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Filosofía de la ciencia

Nuevos orígenes

Ediciones brasileñas del clásico de Charles Darwin contextualizan la construcción de la teoría evolutiva

Alex Cerveny/UBU

Si un grupo de evolucionistas fuera encerrado en un recinto hasta que sus integrantes se pusiesen de acuerdo en cuanto a la mejor definición de lo que es una especie, probablemente se quedarían ahí para siempre. Dentro del conjunto de herramientas y conceptos de las diversas áreas que componen la biología –genética, anatomía, fisiología, ecología– resulta difícil priorizar y decidir cuál es la que determina el límite entre un organismo y otro. Habrá quien sostenga que las especies, como tales, no existen, ya que cada organismo representa en realidad una instancia transitoria de un linaje. La discusión podría ser moderna y plagada de detalles que dependen de los hallazgos de las últimas décadas, pero su raigambre parte de lo que el naturalista británico Charles Darwin (1809-1882) publicó hace casi 160 años en El origen de las especies. Los lectores brasileños disponen desde este año de dos hermosas ediciones de ese clásico, la más reciente publicada por la editorial Ubu, con traducción y compilación del filósofo Pedro Paulo Pimenta, docente de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP). “La especie es la variedad que perdura mientras uno la observa”, sintetiza. El enfoque evolutivo finalmente torna a esta categoría de clasificación en algo un tanto artificial, poco más que una mera denominación.

Pimenta inició la compilación del libro planificando el aparato crítico. Más allá de la presentación dirigida a un público amplio, en la cual indaga en el contexto del pensamiento de la época, el conjunto abarca los textos de Darwin y de su coterráneo Alfred Russel Wallace (1823-1913), presentados en la Linnean Society de Londres como una coautoría de la variabilidad de las especies mediante la selección natural, tres reseñas de la época, dos capítulos que Darwin incluyó en ediciones posteriores de su clásico y un oportuno glosario acerca de quién es quién en esta evolución del conocimiento. El filósofo también se hizo cargo finalmente de la traducción del libro, adecuándose a la prioridad de producir un texto que funcionara bien en portugués, sin perder por ello el estilo del siglo XIX. “El estilo, la sintaxis y la terminología son fieles al original”, comenta.

El bosquejo histórico, un capítulo que Darwin añadió en la tercera edición, da cuenta en forma algo protocolar de los predecesores que contribuyeron para que él formulara sus conclusiones. Ni bien comienza, Pimenta hace hincapié en una imprecisión en la mención de Aristóteles, filósofo de la Antigua Grecia, como si él fuese en cierto modo el precursor de las ideas transformistas o evolutivas. Una nota al pie explica que el británico recibió de un amigo una traducción errónea del ensayo Sobre las partes de los animales. El biólogo Nélio Bizzo, docente de la Facultad de Educación de la USP y experto en la obra y en el pensamiento de Darwin, describe que Aristóteles tenía la costumbre de redactar algún fragmento de otro autor que pretendía comentar, y a continuación elaboraba su crítica. El colaborador de Darwin le habría enviado una traducción de esa primera parte. “En realidad se trataba de Empédocles y no de Aristóteles”, informa Bizzo, a cargo de la compilación y revisión técnica de la edición de El origen de las especies que también salió publicada este año por la editorial Edipro.

Entre los antecesores figura el naturalista francés Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829), quien en su Filosofía zoológica de 1809, mostraba formas de los seres vivos en constante transformación como consecuencia de la interacción con el hábitat. También está el geólogo británico Charles Lyell (1797-1885), al cual se lo considera el fundador de la geología moderna, que aportó la noción de que los procesos geológicos que condujeron a la configuración actual del mundo son el resultado de un proceso lentísimo que ocurre en el curso de millones de años y permite entender que los registros fósiles serían vestigios de los organismos que forman parte de esa historia de la vida. En un momento en el que se consideraba que los continentes eran fijos, se hacía difícil explicar las semejanzas biológicas que se observaban entre continentes distintos, y en ciertas ocasiones Darwin aludió a eras glaciales (algo controversial en esa época) que habrían formado puentes transitables. Esas eran soluciones creativas de una mente que se basaba en hechos, pero también podía trascenderlos realizando conexiones inusitadas.

Esa perspectiva histórica sugiere que el siglo XIX estaba preparado, en cierta medida, para aceptar la descendencia modificada por la selección natural como una explicación del surgimiento de la diversidad biológica. La mayor prueba de ello fueron las conclusiones similares a las que arribó Alfred Russel Wallace prácticamente en forma simultánea. Con todo, Darwin lo habría deducido antes y habría llegado más lejos en sus explicaciones, y por eso cobró preponderancia en su presentación conjunta organizada por Lyell y el botánico Joseph Hooker (1817-1911) en Londres.

A primera vista resulta sorprendente que la lectura de un tratado de economía política –An essay on the principle of population– publicado en 1798 por el economista británico Thomas Malthus (1766-1834) haya precipitado la comprensión de Darwin de que no todos los que nacen pueden sobrevivir, que hay algo en el ambiente que determina los sobrevivientes más probables y que eso puede ser la causa del modo en que se modifican las especies a lo largo de un horizonte temporal más amplio de lo que parece como posible desde la perspectiva creacionista. Pero en cierto modo esa conexión entre ciertas áreas del conocimiento no se parecía ser algo tan inusitado, la economía con frecuencia tomaba prestada la terminología de la fisiología, por ejemplo.

Las reseñas publicadas en la época resaltan el carácter polémico de la publicación y parecen haber sido el resultado de una estrategia comercial, según Bizzo. Este comenta que, con anterioridad al lanzamiento del libro, se enviaron ejemplares a personas influyentes de varios países –particularmente en Inglaterra, Alemania y Estados Unidos– apuntando a lograr una repercusión calificada. “Eso fue una estrategia de marketing global, que también contemplaba la posibilidad de reimpresión en Estados Unidos”.

Una de las reseñas incluidas en el libro compilado por Pimenta es la del paleontólogo británico Richard Owen (1804-1892), contrario a la teoría de Darwin. Enfocándose en el conocimiento paleontológico, rechaza lo que para él son especulaciones que no pueden comprobarse, sobre todo la noción del ser humano como un mono evolucionado. El botánico estadounidense Asa Gray (1810-1888), uno de los fundadores de la historia natural en Estados Unidos y uno de los primeros adeptos a la nueva idea, defendió la publicación a pesar de reconocer dificultades en cuanto al conflicto con la perspectiva religiosa. El zoólogo Thomas Huxley (1825-1895), otro aliado de Darwin, hizo hincapié en la imposibilidad de comprobar la teoría, algo que viene haciéndose poco a poco hasta la actualidad.

Gran parte de la ciencia contemplada en El origen de las especies ya caducó, pero el concepto que ella suscita todavía sigue vigente

Esa estrategia para llegar a un público más amplio también está presente incluso en el texto. “¿Por qué un tratado sobre el surgimiento de las especies comienza hablando sobre variedades de palomas?”, indaga Pimenta en referencia al primer capítulo: “La variación en estado doméstico”. Parece una contradicción, pero enseguida queda claro el objetivo: entender la selección natural que ocurre con posterioridad a los designios del creador (con minúscula) en la escala del tiempo humana, que da origen a palomas con configuraciones insólitas de plumas (la creación de esas aves era todo un éxito en esa época en Inglaterra), torna menos inasequible para el lector la selección natural que se describe a continuación, que no por eso se convierte en algo trivial.

“El libro resulta indigerible en muchos aspectos”, destaca el filósofo. En él se enfatiza en el hecho de que la selección natural persiste en relación con la posibilidad de supervivencia, en lugar de ajustarse a un propósito concreto. Al contrario de la orientación deliberada de la selección artificial que realizan los criadores, los efectos naturales no tienen vinculación con ninguna intencionalidad. Ese concepto, en el cual subyace un ateísmo intrínseco, generaba incomodidad porque se oponía al previsible orden divino. “La genialidad de Darwin radicó en percibir que el más adaptado sobrevive, pero el organismo no tiene forma de prever el próximo paso”, dice Pimenta, destacando que el propio británico tuvo dificultades para aceptar la incertidumbre de ese planteo.

Parte de la dificultad reside en la lentitud del transcurso de la selección natural. Pimenta lo ejemplifica con la extinción de la fauna del Pleistoceno, hace unos 11 mil años, que se precipitó a causa de la acción humana. De cualquier modo, el declive no se produjo de un día para otro y, para ser rigurosos, todavía no concluyó. “Estamos acabando con el elefante desde hace 30 mil años”, dice. Triunfamos, pero no se sabe por cuánto tiempo”.

Otra perspectiva sagrada que tambalea en El origen de las especies es la de que el ser humano sería el ápice evolutivo, como si todo lo que hubo antes tuviera como único objetivo nuestro surgimiento. Esta idea no es rara incluso hoy en día, dado que aún resulta difícil imaginarse un mundo sin gente. “Darwin iba en pos de aniquilar la primacía humana pero dio un paso atrás”, objeta Pimenta: las maravillosas características morales del cerebro humano serían un componente evolutivo como cualquier otro.

“La teoría de Darwin impacta porque es muy sólida desde el punto de vista de su estructura”, analiza Pimenta. Muchos de los aspectos científicos que estaban involucrados en ella han caducado –los conceptos de la estructura anatómica, de embriología y de herencia, por ejemplo– pero conceptualmente todavía es válida. “Puede llegar a ser algo perturbador cuando uno se sienta a leerla”. Por otra parte, Bizzo sostiene que esa lectura debe hacerse en una segunda etapa del estudio, con el enfoque moderno afianzado. “La lectura de Darwin para llegar a una comprensión actual sobre la evolución es un error”. Dicho eso, él afirma que la comprensión de cómo se llegó al conocimiento y cómo el mismo se modificó radicalmente constituye el combustible para un pensamiento creativo.

Hoy en día, el lector puede elegir entre una edición dentro del contexto de la crítica literaria compilada por Pimenta, y el texto original de Darwin con los comentarios minuciosos de la revisión técnica elaborada por Bizzo, o bien leer ambas ediciones. En 2019, cuando se cumplirán 160 años de El origen de las especies, la publicación de una nueva edición de Filosofía natural de Lamarck por la editorial Edusp enriquecerá el contexto y podría suscitar buenos debates en el mes de febrero, cuando según la tradición se festeja el “día de Darwin” con ocasión de la fecha de su nacimiento.

Libro
DARWIN, C. A origem das espécies. 1859. São Paulo: Ubu y Edipro, 2018.

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