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Tapa

Los venenos de la selva

Expertos de Pará y de São Paulo investigan conjuntamente toxinas de animales de la Amazonia

INSTITUTO BUTANTAN/ANTONIO COR DA COSTAResidente de la Amazonia: serpiente de cascabel (Crotalus durissus)INSTITUTO BUTANTAN/ANTONIO COR DA COSTA

desde Santarém y Belterra

En diciembre pasado, Hipócrates Chalkidis comenzó a ir a menudo a la Selva Nacional del Tapajós, cerca de la ciudad de Santarém, en el estado norteño de Pará, a orillas del río Tapajós, uno de los más anchos afluentes del Amazonas. Chalkidis y un grupo de estudiantes de biología de Faculdades Integradas do Tapajós (FIT) enterrarán decenas de baldes para juntar serpientes durante un año y medio. Los escorpiones y las arañas que caigan en las trampas no servirán únicamente para ampliar el conocimiento sobre la riqueza biológica de la región. Denise Cândido, bióloga del Instituto Butantan, le entregó en diciembre a Chalkidis un aparato portátil de extracción de venenos construido por estudiantes de ingeniería eléctrica y docentes de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP). Los venenos alimentarán las investigaciones de nuevas toxinas, en una de las vertientes de un amplio programa de trabajo que desde hace cuatro años ha acercado a especialistas del instituto paulista y de centros científicos y médicos de Pará.

Con algo de suerte, Chalkidis y su equipo reunirán varios ejemplares del escorpión negro de Pará, el Tityus obscurus. Todo negro, de hasta nueve centímetros de longitud, causa la mayoría de los 1.300 casos anuales notificados de picaduras de escorpiones en la región norte del país. Con más animales a mano, el equipo del Butantan podrá trabajar más rápido para resolver algo que todavía es un misterio: el suero del instituto paulista, elaborado contra el veneno del Tityus serrulatus, parece que no es capaz de neutralizar los efectos del veneno del escorpión negro de Santarém sobre el sistema nervioso, aunque sí es eficaz contra la acción neurotóxica del escorpión negro de Belém, capital de Pará. “Pueden ser especies distintas, aunque sean morfológicamente idénticas”, afirma el biólogo del Butantan Antonio Brescovit. En la Universidad Federal de Pará (UFPA), en Belém, Pedro Pardal estudia la genética de los escorpiones para saber qué es lo que efectivamente lo  distingue.

Aptitudes dispersas
Pardal ya había demostrado en un artículo publicado en 2003 en la Revista da Sociedade Brasileira de Medicina Tropical que los accidentes ocasionados por picaduras de escorpiones reunían características únicas en Santarém, con  síntomas predominantemente neurológicos – probablemente porque, de acuerdo con los estudios de Lourival Possani, investigador brasileño que trabaja en México, una de las alrededor de 60 toxinas del veneno, la Tc1, es  muy pequeña, y por esta razón podría atravesar las barreras que protegen el cerebro. Las picaduras del escorpión negro causan intensas contracciones musculares – o espasmos –, además de dificultades para hablar, taquicardia e hipertensión arterial. En el hospital municipal de Santarém, la médica Mariana Quiroga y el médico Paulo Abati verificaron que el diazepam, utilizado para aplacar la ansiedad y las convulsiones, puede ayudar a controlar los espasmos de las personas picadas por escorpiones negros. “Fue la única manera que encontramos”, dice, argumentando que los espasmos causados por la picadura del escorpión negro se asemejaban en sus síntomas neurológicos a los ocasionados por cuadros graves de tétanos, que pueden tratarse con diazepam.

El equipo que reúne a los más experimentados investigadores de Butantan se encuentra identificando, reuniendo y movilizando a especialistas antes dispersos en los centros de investigación de Pará, como Chalkidis, Pardal y Mariana. O como Rosa Mourão, que está al frente de un grupo de la UFPA en Santarém que halló compuestos químicos capaces de detener la hemorragia causada por venenos de serpientes en extractos de 18 plantas de la región que los habitantes usan normalmente. “Los lugareños toman un jarabe de plantas antiofídicas antes de internarse en el monte”, dice. “O aplican la planta macerada sobre la picadura para calmar el dolor o mitigar la inflamación”. Según ella, los extractos vegetales pueden contener inhibidores de enzimas tales como las fosfolipasas y proteasas, que si fueran debidamente investigados, podrían servir de base para nuevas drogas antiofídicas o contra otras enfermedades caracterizadas por procesos inflamatorios intensos, como la artritis.

“No tendría sentido hacer cosas en paralelo, sin aprovechar las aptitudes locales”, comentó Otávio Mercadante, director del instituto paulista, al abrir el cuarto encuentro anual que expuso los avances y los planes de los equipos de ambos estados en un auditorio de Faculdades Integradas do Tapajós, a finales de octubre. “El Butantan nunca reemplazará o competirá con las instituciones locales. Nuestro trabajo será complementario”. Desde que comenzó a visitar Pará en busca de espacios favorables a la investigación, Mercadante se alió a cuatro universidades (la estadual, la federal, FIT e Instituto Esperança de Ensino Superior, Iespes), el Museo Paraense Emilio Goeldi, de Belém, y una organización social: el Proyecto Salud y Alegría (PSA), que atiende a las comunidades ribereñas.

Resistencia mitigada
“Ésta es nuestra gran oportunidad para aprender”, sostuvo Mercadante, quien consiguió también el apoyo de alcaldías, de la gobernación, de las fundaciones de financiamiento de la investigación de Pará y de São Paulo y de los ministerios de Educación y de Ciencia y Tecnología para llevar adelante investigaciones en tres vertientes: biodiversidad amazónica, acción de toxinas de animales e historia de la salud en la región. Complementariamente, se lleva a cabo un trabajo con médicos y agentes de salud locales sobre tratamientos de accidentes con animales venenosos. Enseguida se dio cuenta de que tendría que andar con cuidado. “No podemos llegar a las comunidades sin la mediación de la cultura local, bajo riesgo que nos vean como invasores”. Las colaboraciones mitigan los temores de resistencia contra los  paulistas. “Se hacen miles de tesis sobre los saberes y sabores de la región y después nunca vuelven”, recordó Magnólio de Oliveira, vicecoordinador del PSA, “pero ahora contamos con un buen equipo, con ganas de ganar”.

CARLOS FIORAVANTIBelterra: bosque, casas de madera y herencia del FordCARLOS FIORAVANTI

Durante tres días, 80 estudiantes y profesionales de medicina y enfermería participaron en un curso sobre accidentes ocasionados por animales ponzoñosos tales como serpientes, arañas, escorpiones, orugas y rayas. En Santarém, 37 estudiantes y biólogos asistieron a otro curso sobre diversidad de animales ponzoñosos de la Amazonia, que incluyó actividades prácticas en la ciudad vecina de Belterra. Giuseppe Puorto, investigador y director del Museo Biológico del Butantan, estuvo al frente de charlas para docentes, estudiantes, agentes de salud, líderes comunitarios y bomberos de Santarém. Con el equipo y el barco Abaré, del Proyecto Salud y Alegría, visitó comunidades ribereñas del río Tapajós y conversaba relajadamente mientras sacaba animales embalsamados de la mochila. Oía relatos de accidentes con animales venenosos y aun respetando los  tratamientos caseros, les recomendaba a los habitantes que nunca atasen ni cortasen las heridas causadas por las picaduras. El equipo del Butantan elaboró y distribuyó un pequeño libro sobre animales venenosos, pero queda mucho por hacerse.

Hace tiempo que el Butantan está en contacto con animales de la Selva Amazónica. Esta región estuvo aislada de las otras regiones hasta comienzos del siglo XX, debido a las dificultades de comunicación y transporte. De cualquier modo, de acuerdo con un estudio de Maria de Fátima Furtado y Myriam Calleffo, publicado en Cadernos de História da Ciência, Emília Snethlage, entonces directora del Museo Goeldi, envió en 1914 una colección de serpientes de Pará al Butantan para su identificación y custodia. El envío de animales no paró más, y actualmente el instituto paulista reúne 6.625 ejemplares de 213 localidades de la región amazónica. En 1924, Vital Brazil Mineiro da Campanha, el primer director, que en ese entonces reasumía la dirección del instituto, contrató al médico Jean Vellard para ayudar en la identificación de arañas venenosas. Vellard trabajó con Vital Brazil en el suero contra el veneno de la araña lobo, la Lycosa raptoria, estudió la toxicidad de otras arañas, identificó especies nuevas e hizo muchas expediciones para recolectar animales en la región.

Más recientemente, hace alrededor de 20 años, Brescovit recorrió los montes de la región, también en busca de arañas amazónicas, en una época en que as alteraciones ambientales eran todavía pocas en la región. El viaje de Belém a Santarém solamente podía hacerse en barco y tardaba una semana (hoy en día puede hacerse en menos de dos horas en avión). La médica Fan Hui Wen, junto a otros médicos, visita desde hace 10 años comunidades ribereñas alejadas para mostrar cómo evitar y tratar picaduras de animales venenosos sin hacer torniquetes, lo que puede agravar la herida y es un método bastante usado en la región. Mariana Quiroga comenta que hace poco tiempo trató a un hombre que llegó al hospital con un torniquete hecho con la serpiente que lo había picado.

Ahora el Butantan pone de relieve las acciones conjuntas. “Queremos que el estudio de estos venenos redunde en la formación de investigadores de Santarém que después vuelvan para actuar en la región”, dijo Ana Moura, investigadora del Butantan y docente de la carrera de posgrado en recursos naturales de la Amazonia de la UFPA en Santarém. Hasta ahora vinieron dos, José Pedro Marinho de Souza y Andria de Paula Santos da Silva, ambos recién egresados de FIT, quienes al cabo de un año en el Butantan de São Paulo, volvieron a Santarém para juntar animales y regresarán en marzo para concluir la carrera de especialización en el instituto paulista. “Hay mucha gente brillante por ahí, pero es  muy caro salir de Pará”, comenta Marta Fernandes, bióloga recién egresada que hizo un seguimiento durante un año de las personas picadas por escorpiones atendidas en el hospital municipal de Santarém. “Me sentía como en un hospital de guerra”, comenta. Marta salía en bicicleta a buscar a las personas y a los animales. Y reconstituyó en detalle 45 accidentes. “Hacer investigación acá es pura pasión”.

Ana Moura está integrando los equipos paraenses con los otros del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Toxinas (INCTTox), con sede en el Butantan. “El trabajo colaborativo entre los equipos puede facilitar la investigación de medicamentos a base de toxinas animales y plantas, aprovechando las  inversiones realizadas en edificaciones y equipos”, dice. “Para que las colaboraciones avancen”, dice Osvaldo Augusto Sant’Anna, coordinador del INCT, “es fundamental que los investigadores de Pará conozcan la manera de hacer ciencia en São Paulo. El INCT pretende generar conocimiento en conjunto, no solamente transferir saber técnico”.

INSTITUTO BUTANTAN/GIUSEPPE PUORTONiños de la Amazonía: en una playa del TapajósINSTITUTO BUTANTAN/GIUSEPPE PUORTO

Los paulistas están siendo bien recibidos. “El conocimiento del Butantan llega con  el propósito de empoderar [fortalecer] a las personas”, afirmó Geraldo Pastana de Oliveira, alcalde de Belterra, una localidad de 12 mil habitantes ubicada a 48 km de Santarém, la ciudad más cercana, de casi 300 mil habitantes. El porte de cada ciudad no es el único contraste. Santarém se mueve continuamente alrededor del puerto, uno de los principales del norte del país, y de la rambla a orillas de un río que se pierde de vista, el Tapajós, cuyas aguas azul verdoso se mezclan allí con las aguas barrosas del Amazonas. Belterra es menos explícita. Quien llega al comenzar la tarde tiene la impresión de que arribó a una ciudad abandonada, con  casas de madera que parecen sacadas de las películas de comienzos del siglo pasado. No hay nadie a la vista. Obvio: todos duermen para huir del calor intenso, húmedo, amazónico.

Ahora sale poca polvareda de las calles principales, largas y rectas, asfaltadas hace pocos años, aún bordeadas por tomas de agua hidrantes, otra señal de la peculiar historia de esta ciudad. Belterra fue una de las ciudades creadas en el siglo pasado por el empresario estadounidense Henry Ford para producir goma natural extraída de la siringa (lea en Pesquisa FAPESP nº158, de abril de 2009). La otra fue Fordlândia, a 130 kilómetros de distancia, cuyas plantaciones con casi dos millones de siringas enseguida desaparecieron a causa de una inesperada enfermedad. Los 3,2 millones de ejemplares de siringa de Belterra tuvieron mejor suerte: crecieron en un suelo más fértil y sobrevivieron a la plaga. Durante décadas, la ciudad produjo mucho caucho, en una rutina interrumpida a veces por incendios, por eso hay hidrantes por todas partes.

Chardival Moura Pantoja nació en Belterra hace 70 años, creció en las “guarderías de Henry Ford”, como él dice, estudió en las escuelas  construidas por Henry Ford y trabajó en las plantaciones de siringa y en la producción de goma natural. Vivió los tiempos de prosperidad, cuando los habitantes más ricos iban al campo de golf y los más sencillos al cine. Enseguida después de la Segunda Guerra Mundial comenzó la debacle, causada por la emergencia del caucho sintético, más barato que el natural, y por el abandono de las plantaciones. El hospital de la ciudad, que antes atendía a toda la región, se incendió y nunca se recuperó completamente.

Otra mirada
Pantoja fue empleado público federal a finales de los años 1970, durante los  tiempos más difíciles. Salió y vivió algunos años en otros estados. Prefirió volver y durante 10 años lideró la batalla por la emancipación del municipio, lograda en 1997. “No queríamos quedar subordinados a Santarém”, argumenta. Ahora él y los  otros pobladores, que al atardecer se sientan para conversar en los bancos ubicados delante de las casas, ven con satisfacción los movimientos del equipo del Butantan, aparentemente ávidos por participar de otra aventura grandiosa. “Desde el comienzo [los investigadores del Butantan] me consultaron y tuvieron la consideración de ponerme al tanto de lo que están haciendo”, informó Pantoja. “Están intentando integrarse a la sociedad y ayudarnos a resolver nuestros problemas”. El Butantan instalará en Belterra – en un terreno de 64 hectáreas aún completamente tomado por el monte – su base avanzada de investigaciones en la Amazonia. “Mi sueño es  tener allí también un laboratorio de ciencias destinado a atender a los estudiantes y a los profesores de la red básica de enseñanza”, dice Mercadante. “Es perfectamente factible.”

Un equipo multidisciplinario que incluye a la médica Fan Hui Wen reconstruye la historia de la salud en Belterra. En colaboración con Maria Amélia Mascarenhas Dantes, de la Universidad de São Paulo (USP), el grupo ha grabado y filmado largas charlas con personas como Pantoja, que ayudaron a erigir la ciudad. Habitantes como Edineusa Medeiros Alves, dueña de una farmacia, también conocida como Neusa, y Arlison José Santos Reis,  apodado Lica, propietario de una hostería, le dicen a Hui doctora, como si doctora fuese un sinónimo más simple de su nombre. Ella trata a todos respetuosamente, como si ellos fuesen los doctores y poseedores de un vasto currículum académico. Lo que realmente importa es pasar por la mirada de rayos X de los habitantes, aceptar los silencios en las charlas y mostrar capacidad de escuchar. “Algunos animales que son peligrosos para nosotros no lo son para ellos. La boa, dicen, normalmente no es  venenosa; por alguna razón, dicen, solamente es venenosa en agosto”, dice Hui. “Tenemos que tener otra mirada.”

A veces, para tratar picaduras de raya, los habitantes echan agua caliente o bocanadas de humo. “Tiene su sentido”, atestigua Francisco Siqueira França, médico del Butantan, “porque el veneno es sensible a las altas temperaturas”. La mayoría de los paraenses toma remedios caseros a base de plantas para evitar o tratar picaduras de serpientes. Magnólio, que suele visitar los pueblos ribereños en los barcos del Proyecto Salud y Alegría, comenta que ya ha listado alrededor de 200 remedios caseros. Uno de éstos, llamado Pau-X, es especial. Ana Moura verificó que ese té de raíces inhibe las hemorraginas, enzimas del veneno de serpientes que causan hemorragias, y esos inhibidores podrían tener otras aplicaciones médicas. El problema es que la formulación del Pau-X es secreta y pasa por una tradición religiosa mantenida por chamanes de la región. “¿Quién soy yo, una bioquímica, ante un chamán?”, se cuestiona, delante de un impasse todavía sin salida.

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