirmaron que la peste bubónica había llegado. Cuatro días después se emitió el comunicado oficial y comenzó la caza de las ratas en las casas, cocheras y depósitos del puerto.

Los habitantes de Santos protestaron ante la perspectiva de los daños derivados del probable cierre del puerto. Se solicitó la opinión del cirujano fluminense Eduardo Chapot-Prévost, docente de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, quien viajó a Santos, examinó a los pacientes y confirmó las conclusiones del equipo médico instalado en la ciudad. Pero eso no fue suficiente para calmar a los santistas.

Los ediles de Santos, que buscaba una opinión contraria, invitaron entonces a Oswaldo Cruz, quien había pasado tres años en el Instituto Pasteur de París, y él arribó el 22 de octubre. Cinco días después, en un telegrama enviado al gobierno federal, informó que había aislado “la misma cepa bacteriana humana” en los animales enfermos y muertos, confirmando el diagnóstico, de acuerdo con los supuestos establecidos por el químico Louis Pasteur (1822-1895). “Los criterios clínicos, epidemiológicos y bacteriológicos permiten afirmar categóricamente que la enfermedad circulante es la peste bubónica”, concluyó.  “Aquel fue un momento importante para la consolidación de la bacteriología y de la investigación científica”, dice Do Nascimento.

Rodolpho Fisher/ Colección Instituto Butantan/ Centro de la Memoria Una imagen del edificio principal del Instituto Seroterápico Butantan, creado por Vital BrazilRodolpho Fisher/ Colección Instituto Butantan/ Centro de la Memoria

Cruz también tuvo que cuidar a Vital Brazil, quin se contagió la peste y se recuperó con el suero importado. “Todavía no entendemos por qué no contrajimos la enfermedad, que en la víspera había postrado al Dr. Vital Brazil, en el Hospital de Aislamiento donde trabajaba”, escribió Da Silva en su libro de 1919, al dar cuenta de una visita a una casa donde cuatro personas habían muerto por la peste. Él y su equipo hallaron “más de 40 ratas muertas desperdigadas por el suelo, varias de ellas en descomposición” en el depósito de la casa, y fueron picados por las pulgas que infectaban a los roedores, pero no se enfermaron.

Para el final de diciembre de 1899, 35 personas con peste fueron atendidas en el Hospital de Aislamiento, y de ellas 15 fallecieron, un desenlace situado muy por debajo de los índices históricos de letalidad de la peste, que mataba a casi todos los que contagiaba. Aun así, los comerciantes de Santos todavía se oponían a los médicos. En busca de otras opiniones, Lutz envió muestras de tejidos de los ganglios de pacientes a expertos de París, Londres y Hamburgo; todos confirmaron que se trataba de la peste.

La ciudad de São Paulo registró el primer caso al comienzo de noviembre de aquel año, lo que motivó que los equipos de salud iniciaran la búsqueda y el aislamiento de las personas infectadas, así como el combate a las ratas mediante varias estrategias: la limpieza de alcantarillas, depósitos y casas a cargo del personal del Servicio Sanitario, la distribución del folleto intitulado Peste, matança dos ratos [La peste y la matanza de ratas], con versiones en portugués, italiano, alemán, inglés y francés, y una campaña para que la propia población cazara las ratas que el gobierno estaba comprando.

Colección Casa de Oswaldo Cruz Construcción del Castillo de Manguinhos, obra de Oswaldo CruzColección Casa de Oswaldo Cruz

La Desinfección Central, un organismo del Servicio Sanitario, les compró a los pobladores e incineró alrededor de 14 mil ratas solamente en noviembre de 1899. No obstante, hubo algunas distorsiones. “Mucha gente, en los meses posteriores, empezó a cazar roedores convirtiendo a esa práctica en un medio de supervivencia”, comenta la archivista Maria Talib Assad, del Museo de la Salud Pública Emílio Ribas, que funciona en el edificio donde operaba ese organismo del Servicio Sanitario a comienzos del siglo XX. Ese efecto indeseable condujo a la suspensión de esa medida.

“Durante el brote en Santos, Emílio Ribas comenzó a pensar en la propagación de la peste y en la necesidad de producir el suero en Brasil, del cual solo se era posible importar lotes pequeños, a causa de la gran demanda de otros países”, relata Alves. Las negociaciones con la gobernación paulista impulsaron la creación del Instituto de Seroterapia del Estado de São Paulo, que en 1918 pasó a llamarse Instituto de Seroterapia de Butantan y finalmente, en 1925, se lo renombró con la actual denominación de Instituto Butantan. Bajo la dirección de Vital Brazil, produjo suero antipeste y más tarde se especializó en sueros contra las picaduras de serpientes, comunes en el interior paulista, además de otras vacunas.

La peste, que probablemente se propagó desde Santos, hizo aparición en la ciudad de Río de Janeiro en enero de 1900 y luego se propagó a São Luís, en el estado de Maranhão, y a Recife, en Pernambuco. Simultáneamente, Oswaldo Cruz aprovechó la oportunidad para fundar el Instituto de Manguinhos, actual Fiocruz, también para fabricar suero contra la peste, el cual se transformó en uno de los principales centros nacionales de producción de vacunas. De todas maneras, en la capital federal de entonces hubo unas 300 personas fallecidas a causa de la peste en 1900, y el total de muertos en los años siguientes fue de 199 en 1901, 215 en 1902, 360 en 1903 y 274 en 1904.

Don Bouquet/ Academia Nacional de Medicina de Francia Oswaldo Cruz en una caricatura publicada en París en 1911, en la revista ChanteclairDon Bouquet/ Academia Nacional de Medicina de Francia

En 1903, el presidente Francisco de Paula Rodrigues Alves (1848-1919), interesado en modernizar la ciudad de Río de Janeiro, nombró a Cruz al frente de la Dirección General de Salud Pública (DGSP). “Oswaldo Cruz tuvo carta blanca para acabar con las tres enfermedades epidémicas principales de la época: la viruela, la peste bubónica y la fiebre amarilla”, comenta Nascimento. “La vacunación y la eliminación de los focos de cría de ratas y de mosquitos eran lo que le preocupaba a De Paula Rodrigues Alves, quien planificaba una reforma urbana para transformar a Río en una ciudad hermosa como París. Los intereses políticos y sanitarios fueron convergentes”.

En aquella ocasión, la población se rebeló nuevamente, en este caso contra la vacunación obligatoria para combatir a la viruela. Las protestas también expresaban el temor de que la vacuna pudiera conferirle a la gente rasgos vacunos, porque se la fabricaba con material extraído de vacas enfermas, o a contagiarse de sífilis, tal como lo describe el historiador carioca Sidney Chalhoub, de la Universidad Harvard, de Estados Unidos, en el libro intitulado Cidade febril [Ciudad afiebrada] (editorial Companhia das Letras, 2017).

La campaña contra la peste bubónica siguió casi sin oposición, porque la población ya sabía que la enfermedad era transmitida por las pulgas y las ratas. Había una vacuna y la lucha contra las ratas fue intensa. La DGSP también adhirió a la compra de ratas a la población. “Pese a las controversias, fue una práctica sanitaria eficaz”, dice Do Nascimento.

En la actualidad el tratamiento se realiza con antibióticos, lo que disminuye el riesgo de muerte a un 10%, pero la peste todavía causa alrededor de 650 casos y 120 muertes por año en todo el mundo, fundamentalmente en África, y se la considera un peligro potencial en las regiones donde las condiciones sanitarias son precarias. En Brasil, el último caso registrado fue en 2005. En Estados Unidos se informaron 11 casos en 2015, con tres muertes. En 2020, la peste bubónica resurgió en Mongolia, donde hubo 15 contagios y una muerte.

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