Cuando cursaba la enseñanza media, Regina Helena Ferraz Macedo pasaba las clases dibujando. A su profesor de biología esto no le agradaba y le puso una baja calificación al final del año, por lo que él suponía que era falta de atención. Ella siempre tuvo un pie puesto en el arte y otro en la biología. Estudió artes plásticas en Estados Unidos, regresó e ingresó a la carrera de biología en la Universidad de Brasilia (UnB).
Posteriormente, como investigadora y docente en la misma institución, se dedicó al estudio de la conducta de las aves tales como el pirincho (Guira guira), el semillero volatinero o saltapalito (Volatinia jacarina), la bandurria común (Theristicus caudatus), el colibrí (varias especies), la urraca de cresta rizada (Cyanocorax cristatellus), el guacamayo azul y amarillo (Ara ararauna), y el carpintero campestre (Colaptes campestris). Sus investigaciones han ayudado a demostrar que las aves de las regiones tropicales como Brasil no tienen los mismos hábitos reproductivos que las del hemisferio norte, sujetas a inviernos rigurosos.
El año pasado, tras jubilarse de su cargo en la UnB, la ornitóloga decidió asumir su faceta artística y volvió a pintar. Paulistana, de 66 años, vive con su marido en una amplia casa con jardín en el barrio de Park Way, cerca del aeropuerto de Brasilia. Sus dos hijas, Natasha y Chantal, a veces le sirven de modelo para sus pinturas.
Comportamiento de las aves
Institución
Universidad de Brasilia (UnB)
Estudios
Licenciada en liberal arts por el Pine Manor College, en EE. UU. (1979), y en biología por la Universidad de Brasilia (1983), con maestría en educación por el Lesley University College of Art and Design (1984), y maestría (1986) y doctorado (1991) en zoología por la Universidad de Oklahoma [EE. UU.]
Ha estudiado muchas especies de aves. ¿Qué es lo que más le impresionó?
Tuve alumnos trabajando con muchas especies, pero lo que más disfruté fue cuando tuve una participación más directa, yendo al campo a realizar investigaciones. El trabajo sobre el pirincho fue mi tesis doctoral, y ese estudio continuó luego durante más de 10 años. Más que nada se centró en la interfaz entre la competencia y la cooperación, que constituye la esfera más amplia de la conducta, esta cuestión sobre cómo la competencia se inserta en un contexto cooperativo. El semillero volatinero comenzó como un pequeño proyecto que elegí porque era más fácil para una alumna de maestría que tenía miedo de trepar a los árboles. Estas aves realizan una exhibición o puesta en escena fantástica, acrobática, todo un interrogante en materia de selección sexual, un tema que yo aún no había explorado y me parecía muy interesante. Me entusiasmé y empecé a indagar en el campo de la selección sexual, inicialmente con esta especie. Se trata de dos grandes áreas bien delimitadas, la evolución de la cooperación y la selección sexual. Al cabo, las dos especies mencionadas, el pirincho y el semillero volatinero, acabaron siendo las dos líneas principales de mi trabajo.
¿La competencia y la cooperación no son fuerzas opuestas?
Lo son, pero en cualquier sociedad deben encontrar un equilibrio. Nunca podrá eliminarse por completo la competencia ni tener una cooperación absolutamente pura. Lo que a mí me interesaba era esa interfaz. El pirincho vive en grupos de hasta 13 adultos. Las parejas no siempre son monógamas y dentro del grupo hay varias hembras reproductivas. Tanto los machos como las hembras compiten por el espacio del nido. Las hembras van poniendo los huevos y, a menudo, las que aún no iniciaron la puesta tiran afuera los huevos de las primeras hembras. Además de tirar los huevos, eventualmente también matan a los polluelos cuando nacen. La disputa por el espacio puede llegar a ser extremadamente agresiva.
En algún momento esa matanza se detiene, ¿verdad? De lo contrario la especie se extinguiría.
En efecto, tienen que dejar de arrojar los huevos afuera para que el nido prospere y los polluelos sobrevivientes puedan crecer. Una de las hipótesis que barajaba es que los ejemplares que hacen esto son los que no han conseguido reproducirse en ese intento de anidar. Por lo general, la hembra dominante en la jerarquía es la última en poner sus huevos. Hasta ese momento, arroja afuera cualquier huevo que aparezca en el nido para tener espacio para su propia puesta. Los machos probablemente tiran los huevos y matan a los polluelos si no han copulado, pero en general no tienen manera de saber si los huevos son de ellos o no. Son eventos reproductivos en los que llega un momento en que el grupo entero debe decidir que van a sacar adelante la nidada. La competencia es mayor al inicio de la estación reproductiva, que aquí en el centro de Brasil coincide con el comienzo del período lluvioso, entre agosto y septiembre. Al principio, la jerarquía del grupo aún puede ser muy inestable, pero si el grupo no obtiene crías al final de la estación reproductiva pierde esa ventana de oportunidad: llega la sequía y todo se detiene. El propio clima impone límites a la competencia. También está la cuestión genética del grupo, porque algunos ejemplares son parientes y esto cambia la configuración jerárquica. Han quedado muchas cosas por entender y me gustaría que otras personas continúen con este trabajo.
En todo Brasil pasó mucho tiempo hasta que empezaron a aparecer vacantes para docentes del área del comportamiento animal
¿En qué cooperan los pirinchos?
Tiene que ver con una cuestión de sociabilidad [el instinto social] frente a la depredación. Cuando trepaba a un árbol para observar uno de esos nidos, notaba que siempre había un ejemplar cerca, vigilando mientras los otros se alejaban para alimentarse. El que se quedaba daba gritos de alarma y toda la bandada se congregaba y empezaba a vocalizar con estridencia. Los pirinchos forrajean [buscan alimento] en el suelo, actúan como una manada, van caminando. Uno de los mayores beneficios de la socialización es la protección que brinda contra los depredadores. También existe otro mecanismo, la reproducción cooperativa.
¿Cómo funciona?
Entre los carpinteros campestres, solo se reproduce una pareja y los ayudantes, que vigilan el nido cuando los padres salen, son las crías mayores de esa misma pareja. Esta situación es más común que el sistema de los pirinchos, que solo es el caso de 12 a 15 especies descritas hasta la fecha, sobre más de 9.000 especies de aves. La reproducción cooperativa es más habitual en las regiones tropicales, quizá porque el ambiente es más estable, con inviernos no tan rigurosos. Tuve un alumno que trabajó bastante con el carpintero campestre, Raphael Igor.
¿Qué tan importante es conciliar el trabajo de campo con los abordajes experimentales?
Las investigaciones comienzan siempre con una observación de campo aleatoria y curiosa. Hoy mismo, cuando regresaba a casa, observé en las cercanías del aeropuerto un sitio donde había cientos de teros. Ésa es una oportunidad perfecta para tratar de entender por qué esta especie es cooperativa, por qué están allí. A veces, hay 200 o 300 ejemplares deambulando todo el día por el mismo lugar. En principio, las observaciones de campo son importantes para describir algún fenómeno o plantearse algún tipo de interrogante, o bien para formular alguna hipótesis.
También estudió aves en cautiverio, ¿verdad?
Mantuve un aviario en el campus de la UnB durante 20 años, donde criábamos semilleros volatineros. Es una forma más rápida de responder preguntas, hicimos muchos experimentos interesantes. Observamos que su comportamiento en cautiverio no era exactamente igual al que tenían cuando vivían libres. Estos semilleros saltan sin vocalizar, pero en libertad nunca he visto ninguno que lo haga sin emitir su sonido característico. En el campo, suelen posarse y cantan sin saltar. Sin embargo, en cautiverio era muy habitual que saltaran sin cantar, quizá porque no necesitan llamar la atención, porque no hay depredadores o simplemente no quieren gastar energía.

Luc Viatour / Wikimedia Commons | Dario Sanches / Wikimedia CommonsEl guacamayo azul y amarillo, más común en Brasilia; el semillero volatinero, cuyo canto varía según el lugar (arriba, a la der.), y el pirincho, el destructor de nidosLuc Viatour / Wikimedia Commons | Dario Sanches / Wikimedia Commons
También observaron que el canto de estos semilleros varía según la región en donde viven.
Ésa fue la investigación de maestría de uno de mis últimos alumnos, Edvaldo Silva-Jr. Comenzó cuando me encontraba escuchando el canto de un volatinero de la región del Caribe en los archivos de la Universidad Cornell, en Nueva York. Era diferente al nuestro. Las aves, en general, poseen dialectos, pero cuando se dispersan por un área muy extensa sus vocalizaciones son levemente diferentes en cada lugar. Por ejemplo, si uno introduce en el Caribe uno de estos semilleros del centro-oeste de Brasil para reproducirse, pueden ocurrir dos cosas: que las hembras lo encuentren atractivo o que no lo entiendan. Las diferencias de vocalización son importantes a la hora de planificar la reintroducción en un hábitat de especies en peligro de extinción. Pueden llegar a ser determinantes para su supervivencia e incluso podrían erigirse como uno de los factores que promueven la especiación, es decir, la formación de nuevas especies.
¿La comunicación vocal fue uno de sus principales temas de investigación o solo la abordó en trabajos eventuales?
La bioacústica fue una línea de investigación que introduje en el laboratorio de la UnB cuando no era un tema muy común aquí en Brasil. Pero fue porque un alumno mío, Pedro Diniz, quería estudiar al hornero. Yo no disponía de equipos, pero él tenía un grabador y estaba muy entusiasmado. Realizó grandes avances, hizo un buen doctorado y yo empecé a trabajar en ello. Hice el curso de bioacústica, traje profesionales del extranjero y aprendí a grabar. Otros grupos ya estaban trabajando con la vocalización, pero no directamente relacionada con el comportamiento.
Hizo la maestría con un roedor. ¿Por qué?
Cuando terminé de cursar biología en la UnB, me fui a trabajar como secretaria a la Embajada de Canadá. Ya hacía casi un año que estaba allí cuando un día regresé a la UnB a buscar unos documentos y me encontré con un antiguo profesor, Cleber Alho. Me preguntó si me interesaba una beca para hacer una maestría en Estados Unidos. Le respondí: “Sí, por supuesto. Pero, ¿qué tengo que hacer allá?”. Fui a la Universidad de Oklahoma con un proyecto montado previamente que querían que yo desarrollase sobre taxonomía de roedores. Me la pasé toda la maestría visitando colecciones de museos provista de un calibre [un instrumento para medir espesores y longitudes]. Me pasaba el día entero haciendo eso. Eran 24 mediciones de cada cráneo de una especie de ratoncito, Bolomys Iasirius. Cuando estaba concluyendo la maestría, ya desesperada, pensé: “Esto que estoy haciendo no es biología, no es lo que a mí me gusta”. No sabía exactamente qué era lo que me gustaba, hasta que cursé una asignatura de ornitología con un profesor llamado Douglas Mock, que en sus clases hablaba mucho sobre la conducta. Me encantó: “Es esto, lo he descubierto”. Mis directores de la maestría, Michael Mares, en Oklahoma, y Cleber Alho, en la UnB, creían que me iba a dedicar a la taxonomía, pero en cuanto Michael Mares se fue a un congreso me escapé del museo. Cuando regresó, le pedí mil disculpas y le dije que iba a dedicarme a estudiar la conducta. Ya había cambiado de laboratorio y conseguido otro director: Gary Schnell.
¿Qué ha cambiado desde que comenzó a investigar la conducta animal en la UnB?
Durante los primeros 10 años me sentía como estuviera inmersa en la oscuridad. En todo Brasil pasó mucho tiempo hasta que empezaron a aparecer vacantes para docentes del área de la conducta animal. En cierta ocasión, un alumno se matriculó para hacer una maestría con otra profesora, en el área de genética, pero también quería trabajar con el comportamiento. Hicimos un proyecto en común, con moscas. Cuando este proyecto fue presentado a la comisión de posgrado, una docente de otra área se echó a reír y preguntó: “¿Desde cuándo las moscas se comportan?”. Pensé: “¡Dios mío!, estoy en la Edad Media, retrocedí en el tiempo”. Demoró un poco más hasta que fueron surgiendo otros grupos de investigación en Brasil y el área de la conducta animal se consolidó.
Chocante el comentario de su colega…
Cuando regresé a Brasil vine con un bagaje sobre sociobiología, disciplina que ya estaba difundida y aceptada sin inconvenientes, sobre todo en Estados Unidos [la sociobiología estudia la conducta social de los animales, los humanos inclusive, sobre una base conceptual de psicología, evolución y genética [Véase el obituario de E. O. Wilson en la sección Necrológicas de Pesquisa FAPESP, edición nº 312, y la entrevista a Carlos Brandão, en la edición nº 317]. Cuando comenzaba a impartir una asignatura sobre el comportamiento animal y la selección sexual, siempre les decía a los alumnos que explicar las conductas no es lo mismo que aprobarlas, y esto incluye al comportamiento humano. A veces, hay quienes esgrimen una explicación biológica para una conducta detestable, como el infanticidio, que podemos ver en muchos animales y también en nuestra propia especie. Podemos explicarlo con bases biológicas, lo que no significa que para nosotros sea aceptable. No es correcto realizar una mera extrapolación para los seres humanos de las interpretaciones acerca de cómo la evolución, el ambiente y la fisiología inducen una conducta, y tampoco es un buen mensaje. Estas cuestiones siempre se han prestado a confusión. En 2011, cuando creé una nueva materia titulada Selección Sexual y Reproducción, se inscribieron 130 aspirantes, pero solo había 25 plazas. Les llevó un tiempo entender que no iba a hablar de algo así como el Kamasutra y que se trataba de una asignatura sobre el mundo animal.
También estudió el comportamiento de libélulas, monos e incluso ballenas. ¿Qué hay en común entre animales tan distintos?
Los principios son los mismos. Podemos elaborar las mismas hipótesis para el ser humano, otros mamíferos, reptiles o insectos. Lo que cambia es la biología básica de cada especie y la forma en que se ejercen las presiones. En general, los aspectos que rigen la biología de un organismo son básicamente sobrevivir, hallar alimento y reproducirse. Otro principio en común, la sociabilidad, proporciona protección contra los predadores, pero también genera problemas de competencia, por el alimento y por la pareja sexual. Es un fenómeno universal, tanto entre las lagartijas que andan por allí, en el jardín, como entre las ballenas. No me gustaba indagar en otras especies, pero mis alumnos insistían hasta conseguirlo. Tuve una alumna excepcional, Diana Lunardi, que quería estudiar las ballenas yubartas. Le pregunté: “¿Has visto alguna yubarta aquí en el Cerrado?”. Pero ella sacó a relucir otros temas, como la búsqueda de alimento, la depredación y el apareamiento, y finalmente lo consiguió.
En las selvas tropicales, los animales se reproducen a lo largo de todo el año y la competencia por aparearse no es tan feroz
En 2014, usted y Glauco Machado, biólogo de la Universidad de São Paulo, publicaron el libro Sexual selection – Perspectives and models from the neotropics [Oxford, UK], en el que demostraron que la selección sexual en la región neotropical era diferente a la de las zonas templadas del hemisferio norte. ¿En qué se diferencia?
Aquí en el trópico prácticamente no tenemos estacionalidad. En las regiones templadas, con temporadas de frío extremo, las estaciones reproductivas son mucho más breves, lo que modifica la conducta de los animales. La competencia por la pareja aumenta, por ejemplo. En las selvas tropicales, como es el caso de la Amazonia, la fauna puede reproducirse a lo largo de todo el año y la disputa por la pareja no es tan feroz. El problema que teníamos con Glauco en esa época y que decidimos transformar en un libro era que los científicos estadounidenses y europeos solían considerar que las conclusiones para los animales que ellos estudiaban tenían validez mundial. Se centraban en el estudio de unas pocas especies, a menudo solo en los laboratorios, y pretendían afirmar cómo funcionaba la conducta animal en general. Glauco Machado y yo no estábamos de acuerdo, nos rebelamos y reunimos más gente para rebatir esas ideas. Y así pudimos demostrar que lo que observábamos aquí en Brasil y en otras regiones tropicales no condecía con los resultados obtenidos por estadounidenses y europeos. El problema residía en que a nosotros nos resultaba difícil publicar, porque nuestros resultados no se ajustaban a los modelos que tenían los dictaminadores de las revistas. Yo argumentaba que no se encajaban porque no trabajábamos con pinzones cebra, pájaros que ellos utilizan hasta el hartazgo, o con periquitos australianos, criados por millares en laboratorios de Estados Unidos y Europa. Estamos trabajando con especies tropicales y, en general, de vida silvestre. El libro fue una protesta contra las ideas que no nos servían y, poco a poco, a medida que aumentaba nuestra inserción internacional, los conceptos comenzaron a ampliarse [lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 244].
¿Qué otros conceptos ayudó a modificar?
Participé en el debate sobre los estudios genéticos del parentesco, que fue sumamente importante para entender el comportamiento animal y el de las aves especialmente. Hace unos 40 años, solía afirmarse que las aves eran monógamas, mientras que los mamíferos no lo eran y los peces, a veces sí y otras no. Y es cierto, las aves vivían en pareja, un macho con una hembra, pero en el nido podía pasar de todo. En ocasiones, los polluelos no eran hijos de ese macho. Incluso observamos crías que no eran de la hembra dueña del nido. Desde una óptica evolutiva, este disloque en el nido es algo muy bueno, porque genera diversidad genética. Pudimos constatar que, en muchas especies, la tasa de lo que llamamos cópula o paternidad extraparental era altísima. En mi opinión, este comportamiento está asociado a la depredación, una de las fuerzas más brutales que rigen la selección natural. Entre los semilleros volatineros, un 80 % de las nidadas de un área que estudiamos fue devorado por depredadores. Pero estas aves se reproducen cuatro o cinco veces durante la estación lluviosa. Un macho se aparea con la hembra que está en su nido, pero también con otras de otros nidos. De esta manera, esparce sus genes por un área más grande. Algunos de sus polluelos quizá sobrevivan. La ventaja, en este caso, sería evitar la depredación y dejar algún sobreviviente. Para la especie, la variabilidad genética aumenta, lo que también es bueno.
¿Está interesada en la conducta de las aves que viven en contextos urbanos?
Algunos alumnos han trabajado en ello. Una alumna en particular, Renata Alquezar, hizo un trabajo precioso e importante en su doctorado, al demostrar de qué manera los aeropuertos afectan el canto de las aves que viven en sus alrededores. La contaminación sonora tiene un enorme impacto, no solo sobre las vocalizaciones, sino también en la propia biología del animal y sobre la forma en que las aves se perciben entre sí. Algunas cambian su horario de canto en función del horario en que despegan los aviones. Otras especies modifican un poco la frecuencia de su canto. Cantan en una frecuencia más alta y tratan de amplificar el sonido, ya que así consiguen comunicarse, como cuando estamos en un bar ruidoso y empezamos a hablar cada vez más alto.
Algunas aves cambian su horario de canto en función del horario de los aviones. Otras cambian la frecuencia del canto
Aquí en São Paulo, los zorzales cantan a las 2 de la madrugada.
¿A las 2 a. m.? No es normal. También hemos observado que algunas especies no poseen la flexibilidad necesaria como para vivir en las cercanías de áreas muy urbanizadas y desaparecen. Tan solo quedan las que tienen mayor capacidad de adaptación a la urbanización. El hornero, el chochín ratón, el zorzal y el benteveo son comunes en las zonas urbanas porque se adaptan bien, mientras que otras especies desaparecen. En los años 1970 y 1980 era habitual ver carpinteros campestres y grupos de pirinchos aquí en Brasilia. Hoy en día son rarísimos. Pero han empezado a aparecer guacamayos azules y amarillos a raudales, comunes en la Amazonia. Algo está sucediendo para que hayan venido hasta aquí.
¿Cómo va su vida, a un año de haberse jubilado de la UnB?
Alejarme de la universidad fue una decisión difícil, porque aún tenía un camino por delante y alumnos a quienes dirigir, pero creo que debemos irnos de la fiesta cuando está en su mejor momento. Y también porque siempre había tenido esta pasión por el arte pendiente de desarrollar. Me fui de la universidad pensando en labrarme este nuevo camino y ha sido muy placentero. Sin exigencias, sin estrés. Estoy acostumbrándome a no tener horarios, es algo un poco extraño para mí, porque siempre estaba a las corridas.
¿Cómo es volver a un antiguo sueño?
Mi pasión por la pintura nunca se apagó. Vivo el arte mitad y mitad. Todo el tiempo, incluso cuando estaba en la universidad, mientras conversaba con alguien observaba la luz que incidía en la oreja de esa otra persona y pensaba “¡qué hermoso color!”. Aunque escasamente, mantuve una actividad artística a lo largo de los años. Pintaba cuando tenía tiempo y, de vez en cuando, exponía. Así que no ha sido redescubrirlo por completo. He vuelto a estudiar y a asistir a cursos, con profesores pintores muy jóvenes, de 30 años… Necesitaba volver nuevamente a ese punto en donde hay alguien que me corrige. Eso también fue una adaptación. Sigo leyendo mucho sobre genética, fisiología y biología en general. Siempre leo un libro más científico y luego dos libros de literatura, me gustan los cuentos que termina bien, para recuperar mi fe en la humanidad. Me gusta pintar retratos. También paisajes, pero esto es algo más fácil. Si pones una rama aquí o allí, no hay nada de malo en el árbol. Pero pintar una persona es un reto muy grande, se necesita precisión para acertar en la expresión, en la mirada.
¿Desde cuándo hace retratos?
Desde que tenía 7 u 8 años. Sentaba a mis hermanas menores frente a mí y les pedía que se queden quietas para poder dibujarlas. Pero ellas se rebelaban, no salía bien. Ahora son mis hijas las que me sirven mucho de modelo. Cuando quieren hacerme un regalo de Navidad, les pido: “Quiero una hora con ustedes aquí en el estudio, para tomarles fotos”, y luego uso esas fotos para pintar. Es mi manera de no echarlas tanto de menos: una vive en São Paulo y la otra aquí en Brasilia. Cuando estaba en la UnB hice algunas exposiciones. La última fue el año pasado en el STJ [Supremo Tribunal de Justicia].
¿Cómo fue que la biología entró en su vida, que ya se encaminaba hacia el arte?
Cuando era una niña, debía tener unos 6 años, a mi papá, que era de la Fuerza Aérea, lo trasladaron a Canadá. Cuando volvimos tenía 9 años. No sabía leer ni escribir en portugués y lo hablaba mal. Mi mamá entró a trabajar en la Escuela Americana para que mis dos hermanas y yo pudiésemos estudiar allí. Cuando estaba terminando, con unos 16 o 17 años, me encantaba la biología. Tras me gradué, con 18 años, me ofrecieron una beca para estudiar artes plásticas en Estados Unidos. Me fui sola a Boston. Pasé dos años allí estudiando artes plásticas. También asistí a cursos optativos de biología marina, genética e introducción a la biología celular que me gustaban mucho. Pero lo mío eran las artes plásticas. Cuando regresé a Brasilia, dos años después, miré a mi alrededor y comprendí: “No voy a poder mantenerme pintando”. Ni siquiera ahora podría. Entonces decidí ser pragmática e ingresé a la carrera de ciencias biológicas en la UnB. Nunca me he arrepentido de haber tomado esa decisión.
Este artículo salió publicado con el título “Regina Macedo: Los vuelos de una bióloga” en la edición impresa n° 352 de junio de 2025.
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