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CARTA DE LA EDITORA | 355

Latinoamericana y vulnerable

La inmigración ha cambiado de semblante en Brasil. El flujo decreciente que se venía observando desde 1960, en el que predominaba el ingreso de europeos, se ha invertido en lo que va de este siglo. De 2010 a 2022, la cantidad de inmigrantes se incrementó en un 70 %, y los latinoamericanos pasaron a ser el mayor contingente. De acuerdo con los datos del último censo nacional, los extranjeros y los naturalizados residentes en el país sumaban 1 millón de personas, lo que representa poco menos del 0,5 % de la población total.

Otra nueva característica es el aumento de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado: entre 2015 y 2024 se registraron 454.000 peticiones, de las que se concedió el 33 %. Mientras que en el norte global lo habitual es retener a estos solicitantes en centros de detención, Brasil les concede a los mismos el derecho a circular por su territorio mientras se analizan sus pedidos, lo que puede llegar a tardar dos años. La documentación provisional le permite al solicitante trabajar bajo un régimen de contrato formal, acceder al Sistema Único de Salud (SUS) e inscribir a sus hijos en la escuela.

No obstante, la hospitalidad legislativa no resuelve la situación de vulnerabilidad extrema en la que viven casi la mitad de estos inmigrantes. La editora asistente de Humanidades, Christina Queiroz, leyó artículos, analizó datos y entrevistó a investigadores y personas que trabajan en los movimientos sociales y en los centros de acogida. El resultado de esta labor, que incluye imágenes captadas por el fotógrafo Léo Ramos Chaves, constituye el reportaje estampado en la portada de esta edición, un tema que me interesa y que me resulta familiar como hija de inmigrante y hermana de emigrante.

La Ley nº 9.474, promulgada en 1997, implementó en el país la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados, de 1951. Aquel año, en plena Guerra Fría, arribó a Brasil el físico estadounidense David Bohm, quien habría sido un fuerte candidato a ese estatus, otorgado a ciudadanos de otros países que sufren persecución por motivos de índole racial o religiosa, de nacionalidad, de grupo social o de opciones políticas, además de ser víctimas de violaciones graves y generalizadas de los derechos humanos. Alumno de Oppenheimer y colega de Einstein en la Universidad de Princeton, fue perseguido por el macartismo por sus vínculos con el Partido Comunista. Poco después de desembarcar en São Paulo para asumir una cátedra en la Universidad de São Paulo (USP), el consulado de Estados Unidos le retuvo su pasaporte y solamente pudo salir del país en 1954, tras haber obtenido la ciudadanía brasileña.

Cuando cursaba la carrera de Ciencias Sociales, fui alumna de Maria Hermínia Tavares de Almeida. Cierto día, ella nos contó que se identificaba con el historiador estadounidense John Gaddis, experto en la Guerra Fría. Docente de Yale, Gaddis había escrito que debía recordar constantemente que, para sus alumnos, ese período histórico era tan lejano como la Guerra del Peloponeso, en el siglo V a. C. Quizá sea hora de jubilarme, culminó diciendo. Han pasado muchos años y la politóloga sigue en actividad, tal como lo muestra la entrevista que le concedió a nuestra editora de Humanidades, Ana Paula Orlandi.

¿Ha oído hablar de los ríos caníbales? Entonces, y para terminar, un reportaje que ilustra lo interesante que puede llegar a ser la ciencia. En el proceso de captura fluvial, los ríos agresores incorporan a los ríos víctimas en una lenta progresión, que conduce a la disminución del caudal o directamente a la desaparición de los canibalizados. Los resultados no son mera curiosidad: las alteraciones de los cauces de los ríos pueden tener repercusiones políticas, que llegan hasta la redefinición de límites, y económicas, al afectar la irrigación del suelo y la vegetación, con consecuencias para la ocupación humana. El editor de Ciencias de la Tierra, Carlos Fioravanti, nos narra esta historia.

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