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Entrevista

Lourdes Sola: Las transiciones de la democracia

Pionera de la ciencia política brasileña, la investigadora aborda las relaciones entre la política y la economía

Léo Ramos Chaves

“He vivido dos golpes de Estado en mi historia”, recuerda la politóloga Lourdes Sola, docente jubilada del Departamento de Ciencia Política e investigadora sénior del Núcleo de Investigaciones en Políticas Públicas y del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de São Paulo (USP). Su salida de Brasil, en 1969 –cinco años después del golpe militar de 1964– marca el inicio de una carrera académica internacional, que abarca el posgrado en Chile, su partida a Inglaterra cuando el general Augusto Pinochet (1915-2006) tomó el poder, en 1973, el doctorado en Oxford, la presidencia de la Asociación Brasileña de Ciencia Política y, posteriormente, la presidencia de la Asociación Internacional de Ciencia Política (Ipsa).

Como graduada en ciencias sociales de la USP, Sola se especializó en el estudio de las relaciones entre la política y la economía, particularmente en momentos de crisis y transiciones de régimen. En su tesis doctoral, la primera defendida en Oxford alusiva a Brasil, analizó los proyectos de estabilidad económica que precedieron al golpe militar de 1964. Bajo la influencia del institucionalismo histórico y también de la obra del germano-estadounidense Albert O. Hirschman (1915-2012), fue una de las creadoras del comité de investigación en Economía Política Internacional del Ipsa, que coordinó hasta 2019.

Luego de un período que arrancó en 1980, cuando las soluciones propuestas por los economistas para las grandes cuestiones públicas constituían el tema dominante, Sola dice que hoy en día vislumbra un aumento del interés por las formulaciones de los politólogos. Pero advierte que este “retorno de la política” puede representar un riesgo para los estudiosos: “La política está cargada de valores. El politólogo tiene la obligación de explicar con nitidez lo que sabe, sin desmerecer el producto, sin recurrir a engaños y sin arrogarse soluciones que no tiene”.

Edad 82 años
Especialidades
Economía política, estructura y transformación del Estado, política internacional
Institución
Universidad de São Paulo (USP)
Estudios
Graduada en ciencias sociales (1961) y magíster en sociología (1966) por la USP, magíster en economía política por el Instituto de Planificación de la Universidad de Chile (Escolatina, 1973) y doctora en política (1982) por la Universidad de Oxford
Producción
46 artículos científicos, 28 capítulos de libros y nueve libros publicados u organizados

Su trayectoria profesional empieza con su carrera de grado en la USP, donde también hizo una maestría bajo la dirección de Florestan Fernandes (1920-1995).
Él era el jefe de una de las cátedras de sociología, pocos años antes de que se establecieran los departamentos. En su cátedra, Fernando Henrique Cardoso creó el Cesit [el Centro de Sociología Industrial y del Trabajo]. Allí fue donde comencé a trabajar, cuando cursaba el tercer año de mi carrera. Esto quiere decir que mi primer trabajo fue como investigadora. Estudiamos cómo se desarrolló la industrialización en Brasil, e hicimos entrevistas en varias empresas. Entonces sobrevino el golpe de 1964. Florestan Fernandes animó a sus cuatro asistentes, Cardoso, Maria Sylvia de Carvalho Franco, Octavio Ianni [1926-2004] y Marialice Foracchi [1929-1972], para que aceleraran sus doctorados, a los efectos de asegurarse su estabilidad. Y a nosotros, los jóvenes del Cesit, nos dijo: “Tendré que empujarlos al agua y deberán aprender a nadar”. Así fue que con 23 años tuve que hacerme cargo de dictar las clases del curso denominado Métodos y Técnicas de Investigación en Sociología. Allí mismo hice mi especialización, que por entonces todavía no se llamaba maestría.

¿Alguna vez la arrestaron luego del golpe de Estado?
Estuve presa en 1968, una semana después del decreto AI-5. Nosotros apoyábamos al movimiento estudiantil y a las huelgas de Osasco. Me arrestaron cuando llevaba conmigo a un obrero y a un estudiante. Pasé una noche en el Dops [el Departamento de Orden Político y Social], entre ratas y cucarachas. A la mañana siguiente, fui interrogada por un comisario de los de antes, que me hizo preguntas razonables y me liberó provisionalmente. En la sala de interrogatorios había dos escritorios. Uno era el de [Sergio Paranhos] Fleury [1933-1979]. El otro, el de este señor. Fleury estaba en la fiesta de Navidad que se celebraba en el Dops en el piso de abajo. Como diría mi madre, mi ángel de la guarda estaba protegiéndome.

¿Cuándo decidió irse de Brasil?
En esos momentos no hay mucho que elegir. Fueron a buscarme a la casa de mis padres y a mi apartamento. Cuando nos enteramos que estaban sometiendo a torturas a intelectuales, docentes y estudiantes, con quien entonces era mi marido, Ruy Fausto [1935-2020], resolvimos irnos. Era marzo de 1969. Optamos por ir a Uruguay, donde me habían invitado a que fuera a trabajar. Pero nos denegaron la visa de permanencia en ese país. En Chile había un gobierno demócrata cristiano, y nos aconsejaron irnos allá.

¿Cómo fue el arribo a Chile?
La acogida que nos brindaron los chilenos fue buena. Me invitaron a brindar una serie de conferencias en la Escuela de Planificación Económica y a dar clases en una carrera de posgrado en la Escuela de Estudios Económicos para Graduados (Escolatina), de la Universidad de Chile. Al final consideré que era oportuno hacer el curso durante tres años como alumna mientras daba clases en la Facultad Latinoamericana de Sociología (Flacso) para mantenerme económicamente. En microeconomía yo era un desastre, pero me sentía cómoda con macroeconomía. Durante el período en el que viví en Chile, nunca vine a Brasil, pero viajé en dos oportunidades a Francia por razones personales. Allá comencé a dialogar y a colaborar con Celso Furtado [1920-2004].

Siempre hay una redistribución de penalidades y privilegios cuando se habla de las mentadas reformas económicas

¿Cuándo se mudó a Inglaterra?
En 1973, inmediatamente después del golpe en Chile. He vivido dos golpes en mi historia. El día que se produjo, nos convocaron a comparecer al lugar de trabajo. Me dirigí a Flacso. Los chilenos, que llevaban décadas de democracia, negaban la evidencia: “En Chile no pasa nada”, decían. Los brasileños, al contrario: “¿Qué estás haciendo aquí? Vete, vete a casa”.

¿Cuál fue el aporte decisivo de esa etapa para su carrera?
Yo bromeo con que les debemos a los militares la latinoamericanización de toda una generación. Y le debo a Chile toda una experiencia de política democrática en un contexto de polarización en aumento. Durante nuestra experiencia democrática, habíamos aprendido que el desarrollo económico genera las condiciones para las instituciones democráticas, como ocurrió en el caso estadounidense. Pero en la década de 1970, a partir de lo que se llamó el milagro económico, la economía brasileña despegó en el contexto del régimen autoritario. En Chile aprendí lo que es la inflación de verdad. En aquel momento, los inversores desconfiaban, había fuga de capitales, negación de la crisis fiscal y monetaria. Nada estaba indexado, la inflación y el dólar por las nubes. A causa de las huelgas de los transportistas nos convocaron para colaborar con el Ministerio de Hacienda en la distribución de alimentos. Varios economistas conocidos fueron quienes planificaron esa distribución. Entonces entendí cómo funciona el mercado y la importancia de la estabilidad de los precios, fundamentalmente para las clases más pobres.

¿Por qué eligió a Oxford para su doctorado?
Había estudiado economía y desarrollado afición  por la investigación empírica gracias a Florestan Fernandes y a Fernando Henrique Cardoso. Cuando se produjo el golpe en Chile, iba a participar en una reunión en el Castillo de Windsor, ya tenía el pasaje para Inglaterra. Pero invadieron mi casa. La conducta del aparato de represión fue aterradora. Se escuchaba en las radios: “Señor, señora, denuncie a su extranjero”. Durante quince días estuve ayudando a conocidos a refugiarse en las embajadas. Mi traslado al aeropuerto fue en un camión militar. Me había decantado por Cambridge. Allí estaba Celso Furtado que estaba dispuesto a supervisarme durante el primer año. Ocurrió entonces que los brasileños de Oxford, jóvenes colegas, me pidieron que presentara un escrito sobre Brasil. Noté que Oxford me vendría mejor, porque tenía un centro latinoamericano más ligado a la sociología y a la política. En Cambridge, Furtado me dio otro consejo importante: “Dedícate a la teoría monetaria, porque mi generación no la entiende y es importante”. Obtuve una beca de estudios de la Fundación Ford Internacional. Estoy agradecida.

En las ciencias sociales, usted fue la primera investigadora que defendió una tesis sobre Brasil en Oxford.
En efecto. Ni bien arribé, busqué a alguien que estuviera interesado en la economía política para que me supervisara. Solamente había un profesor dirigiendo a brasileños, pero se trataba de un teórico de la sociología. Yo leía y hablaba en inglés, pero no con demasiada fluidez. Me gustaron una economista inglesa, Rosemary Thorp, especialista en procesos de estabilización en América Latina, y un profesor de política, Laurence Whitehead. No quería hacer teoría, deseaba analizar a Brasil desde un enfoque transdiciplinario, aunando las cuestiones económicas y el análisis político. Fui a conversar con Whitehead y él aceptó. Todavía continuamos trabajando juntos. Me sugirió una supervisión conjunta con Thorp. En el doctorado, yo quería entender la transición que condujo al golpe de 1964. Durante el trabajo de investigación, presenté un artículo que cuestionaba la imagen que se tenía del proceso de indexación en Brasil. El milagro brasileño se atribuyó a la indexación, a la corrección monetaria, y se tuvo en cuenta el hecho de que los criterios de indexación eran diferentes para los sueldos y los activos financieros, y que había una política distributiva subyacente los criterios de indexación.

Archivo personal En Uruguay, entre Roberto Schwarz y quien entonces era su marido, Ruy Fausto, en marzo de 1969Archivo personal

¿Cómo fue la repercusión de su tesis?
Fue excelente. Durante la elaboración conversé mucho con Celso Furtado. Roberto Campos [1917-2001], quien por entonces era el embajador brasileño en Londres, me concedió tres entrevistas. Ambos eran plenamente conscientes de los límites de su ciencia, dónde terminaba la dimensión económica y comenzaba la cuestión política. En Oxford, la defensa de la tesis tiene lugar sin participación de público. Quienes aspiran a un título usan una especie de uniforme: camisa blanca y toga negra. Los amigos añaden un clavel rojo.

¿Cuándo regresó a Brasil?
Volví en 1978, para desarrollar la investigación que sirvió como base para la tesis, que defendí en 1982. Mientras investigaba y la redactaba, di clases en la PUC-SP [la Pontificia Universidad Católica de São Paulo] y más tarde también en la Unicamp [la Universidad de Campinas]. Hasta que un día, un empleado de la USP me avisó que podía reclamar que me reincorporen a la universidad, incluso porque según las propias disposiciones del régimen militar mi cargo podía considerarse efectivo. No se me podía haber desvinculado en forma sumaria cuando salí del país. Así que hacia el final de 1980 me reincorporaron a la USP, donde continué dando clases e investigando.

Usted fue la primera mujer al mando del Departamento de Ciencia Política de la USP (en 1994) y fue presidenta de la Asociación Brasileña de Ciencia Política (ABCP) y de la Ipsa (en los períodos 1996-98 y 2006-09, respectivamente). ¿Cómo fue todo ese proceso?
En la ABCP, recién fundada bajo mi presidencia, yo representaba a la institución en las asambleas de la Ipsa. Durante seis años trabajé en esas comisiones y aprendí cómo funcionaban. Cuando se eligió al próximo presidente me llevé una sorpresa mayúscula: él me invitó para que fuera la primera vicepresidenta, lo que me posicionaba informalmente para sucederlo. Obtuve el apoyo de las mujeres, especialmente de las estadounidenses, que fueron las más incisivas. Los representantes alemanes, el chileno y los italianos también me alentaron. Los franceses estaban indecisos porque el otro candidato era un intelectual turco, algo que era importante en una etapa en la que querían sumar a Turquía a la Unión Europea. Finalmente, ese politólogo turco, Ilter Turan, me ofreció generosamente su apoyo: “Quiero ser el primero en firmar la lista de apoyo a su candidatura”. Ni bien me eligieron, lo invité a hacerse cargo de la coordinación del programa del siguiente congreso internacional. Hoy en día seguimos siendo amigos. Años más tarde también fue electo como presidente.

¿Cuál es el balance que hace de su gestión al frente de la Ipsa?
Fui la segunda mujer a lo largo de los primeros sesenta años de la Ipsa. Me fui contenta con lo logrado, pero creyendo que podía haber hecho aún más para mejorar su estructura. Junto a mi sucesor, contribuí para hacerla más eficiente. Un expresidente siempre colabora con su sucesor durante otros tres años. Me ocupaba de diversas tareas, entre ellas continuar ampliando la participación de las mujeres en las actividades de la Ipsa. Mi aporte principal vino después. El área de relaciones internacionales y economía política no existía. A pedido de los representantes de Francia, Estados Unidos y del Reino Unido, prolongué mi compromiso con la institución con la creación, en 2012, del Comité de Investigación 51, dedicado a la economía política internacional, cuyo propósito es el análisis de las democracias de los mercados emergentes, en proceso de democratización o regresión política y de liberalización económica. También me enorgullece que haya sido durante mi gestión que se decidió hacer la Escuela de Verano en Conceptos y Métodos de Ciencia Política, que introduje en la USP con la ayuda del Departamento de Ciencia Política y del Instituto de Relaciones Internacionales.

Archivo personal En una reunión de la Ipsa, junto a las expresidentas Helen Milner (a la izq.) y Carole Pateman, y la actual, Marianne Kneuer (a la der.)Archivo personal

En su obra, usted interactúa bastante con los conceptos de Albert O. Hirschman. ¿Qué puede decir de esa influencia intelectual?
Una buena teoría puede sostenerse y tornarse un clásico cuando te obliga a dialogar con ella, incluso aunque cambien las circunstancias que la originaron. Esto es lo que yo llamo literatura inspiradora. Conocí la obra de Hirschman por recomendación de Thorp y Whitehead. La relación entre la economía y la política, así como las interacciones dinámicas entre esas dos esferas atraviesan su obra intelectual donde se destacan las encrucijadas que emergen en momentos de crisis o de transformaciones profundas. El problema consiste en develar y demostrar con exactitud los mecanismos de interacción entre una y otra esfera, que varían de acuerdo con el contexto económico y político. Un buen ejemplo de la búsqueda de Hirschman por identificar patrones generales es el concepto del efecto túnel, clave para quien reflexiona sobre la cuestión distributiva. Forma parte de una paradoja de aquella época: cómo explicar el fenómeno por el cual, durante las etapas de crecimiento acelerado, cuando la desigualdad de ingresos tiende a aumentar, en términos relativos, es justamente cuando la tolerancia ante la desigualdad es mayor. La explicación reside en la expectativa, un cálculo equivocado de los sectores que se dejaron atrás en la fase de bonanza: que supone que los aumentos de ingresos en términos absolutos, de los cuales son beneficiarios, se materializarían y sostendrían en el futuro. En síntesis, pudo explicarse el vínculo entre el crecimiento acelerado, la movilidad social como mecanismo de legitimación política de quien se encuentra en el poder y el descenso de los índices de rechazo. Y resurge, aunque en sentido contrario, cuando la economía se desacelera, se estanca o entra en crisis. Cuando aumentan la percepción y la intolerancia por la desigualdad, emerge nuevamente el rechazo y, llegados a cierto límite, la demanda por reformas redistributivas. Por lo tanto, estamos hablando de una dinámica política que interactúa con el ciclo económico.

¿Se ignoraba la transición de lo económico a lo político?
Se teorizó poco. En la elaboración de la tesis que dio origen a mi libro Ideias econômicas, decisões políticas, retomo el efecto túnel para destacar la singularidad del caso brasileño cuando se lo compara con el resto de los latinoamericanos, sobre todo con Argentina. Y también para integrar la forma en que se ha desencadenado en Brasil el proceso de acumulación, de reformas y de cuestionamiento, que culminó en una forma específica de reformas redistributivas, a la luz de las instituciones y de las coaliciones sociopolíticas dominantes.

¿Cómo se desarrolló ese marco analítico a lo largo de su trayectoria?
Ha sido un proceso acumulativo. Un aprendizaje continuo, dada la evolución en las formas de abordar la economía política, en términos teóricos, de metodología y en función de los nuevos desafíos de gobernanza. En el trabajo inicial, elaboré una perspectiva sobre cómo analizar la crisis dual –política y económica– de la década de 1960, y cómo ocurre la interacción entre acumulación, distribución y deslegitimación política, que derivó en el cambio de régimen político. Parte de lo que se acordó denominar como milagro económico fue el resultado de una reforma monetaria, fiscal y tributaria adoptada por Roberto Campos, pero se trataba de reformas con un contenido socialmente regresivo. Cuando se habla de lo que se llaman reformas económicas, siempre hay una redistribución de penalidades y privilegios.

¿Este marco da cuenta de la realidad actual?
Sí y no. No, porque estos análisis son previos al proceso de globalización y de la tercera ola democrática, de la cual Brasil fue parte. Entre los puntos de inflexión remarco tres: los cambios en la forma de inserción de los países en el sistema internacional, en respuesta a la agenda de la globalización económica, la construcción de una agenda democrática, aún en curso, y la Constitución de 1988. Una transición triple, que requiere ajustes profundos: del régimen económico, del régimen político y del régimen legal. Además, la crisis latinoamericana de 1982 coincidió con el inicio de la ola democrática. El reto de gobernanza democrática pasó a ser doble: cómo internalizar la agenda de la globalización económica para que fuera compatible con una agenda democrática en construcción dentro del nuevo marco legal. En principio se trata de un desafío común para las democracias del mercado emergente, pero los retos específicos de gobernanza democrática varían de un país a otro.

Usted trabaja con la economía política. ¿Cómo definiría a esa área del conocimiento?
Esto significa analizar los retos de gobernanza que se plantean, en el caso democrático, en el contexto de la economía política de un país: vale decir, en el contexto de los diversos grupos de interés, de las instituciones políticas y económicas, y de las ideas que sostienen las decisiones que marcan el rumbo del país. Como disciplina, en el ámbito internacional es una especie de nodo, un entorno en donde convergen juristas, sociólogos, economistas, politólogos, en torno e problemas con una marcada dimensión económica. Hirschman sugirió y practicó intensamente la idea de trasponer las fronteras. Partir de una disciplina con el foco en problemas identificados con otra, sin perder su bagaje técnico.

Hoy en día, Brasil se encuentra ante un reto de gobernanza democrática que explicita una coyuntura crítica

Y dentro de las diferentes corrientes institucionalistas, ¿dónde se sitúa usted?
Desde la década de 1990 predominan tres vertientes: el institucionalismo histórico, la escuela racional y el institucionalismo sociológico. Las tres comparten un postulado que plantea que las instituciones son endógenas al proceso político y económico. Yo estoy más cerca del institucionalismo histórico, porque aborda la política como un proceso estructurado en el tiempo y en el espacio, tal como lo define Peter Hall, uno de sus exponentes. Pero me mantengo abierta a incorporar los avances de los demás, en función del problema  que haya que investigar.

El concepto de coyuntura crítica aparece en forma recurrente en su obra. ¿Exactamente de qué se trata?
Es uno de los conceptos claves del institucionalismo histórico, objeto de debate y de despliegues teóricos durante las últimas dos décadas. Son coyunturas que representan puntos de inflexión decisivos, que dan lugar a decisiones entre distintos caminos alternativos. La coyuntura crítica también puede plantearse como aquella en la cual la constelación de factores domésticos e internacionales es tal que obliga a una inflexión decisiva en las respuestas que componen la caja de herramientas de los formuladores de políticas. Lo que me define como una institucionalista histórica es que abordo esas respuestas no solo en cuanto a su dimensión técnica, sino también como objeto de una disputa política entre coaliciones sociopolíticas competitivas entre sí, por dominancia o supervivencia. Un conflicto distributivo de este tipo emerge especialmente en aquellas coyunturas que imponen reformas porque eso implica siempre un proceso de redistribución de penalidades y privilegios, una opción política. Esto obliga al menos a establecer trade-offs entre objetivos conflictivos. En Brasil, tenemos actualmente un desafío de gobernanza democrática que explicita una coyuntura crítica: la tensión exacerbada por la pandemia entre la dominancia fiscal y la justicia distributiva.

¿Ese es su objeto de investigación actual?
Ahora coordino un equipo integrado por siete investigadores que están trabajando en un gran proyecto comparativo promovido por la comisión de investigación de la Ipsa, que involucra a varias democracias de mercado emergente, entre las cuales figura Brasil. El propósito es analizar las coyunturas críticas del siglo XXI. Pretendemos identificar las políticas públicas de respuesta partiendo de dos campos de observación: formación político-económica y políticas climático-ambientales. Y a partir de eso desarrollar una explicación política de los patrones verificados.

¿Cuál es el tipo de explicación política que buscan?
Hay varios aspectos. En primer lugar, intentamos tomar en serio la noción de un conflicto distributivo, por poder o dominancia política, como algo inherente al desarrollo de las políticas públicas, pasible de identificárselo en términos de coaliciones que compiten entre sí. Luego, se trata de integrar el fuerte componente tecnocientífico que debe caracterizar a las decisiones de política económica, o climático ambiental, aunque sin reducirlas a su dimensión exclusivamente técnica. Siempre hay una elección política y una dimensión normativa subyacentes a las decisiones con fuerte dimensión técnica, con perdedores y ganadores. ¿Hay espacio para compromisos? Conviene hacerlos explícitos, porque es una condición necesaria del proceso de responsabilidad política en una democracia. Y, por último, se trata de identificar a los actores políticos, cuyo apoyo fue decisivo para la implementación de una política pública determinada como respuesta a cierta coyuntura crítica. Esos son los grupos pívots, o sea, aquellos cuyo apoyo fue decisivo para la adopción de una política o para generar los trade-off adecuados.

¿Cómo se inserta Brasil en este escenario?
Un ejemplo es la manera en que la crisis asiática de 1997 se vio reflejada en Brasil, induciendo modificaciones en el trípode de la política económica: cambio flotante, metas de inflación y meta de superávit primario. ¿Cuál fue el origen de este trípode? ¿Cuáles dilemas y qué fuerzas explican su adopción? ¿Quiénes son los ganadores y los perdedores? Recientemente, en 2013, tuvimos una minicoyuntura crítica. Desde 2016 la coyuntura crítica es una sola. Hoy en día, las dificultades para resolver una crisis dual, económica y política, evidencian la dimensión política de las reformas. Es una decisión política por excelencia la que asume el protagonismo.

¿Qué es la política para usted?
Es algo difícil de responder. Podría decir simplemente que es una disciplina con aspiración a ciencia, con un desafío intrínseco, específico, que se profundiza en las democracias de masas. Al ser una dimensión esencial de la vida en sociedad, requiere la participación y el compromiso del elector-consumidor-contribuyente. Al mismo tiempo, como disciplina, exige una formación especializada y es una ciencia de observación, por lo tanto, requiere capacitación. El reto consiste en tender puentes con ese ciudadano, lo que obliga a ampliar su acceso a la educación política, cívica e incluso financiera. También obliga al científico a actuar como un intelectual público. Tiene la obligación de explicar con claridad lo que sabe, sin abaratar el producto, sin engañar y sin fingir que posee soluciones que no tiene. Es tanto un riesgo como una tentación. Debe fundamentar su respuesta y, cuando no, saber decir: no tengo una respuesta, tal problema solo puede responderse a través de una acción colectiva, de una construcción.

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