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Entrevista

Silvio Meira: Un realista esperanzado

El científico de la computación, creador de uno de los ecosistemas de innovación más importantes de Brasil, habla de la irrupción de la era digital en el país

Léo Ramos Chaves

Para hallar las palabras justas para definirse a sí mismo, Silvio Romero de Lemos Meira, de 65 años de edad, hace mención a su coterráneo, el escritor paraibano Ariano Suassuna (1927-2014). “Soy un realista esperanzado”, dice el científico de la computación y uno de los responsables de la creación de Porto Digital, uno de los principales polos tecnológicos de Brasil, emplazado en el centro histórico de la ciudad de Recife (la capital del estado de Pernambuco), que alberga a 344 empresas de base tecnológica y que cumplió 20 años en 2020.

El realista esperanzado, tal como lo describió Suassuna, es aquel que entiende el problema y lucha por resolverlo siempre que sea posible. Esta filosofía de vida ha acompañado a Meira desde su adolescencia, cuando desarmaba electrodomésticos descompuestos para descubrir los desperfectos. Más que obstáculos, los retos tecnológicos se transformaron en su herramienta de trabajo.

Profesor emérito del Centro de Informática de la Universidad Federal de Pernambuco (UFPE), este nordestino nacido en el municipio de Taperoá, estado de Paraíba, siempre se ha preocupado por estar al tanto de los problemas reales que enfrentan las empresas. Al principio de su carrera, rechazó ofertas laborales de multinacionales para dedicarse a un proyecto ambicioso: consolidar el área de la computación de la UFPE y desarrollar un ecosistema de innovación en Recife.

Miembro del consejo de varias empresas, Meira, quien está casado y es padre de tres hijos, dedica gran parte de su tiempo a pensar de qué manera pueden las tecnologías digitales y la inteligencia artificial no solo ayudar a incrementar la productividad de esas compañías, sino también aportarle un beneficio a la sociedad. En esta entrevista, habla de los desafíos para la consolidación de Porto Digital, traza un panorama de las oportunidades de la era digital en el país y cuenta cómo ha impactado la pandemia del nuevo coronavirus en su rutina.

Edad 65 años
Especialidades
Programación computacional, transformación digital, innovación, política tecnológica
Institución
Universidad Federal de Pernambuco (UFPE)
Estudios
Título de grado en ingeniería electrónica otorgado por el ITA (1977), maestría en ciencia de la computación en la UFPE (1981) y doctorado en ciencia de la computación en la Universidad de Kent, en Inglaterra (1985)
Producción
54 artículos científicos. Es autor, coautor u compilador de cinco libros

En su currículo de la plataforma Lattes, usted se describe como un “un percusionista que se lo pasa en grande como investigador científico”. ¿Cuál es el impacto de la cultura pernambucana en su carrera?
El Carnaval fue determinante para que me radicara en Recife. A mediados de la década de 1980, cuando regresé de Inglaterra, donde hice el doctorado, acabé involucrándome con el ambiente cultural de la ciudad, principalmente con el Carnaval. Colaboré en la fundación de Cabra Alada, un maracatú [una danza y ritmo musical afrobrasileño] que cumplió 25 años en 2020. Una vez que eso se le mete a uno en la sangre no sale más. Mi vínculo con el carnaval es fuerte.

¿Cómo es que fue a parar a Recife?
Mi padre, originario de Taperoá, en el estado de Paraíba, era inspector en Sanbra, una filial brasileña de la multinacional holandesa Bunge. Su trabajo exigía que la familia se mudara de ciudad cada tres años. Cada uno de mis tres hermanos nació en un lugar diferente del nordeste brasileño. Llegué a Recife para cursar el segundo año de la enseñanza media. Antes de la escuela, mi madre, una docente nacida en la ciudad de Areia [PB],  se ocupó de mi alfabetización. Gracias a ella, aprendí a leer un año y medio antes de empezar el colegio, con menos de 4 años. Me transformé en un lector empedernido y colaboré en la educación de mis hermanos. Todos ellos terminaron siendo profesores.

Su relación con la capital del estado de Pernambuco es profunda.
Mi relación es profunda con Brasil. Soy un tipo del interior y para la gente del interior, el mundo es el país. No tenía planes de dirigirme a São José dos Campos, en el interior del estado de São Paulo, para estudiar en el ITA [Instituto Tecnológico de Aeronáutica], pero acabé rindiendo el examen de ingreso a instancias de mis amigos. Hice toda la carrera teniendo en mente que regresaría a Pernambuco. Comencé la maestría en la UFPE y me presenté a concurso para un cargo de docente auxiliar en la misma institución.

¿Cuándo se despertó su interés por la computación?
Poco tiempo después de ingresar en el ITA, en 1973, descubrí que había algo denominado computación. Durante la carrera tomé contacto por primera vez con una computadora IBM 1130. En poco tiempo ya estaba aprendiendo programación. Por eso me decidí a no seguir la carrera de ingeniería. Cuando descubrí que se podía programar una máquina para que ejecutara lo que yo quisiera, fue amor a primera vista.

En aquella época la programación era algo incipiente en Brasil.
Así es, eran los comienzos de la programación. La IBM 1130 del ITA tan solo tenía 16 kB [kilobytes] de memoria y era necesario hacer todo un ejercicio algorítmico para lograr programar algo. Básicamente se programaba para resolver problemas de ingeniería. En aquella época lo que me fascinaba era pensar cómo resolver problemas matemáticos desde el punto de vista de la computación. En 1978, cuando hacía la maestría en la UFPE, descubrí que podía pensarse a la programación como un área científica en sí misma. Mi tesina, bajo la dirección del profesor Clylton Fernandes, fue sobre simulación de protocolos de redes. Por lo tanto, en la maestría yo ya trabajaba con simulación de software y tráfico de información en protocolos de comunicación en redes digitales.

Cuando descubrí que podía programar una máquina para que ejecutara lo que yo quisiera, fue amor a primera vista

Incluso llegó a colaborar en la instalación de la primera computadora de gran porte en la UFPE, ¿cierto?
Sí. A finales de los años 1970, un grupo de universidades brasileñas, entre las que se encontraba la UFPE, adquirió equipos de la compañía estadounidense DEC [Digital Equipment Corporation], que en ese entonces ofrecía un modelo de megacomputadora para uso universitario. El profesor Clylton me invitó a hacerme cargo de los sistemas de computación de la universidad. El objetivo era que el nuevo ordenador atendiera al campus y a la totalidad de las disciplinas, incluyendo la ejecución de tareas burocráticas, tales como la organización de las nóminas salariales y las inscripciones. Quedé a cargo del montaje de ese sistema y eso fue un gran aprendizaje, pero me costó un retraso de dos años en mi tesina de maestría.

¿Solo para el doctorado decidió salir de Brasil?
En cuanto terminé el máster, obtuve una beca del CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico] y opté por hacer el doctorado en Inglaterra, porque quería hacerlo en un lugar diferente. Fue una gran experiencia haber ido a la Universidad de Kent. Tuve un director de tesis excepcional, el científico de la computación británico David Turner, uno de los líderes de la investigación en programación funcional de aquella época. Estuve allí entre 1981 y 1985. Al regresar a Brasil, decidí instalarme nuevamente en Recife.

¿Ese fue el período en el que contribuyó con la consolidación del área de la computación en la UFPE?
Cuando regresé, luego de obtener el doctorado, recibí una carta del CNPq dándome la bienvenida e informándome que ahora era el 49º doctor en computación del país. Hasta mediados de la década de 1990, la computación brasileña era muy rudimentaria y no existía como departamento autónomo en las universidades brasileñas, salvo escasas excepciones: la Unicamp [la Universidad de Campinas] creó en 1969 la primera licenciatura en ciencia de la computación del país, inaugurando un departamento propio, y la USP [Universidad de São Paulo], en su campus de São Carlos, hizo lo propio a finales de la década de 1970. En general, solía ser un área vinculada a los departamentos de estadística e informática, tal como ocurría en la UFPE. Las universidades tenían dudas acerca de si valdría la pena abrir carreras de grado en computación, porque todavía no se tenía una noción cabal de este campo del conocimiento. Cuando ingresé en la UFPE como docente, en 1985, Clylton, Paulo Cunha, también docente de esta universidad y yo, acordamos desarrollar un plan a largo plazo, para poner a Recife en el mapa de la computación en un lapso de 15 años. Por ese entonces, todos habíamos recibido ofrecimientos de trabajo en grandes empresas, pero optamos, junto a muchos otros, por abocarnos a este plan en la universidad.

Era una meta ambiciosa.
Así es. Me encargué de la redacción del proyecto, lo recuerdo como si fuese ayer. Lo hice con una máquina de escribir Olivetti Lettera 22 que era de mi padre. Encaré el plan como la misión de mi vida. En esa época, la UFPE tenía cuatro doctores en computación. La meta era llegar a 20 para el año 2000. Muchos asumieron el reto y empezamos a enviar decenas de estudiantes al exterior para hacer el doctorado en computación y regresar a Recife. Nos tomó años sumar una masa crítica. Hoy en día, el Centro de Informática de la UFPE cuenta con unos 100 profesores doctores y 250 investigadores que desarrollan proyectos asociados con empresas. La universidad ha formado a más de 2.100 magísteres y más de 500 doctores, erigiéndose en una referencia del área, porque también alberga una incubadora y aceleradora de empresas. Haber formado parte de eso me brindó una sensación real de estar construyendo el futuro. Como todo salió bien, seguimos incorporando metas ambiciosas y, en 1996, fundamos el Centro de Estudios y Sistemas Avanzados de Recife (Cesar).

Archivo personal Meira en la oficina de su casa, en RecifeArchivo personal

¿Cuál era la intención al crear el Cesar?
Los expertos en computación graduados en la UFPE no hallaban espacio para desempeñarse en la economía local. Casi un 60 % de ellos se iban de Pernambuco. Teníamos que hacer algo para que ese capital humano tuviera un impacto en la economía del estado. Así fue que surgió la idea de crear un centro de innovación con el propósito de captar problemas complejos que pudieran resolverse en Recife. Nuestra idea, por lo tanto, consistió en estimular la creación de empresas de computación. El Cesar comenzó a generar spin-offs de empresas de computación pura.

¿Y cuándo se creó Porto Digital?
La combinación de la labor de la UFPE, del Cesar y del programa Softex de apoyo al software brasileño, lanzado en 1992, en conjunto con la actividad de las asociaciones empresarias y de los gobiernos de Recife y de Pernambuco, condujo a la creación de Porto Digital en el año 2000. Habitualmente, los polos tecnológicos se instalan pegados a la universidad. En el caso de Recife, la escasez de recursos nos llevó a decidir abrir un núcleo externo a la universidad, dado que resultaba inviable hacer todo en la UFPE. Entonces la universidad formalizó una alianza con el programa Softex, la municipalidad y otras instituciones de la zona para crear un polo que no fuera exclusivo de una sola entidad.

¿Así fue como ustedes “coparon” el centro de la capital pernambucana?
El objetivo fue la ocupación y la transformación del espacio donde funcionaba la “cracolandia” [el barrio del crack, la droga] de Recife. Ese esfuerzo, iniciado en el año 2000, dio como resultado el espacio donde hoy funciona Porto Digital, el tercer mayor contribuyente del ISS [Impuesto sobre Servicios] de la ciudad. En 2019, la facturación fue de 2.500 millones de reales, un 24 % superior a la del año anterior.

¿Cómo se inició el proyecto?
El primer paso consistió en atraer a las empresas. El Cesar dispuso trasladar a todo su personal allá. Con el tiempo, la economía local comenzó a dar señales de vida. Se abrieron restaurantes, bares y cafés. Esto no estaba previsto. Con todo, Recife aún es una ciudad con carencias, con una gran desigualdad, que enfrenta enormes retos educativos y de infraestructura. Pero al mismo tiempo tiene una cultura muy fuerte. En Porto Digital tenemos programas de capacitación en colaboración con varias universidades. Es la ciudad brasileña con la mayor cifra de estudiantes de computación por cada 100 mil habitantes. Ese es uno de los impactos de Porto Digital.

¿Surgieron resistencias en el ámbito académico en relación con ese emprendimiento?
A las universidades estaduales les llevó su tiempo entender que era necesario formar mayor cantidad de gente idónea para el mercado. El ambiente académico tiene sus peculiaridades. He oído decir a docentes que sería un error formar más gente para el mercado. Y mire que estamos hablando de áreas tecnológicas. El Centro de Informática de la UFPE dispone de 270 vacantes para alumnos. ¿Esto significa que todos se formarán para desempeñarse como docentes o investigadores? Gran parte de ellos opta por trabajar con problemas prácticos en empresas.

Se debe abordar el desarrollo tecnológico de una manera crítica, en todas sus dimensiones filosóficas y regulatorias

¿Cómo puede dimensionarse la importancia de Porto Digital para la economía?
Allí tenemos desarrolladoras de algoritmos para logística, salud, finanzas, localización. Hay gente que crea tecnologías digitales para la movilidad urbana, seguridad informática, big data. En otras palabras, no es un clúster con un propósito específico. El centro de innovación de Fiat Chrysler en Porto Digital, por ejemplo, elabora distintos software de control para automóviles, que son programas por medio de los cuales funcionan las partes del motor del coche. No es de extrañar que en Recife haya carreras de especialización en este tipo de tecnologías. En los últimos años también han aparecido carreras de grado y especializaciones en juegos y marketing digital. Surgen nuevas demandas en el mercado y eso estimula la creación de carreras específicas. La primera maestría profesional en computación del país se creó en Porto Digital, en 2006, y primer doctorado profesional en ingeniería de software también funciona allí. Estas especializaciones forman parte de la oferta del Cesar, que instituyó, dentro de Porto Digital, la Cesar School, con carreras de grado y de posgrado en ciencia de la computación, ingeniería de software y diseño.

¿La clase política comprende la importancia del proyecto?
En Pernambuco, los políticos de todos los partidos entienden el papel de Porto Digital para la economía del estado. Resulta imposible hablar de la  política económica del estado sin mencionarlo. Es responsable de generar puestos de trabajo, ingresos e impuestos. Son alrededor de 11.500 empleos, con un promedio salarial cuatro veces superior al del área metropolitana de Recife. Además, es una economía limpia y recupera una región que se hallaba históricamente degradada. En los últimos ocho años, merced a la demanda de capital humano calificado de Porto Digital, el gobierno local instaló laboratorios de informática y robótica en todas las escuelas de la red municipal.

¿La pandemia afectó a Porto Digital?
La inmensa mayoría de las empresas ligadas al proyecto desarrolla software. Por eso, los empleados continuaron trabajando con normalidad, solo que desde sus hogares. Los desarrolladores de software están habituados a trabajar a distancia, porque los procesos de elaboración de sistemas de información –especialmente aquellos asociados a plataformas globales– están repartidos y descentralizados. Por desgracia, los efectos de la pandemia afectan más a los prestadores de servicios que dependen de la circulación de gente en Porto Digital, tales como los bares y restaurantes. Se estima que el 50 % de los restaurantes de los alrededores de Porto Digital cerraron sus puertas y no volverán a abrir luego de la pandemia.

Usted eligió la docencia ni bien comenzó su carrera. ¿Qué fue lo que lo atrajo de esta actividad?
Para mí, lo más placentero de ser docente no es enseñar, sino aprender. Como docente, descubrí que lo que me fascinaba era tomar un problema que no sabía resolver e intentar aprender sobre eso. La mejor forma de aprender es enseñando. Solo sé algo cuando logro explicárselo a alguien. Ese fue un hallazgo clave, porque en cierta forma me incitó a interesarme por problemas ajenos a mi área y a la universidad. He dejado de ser un experto en ingeniería de software, un campo en el que me desempeñé como docente desde 1995. En el fondo, lo admito, soy disperso.

¿En qué sentido?
Tengo varios intereses simultáneos. Para poder con todo, necesito trabajar con mucha gente. Me gusta participar en grupos diferentes, y esto ha determinado mi vida. Soy docente especial en la Cesar School y trabajo como consultor. Formo parte del consejo de varias compañías e instituciones, tales como Porto Digital, MRV, Magazine Luíza y CI&T. Son sitios que tienen problemas interesantes. He descubierto que puedo brindar mi aporte para la solución de esos desafíos sin ser necesariamente la persona que los resolverá en la práctica. El único lugar al cual le dedico tiempo para la solución de problemas concretos es The Digital Strategy Company, una pequeña firma que ayudé a fundar en el Cesar, centrada en la adaptación, evolución y transformación digital de empresas de todos los tamaños. Nuestros clientes van desde startups a entidades gigantescas como la CNI [la Confederación Nacional de la Industria].

¿Cómo ayuda a las empresas siendo integrante de sus consejos consultores?
Me interesa enfrentarme a retos complejos o prever problemas que aún no se han planteado en la empresa. En el proceso de creación de Porto Digital, acabé relacionándome con cientos de empresas. Eso me llevó a interactuar con una amplia red de emprendedores y a tomar contacto con los desafíos reales del mercado. Mi preocupación, al dirigir a alumnos o aconsejar a empresas, es el impacto de la innovación y la mejora del desempeño.

¿Se trata de ayudar a las empresas en la digitalización de los procesos, en el marco de lo que se denomina  industria 4.0?
No exactamente. Hay una diferencia sustancial entre la digitalización y la transformación. La primera implica tomar el proceso tal como es y ponerle una cubierta digital, que automatiza la industria. En tanto, una transformación es observar el proceso industrial o empresarial, comprobar si es compatible con el entorno digital y si la forma de ejecución es digital. De no serlo, uno transforma ese proceso adaptándolo al universo digital. Cuando se observa el mundo digital, hay que tener una nueva mirada. Si uno ya dispone de estructuras competitivas para el marco digital, pero procedentes del entorno analógico –algo que es raro y requiere adaptaciones–, entonces se pueden aprovechar esas estructuras en el proceso de transformación. Normalmente, gran parte de las cosas hay que crearlas desde cero.

¿Cómo analiza la implementación de la industria 4.0 en Brasil?
Muchos empresarios están hablando de digitalizar sus fábricas, pero no advierten que la industria 4.0 no es eso, sino que es la digitalización de la industria 3.0. Una industria 4.0 alude, por ejemplo, al desarrollo de un motor que conserva la comunicación con el fabricante, y el proceso de mantenimiento se realiza a partir de la fábrica. Esencialmente, la industria 4.0 no es un proceso de dentro hacia fuera de la fábrica, en el que los productos se transforman en servicios. Es algo que va mucho más allá de la mera robotización de la línea de producción. Por sí sola, la robotización de los procesos fabriles no define a la industria 4.0, sino a la capacidad de conectar objetos y realizar análisis en tiempo real. En Brasil, el problema reside en que en los últimos 50 años no se han modificado las agujas de la productividad de los servicios, lo que ha mantenido a la industria aislada, como industria “pura”, sin sumarle servicios. Pero al menos ha mejorado mucho el rendimiento del sector agrícola, saliendo de una agricultura familiar en la que se recolectaba el algodón en forma manual e imponiéndose una práctica basada en el uso de cosechadoras modernas, que incluso procesan el algodón en el campo.

¿Qué le falta al país?
No hay una estrategia. Hemos pasado más de una década sin ninguna. El país está perdido desde el punto de vista de las políticas industriales, de la ciencia, la tecnología, la innovación y los emprendimientos. No vislumbro un rumbo. No hay señales de estrategias para la innovación durante los próximos dos, cinco o diez años. Resulta absurdo ver a Brasil sumirse en una guerra comercial que no le concierne. Me refiero a las disputas entre Estados Unidos y China en torno a la tecnología 5G. De repente, pasamos a tener problemas que no teníamos, problemas de diferencias científicas y tecnológicas con China.

¿Eso qué significa?
No hay ninguna expectativa de que vayamos a disponer de una plataforma 5G propia. No hemos invertido en eso. En los últimos años, mientras que los países nórdicos y China trabajan en el desarrollo de estándares y sistemas de software  y plataformas para las aplicaciones 5G, Estados Unidos no ha invertido nada en eso. Optaron por crear aplicaciones tales como Facebook, Snapchat y WhatsApp, dejando en segundo plano las inversiones en infraestructura de las próximas generaciones de la conectividad digital. El gobierno brasileño debería promover la articulación de las políticas públicas, científicas y tecnológicas.

¿Debería movilizarse la iniciativa privada para pensar el país a largo plazo?
Ninguna empresa piensa el país a largo plazo. Los que lo hacen son los estamentos más altos, el poder constituido. Toda la revolución de la electrónica en Estados Unidos es un esfuerzo de la Darpa [la Agencia de Investigación Avanzada de Defensa]. En Inglaterra, el sostén de la investigación farmacológica y de la química avanzada lo constituyen los proyectos del Estado. ¿Cómo ocurrió esto? Entre las estrategias se incluye el fomento de la interacción entre universidades y empresas, para lograr un impacto directo sobre el PIB [el Producto Interno Bruto]. Pero esto lleva tiempo y precisamente por eso debe ser una política de Estado. La iniciativa privada no piensa el Estado. Ninguna empresa ha marcado el rumbo de una nación.

En ese sentido son importantes los encargos tecnológicos realizados por el Estado.
Exactamente. Ese es un instrumento escasamente utilizado en Brasil. En Estados Unidos, los pedidos de productos y soluciones tecnológicas son una constante desde hace décadas. La empresa aeroespacial SpaceX, propiedad del multimillonario Elon Musk, no solo funcionó por méritos propios. Él firmó un contrato por 480 millones de dólares con la agencia espacial, la Nasa. Cuando nos detenemos a ver a los países que han hecho cosas admirables, como crear capacidad tecnológica competitiva, notamos que ellos se plantearon metas que, a veces, han perseguido durante décadas.

¿Cuáles son los riesgos de encarar a la tecnología con excesivo entusiasmo?
Es necesario realizar un abordaje crítico del desarrollo tecnológico, que contemple todas sus dimensiones filosóficas y regulatorias. ¿Deberíamos permitir cualquier publicidad en Facebook, incluso aquellas que promueven, a veces en forma subliminal, comportamientos nazifascistas? ¿O permitir mentiras explícitas en las propagandas políticas? ¿Habría que responsabilizar al intermediario? La tesis que condujo al auge de las redes sociales es la siguiente: los intermediarios, como en el caso de Facebook, no tienen responsabilidad. Es como si el medio social fuera solamente un cable de teléfono que transmite informaciones. Pero Facebook no es tan solo un transmisor, sino que es prácticamente una estación de información global e incluso realiza intervenciones editoriales. Debería estar sujeto a regulación.

Hay algunos que trazan paralelos entre los genes y los códigos de los programas computacionales. ¿Está de acuerdo con eso?
Sí. El gran problema de la genética es que quien posee esos conocimientos no siempre está pensando en sus consecuencias. Se trata de un espacio regulatorio que merece que se le preste atención. Para minimizar los riesgos se necesita incluir al factor social en el debate. Por ejemplo, permitirles llevar a cabo manipulaciones genéticas solo a los individuos calificados que hayan superado determinadas pruebas. Al mismo tiempo, no creo que deba impedirse la innovación. ¿Cómo se hace entonces para regularlas? Es todo un dilema: conceder libertad para que las investigaciones generen resultados potencialmente beneficiosos para la sociedad y, simultáneamente, evitar que la innovación genere las condiciones como para realizar actividades deliberadamente delictivas o sin atenerse a principios éticos y morales. Uno puede escribir un código para robar datos personales y pedir bitcoines como rescate, o bien, crear un algoritmo para analizar imágenes del pulmón y detectar el cáncer por medio de la inteligencia artificial. El principio tecnológico de programación es el mismo; lo que cambia es la educación ética y los valores de quien emplea la tecnología.

Para pensar en temas tales como la bioética se requiere mucha investigación en ciencias humanas.
Sin duda. El físico inglés Charles Percy Snow [1905-1980] sostenía que estábamos perdiendo la capacidad de descifrar el mundo y comprender el contexto en el cual la ciencia y la tecnología se estaban utilizando. Pienso que la tecnología es siempre una posibilidad: si es posible hacerlo, la humanidad lo hace, aunque no haya una base científica que lo avale. Pero hay que pensar cómo funciona determinada tecnología y cuáles son sus consecuencias para toda la sociedad. Lo mismo debe hacerse en lo que respecta a la ciencia básica. Si en un futuro se descubriera un planeta con vida, inmediatamente tendremos que comenzar a reflexionar sobre nuestro mundo, incluso desde el punto de vista religioso. Esta reflexión sobre la naturaleza humana es fundamental. No se puede relegar a las ciencias humanas a un mero rol secundario, como si ellas tuvieran que lidiar con las sobras de la inversión total en la ciencia. Es necesario financiar grandes estudios en las ciencias humanas.

¿Faltan estudios capaces de reflejar la actualidad brasileña de manera interdisciplinaria?
Así es. En el pasado, esa capacidad de proyectar el país surgió, por ejemplo, en referentes tales como Celso Furtado [1920-2004], Sérgio Buarque de Holanda [1902-1982] y Gilberto Freyre [1900-1987]. Sin embargo, hoy en día, la necesidad pasa por articular abordajes verdaderamente interdisciplinarios. Esto no significa que el ser humano individual deba ser interdisciplinario. Los que deben ser interdisciplinarios y multidisciplinarios son los equipos integrados por varias personas que dominan conocimientos específicos.

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