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Fiocruz – 120º Aniversario

Retos constantes

Desde la peste bubónica hasta el zika, los problemas –y las soluciones– se renuevan

El médico Astrogildo Machado (sentado, con las manos entrelazadas) en una expedición a los valles de los ríos São Francisco y Tocantins, en 1911: en misión sanitaria en el interior de Brasil

Colección Casa de Oswaldo Cruz/Fiocruz

Una nueva enfermedad infecciosa importada desde China amenaza a la población brasileña. Aún se la conoce poco y los científicos vienen realizando hallazgos sucesivos al respecto a medida que se propaga por todo el mundo. Es el final del siglo XIX y la pandemia de peste bubónica ha llegado al puerto de Santos, en las costas del estado de São Paulo. El país necesita con urgencia una vacuna para proteger a su población.

El gobierno federal respondió a esa emergencia sanitaria con la creación, en 1900, del Instituto Federal de Sueroterapia en una finca abandonada en el barrio de Manguinhos, en la zona norte de la ciudad de Río de Janeiro, a orillas de la bahía de Guanabara. La dirección general estuvo a cargo del barón de Pedro Afonso, propietario del Instituto Municipal de Vacunas, que producía la vacuna antivariólica. Para la dirección técnica se le cursó una invitación a un científico de 28 años, experto en sueros y microbiología del afamado Instituto Pasteur de París: Oswaldo Gonçalves Cruz (1872-1917). Al año siguiente también se fundaría el Instituto Butantan, en São Paulo, con la misma finalidad, e inicialmente llamado Instituto Serumtherapico.

En tan solo seis meses, el Instituto Federal de Sueroterapia logró producir las primeras dosis del suero para el tratamiento y la vacuna preventiva para la peste bubónica. Pero pronto surgió un desacuerdo entre sus líderes. Según el historiador Jaime Larry Benchimol, investigador de la Casa de Oswaldo Cruz (COC-Fiocruz), el científico ya tenía en mente un instituto dedicado a la enseñanza y la investigación, en la misma línea del Instituto Pasteur. Pero esa no era la meta del barón, que acabó desvinculándose de la institución en 1902.

Colección Casa de Oswaldo Cruz/Fiocruz Oswaldo Cruz en PetrópolisColección Casa de Oswaldo Cruz/Fiocruz

Entonces Oswaldo Cruz asumió la dirección plena del instituto y, un año más tarde, la Dirección General de Salud Pública (DGSP), desde donde lanzó una campaña contra las tres grandes amenazas a la salud que enfrentaba la población brasileña a principios del siglo XX: la peste bubónica, la viruela y la fiebre amarilla. Exigió la notificación obligatoria de los casos e impulsó la caza de las ratas, hospedadoras de las pulgas infectadas con la bacteria Yersinia pestis. Además de la creación de una brigada de agentes sanitarios para ocuparse del trabajo de desratización, la DGSP les abonaba una pequeña suma de dinero a los habitantes que les llevaran roedores, vivos o muertos, a los brigadistas. Esa iniciativa generó un nuevo tipo de comercio y también de fraude en la ciudad de Río de Janeiro: hubo quienes empezaron a criar ratas para vendérselas al gobierno.

De la revuelta a la medalla
Para controlar la fiebre amarilla, Oswaldo Cruz se dedicó a eliminar los focos del mosquito Stegomya fasciata (más tarde denominado Aedes aegypti), que el médico cubano Carlos Finlay (1833-1915) había señalado unos veinte años antes como el transmisor de la enfermedad. En aquella época, la comunidad médica internacional no le prestó atención a esa teoría, que sería comprobada recién en 1900, el mismo año de la creación del Instituto de Sueroterapia de Manguinhos, desterrando las creencias al respecto de los aires pestilentes, los miasmas.

La estrategia de Cruz consistió en dividir la ciudad en diez distritos sanitarios, comandados por comisarios de Salud e impuso una inspección rigurosa, que incluía multas para los propietarios de los inmuebles insalubres. En un comienzo, el sanitarista fue objeto de chistes y caricaturas, ganándose además el jocoso mote de “General Matamosquitos”. Pero pronto cundió la indignación popular contra la “patrulla de los focos”, que podía ingresar a las viviendas sin autorización de sus propietarios e incluso trasladar enfermos sin su consentimiento. El descontento derivó en una revuelta cuando se instauró la obligatoriedad de vacunarse contra la viruela, en 1904.

Wikicommons Oswaldo Cruz en una caricatura de la revista O Malho, en 1907Wikicommons

Según Benchimol, la resistencia fue generalizada: desde positivistas que no admitían la injerencia del Estado en las libertades individuales hasta gente con temor a que la vacuna las dejase “avacados”, es decir, con rasgos vacunos, dado que la misma se producía a partir del cowpox (pústula de vaca), una enfermedad bovina similar a la viruela. Al día siguiente a la promulgación de la ley ya había disturbios en las calles, reprimidos por las fuerzas policiales. Los enfrentamientos duraron alrededor de una semana y dejaron un saldo de 30 muertos, 110 heridos y 945 arrestos. “La población lo pagó con creces: además de la feroz represión, en 1908 tuvo que soportar una epidemia de viruela que mató a casi 6.400 personas”, relata el historiador.

“El mismo país que se rebeló contra una vacuna ideó posteriormente uno de los programas de inmunización más sólidos del mundo, que logró controlar muchas enfermedades”, recuerda la socióloga Nísia Trindade Lima, presidenta de la Fiocruz. “Pese a todo, como hemos podido comprobar con la aparición reciente de nuevos brotes de sarampión, esos logros no son permanentes”.

Colección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz Carlos Chagas en Lassance (1909), Minas Gerais, contemplando a la niña Rita, uno de los primeros casos identificados de la enfermedad que llevaría su nombreColección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz

Pese a los percances, los equipos capitaneados por Oswaldo Cruz lograron detener las epidemias. En 1907, la fiebre amarilla fue declarada bajo control en Río de Janeiro, un hito por el que obtuvo el reconocimiento internacional, con la medalla de oro que se le entregó en el 14º Congreso Internacional de Higiene y Demografía de Berlín, en Alemania. En 1908, se le impuso al instituto el nombre de su director, quien se mantuvo en el cargo hasta 1916.

Los científicos de la institución también comenzaron a ser requeridos para combatir enfermedades en el interior del país. Se enviaron expediciones científicas a varios estados. Por ejemplo, fue en el norte de Minas Gerais, en la ciudad entonces llamada São Gonçalo das Tabocas (hoy en día, Lassance), donde en 1909 Carlos Chagas  (1879-1934) descubrió la tripanosomiasis americana, la enfermedad de Chagas. Un hito triple: identificó al protozoario causante de la enfermedad, al cual se lo bautizó con el nombre de Trypanosoma cruzi, en homenaje a Oswaldo Cruz, al insecto vector (la vinchuca) y las características clínicas de la enfermedad, que hasta entonces era confundida con el paludismo o la anquilostomiasis. Más de 80 años después, en 1990, la primera patente internacional de la Fiocruz sería referente un kit para el diagnóstico de la dolencia en cuestión.

Mientras que el prestigio del instituto de Manguinhos aumentaba, se levantaron las paredes de la nueva sede. Cruz ideó un verdadero monumento, un Palacio de las Ciencias. La construcción comenzó en 1905 y finalizó en 1918. Con ornamentos de estilo morisco, el Castillo de Manguinhos fue construido con ladrillos franceses, lámparas alemanas y porcelana inglesa. “Él quiso construir algo grandioso, que marcara el apoyo a la salud pública. Esa fastuosidad tiene un significado simbólico”, sentencia la infectóloga Miriam Tendler en alusión al edificio que forma parte de su vida desde hace casi 50 años.

Como investigadora del Laboratorio de Esquistosomiasis Experimental del Instituto Oswaldo Cruz (IOC-Fiocruz), Tendler es la heredera de los estudios pioneros del médico carioca Adolfo Lutz (1855-1940), quien en 1908, cuando tenía 53 años de edad, abandonó el Instituto de Bacteriología de São Paulo (el actual Instituto Adolfo Lutz) para trabajar en el IOC, donde durante más de 32 años produjo trabajos destacados en el área de la zoología médica, que incluyen estudios fundamentales para la comprensión de la esquistosomiasis y de su agente, el helminto denominado Schistosoma mansoni, cuyo genoma fue mapeado en 2003 por equipos científicos de São Paulo.

Colección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz El castillo en obras, en 1910Colección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz

Tendler trabaja desde 1975 en el desarrollo de una vacuna contra la esquistosomiasis, que en la actualidad se encuentra cumpliendo la fase final de ensayos clínicos en Senegal (África), una región endémica para las dos especies de Schistosoma. En 2017, se la probó en alrededor de 100 voluntarios adultos y ahora, en 110 niños, que fueron estudiados durante un año para verificar la duración de la protección conferida por la vacuna. La última fase de ensayos a gran escala se llevará a cabo en 2022.

La producción de vacunas no es la única manera de combatir una enfermedad infectocontagiosa y el éxito brasileño para detener el avance del sida es una muestra de esto. Los primeros casos oficiales fueron detectados en 1981 en Estados Unidos, si bien que ya había registros de la enfermedad en África Central, en donde probablemente haya surgido el virus. En 1987, los científicos del IOC aislaron por primera vez en América Latina el virus de la inmunodeficiencia humana tipo 1, el VIH-1.

Colección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz La vacuna contra la peste de la pierna negra siendo empacada, en 1930Colección de La Casa De Oswaldo Cruz/Fiocruz

Todavía no hay una vacuna contra el VIH, pero el avance en el desarrollo de drogas antirretrovirales y, en el caso brasileño, su distribución gratuita por intermedio del Sistema Único de Salud (SUS), además de las campañas masivas de prevención, redundaron en el control de la epidemia del sida. La Fiocruz ha actuado en todos los frentes: en la investigación, la educación y la difusión, en la producción de kits de diagnóstico y en la elaboración de medicamentos. El Instituto de Tecnología en Fármacos (Farmanguinhos) produce ocho de las veintitrés drogas que componen el denominado cóctel antisida.

El esfuerzo por controlar una enfermedad para la cual tampoco existe una vacuna le rindió honores a la médica Celina Turchi, del Instituto Aggeu Magalhães (Fiocruz Pernambuco). Las investigaciones que ella llevó a cabo cuando surgieron la epidemia de zika y los casos de microcefalia neonatal relacionados con dicha enfermedad, llevaron a que la investigadora fuera incluida en 2016 entre los diez científicos más importantes del mundo en la revista científica Nature. Al año siguiente, la revista Time la incluyó en la lista de las cien personas más influyentes de la ciencia mundial. Y en 2018, el trabajo realizado por el Grupo de Investigación de la Epidemia de Microcefalia (Merg o Microcephaly Epidemic Research Group), que Turchi coordina, recibió el Premio Péter Murányi por ser el primer estudio epidemiológico que determinó la asociación entre el brote de zika y el aumento de la cantidad de casos de microcefalia en el nordeste brasileño, en 2015. Cuando empezaron a aparecer los casos en bebés cuyas madres habían contraído el zika durante el primer trimestre de embarazo, Turchi conformó la red internacional de investigación reuniendo a expertos de diversas áreas e instituciones. En tan solo tres meses logró comprobar la relación directa entre el zika y los casos de microcefalia.

Fiocruz El campus de la Fiocruz, donde se destaca el Instituto Bio-ManguinhosFiocruz

Según informa Maurício Zuma, director del Instituto de Tecnología en Inmunobiológicos (Bio-Manguinhos), ya existe un proyecto de vacuna contra el zika en fase inicial. Nísia Trindade añade que la Fiocruz está trabajando en el desarrollo de 14 vacunas para distintas enfermedades, a partir de un desarrollo propio y transferencia de tecnología. No obstante, la presidenta de la Fiocruz evita las metáforas de guerra de la época de Oswaldo Cruz. “Hoy en día prefiero referirme a una crisis de múltiples dimensiones: una crisis económica, sanitaria, política y humanitaria”, dice.

Libros
BENCHIMOL, J.L. Manguinhos do Sonho a vida. A Ciência na Belle Époque. Editorial Fiocruz: Río de Janeiro, 1990.
BENCHIMOL, J.L. Dos micróbios aos mosquitos: febre amarela e a revolução pasteuriana no Brasil. Editorial Fiocruz: Río de Janeiro, 1999.
BENCHIMOL, J.L. Febre amarela: a doença e a vacina, uma história inacabada. Editorial Fiocruz: Río de Janeiro, 2001.
LENT, H. O Massacre de Manguinhos. Fiocruz; Edições Livres: Río de Janeiro, 2019.
SEVCENKO, N. A Revolta da Vacina: mentes insanas em corpos rebeldes. Editorial de la Unesp: São Paulo, 2018.
Programa Nacional de Imunizações 30 anos. Ministerio de Salud de Brasil: Brasilia, DF, 2003.

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