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Entrevista

Paulo Moutinho: De pie en la selva

La biología, la economía y los viajes en bicicleta le ayudan al ecólogo a pensar el desarrollo sostenible de la Amazonia

Para el investigador, la salida consiste en utilizar en forma integrada los recursos de la región y los servicios que la misma presta

Léo Ramos Chaves

Paulo Moutinho tiene una vivencia única de la Amazonia: recorrió 1.200 kilómetros (km) de la carretera Transamazónica en bicicleta. A lo largo de ese viaje y otros, lo amenazaron de muerte, lo acogieron, vio miseria y felicidad. Conversó con buscadores de metales y piedras preciosas, los llamados garimpeiros, agricultores, indígenas y habitantes ribereños, en busca de elementos que le permitieran construir una concepción del desarrollo posible y necesario para la región.

Es uno de los fundadores e investigador del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Ipam, en portugués), una organización no gubernamental (ONG) fundada en 1995 que se dedica a conectar las investigaciones científicas con las necesidades sociales de la región. Moutinho estudió hormigas en su posgrado en la Universidad de Campinas (Unicamp) y fue docente en la Universidad Federal de Pará (UFPA).

Este ecólogo vive parte del tiempo en Brasilia, donde el Ipam tiene oficinas, y parte en Belém, la capital del estado norteño de Pará y ciudad sede de la organización. En esta entrevista, concedida el 9 de octubre en São Paulo, aboga en pro de que se reconozca la riqueza del bosque – desde el punto de vista económico– y que se busquen maneras de combatir la desesperanza ambiental.

Hace dos años usted pedaleó 1.200 kilómetros por la Amazonia. ¿Qué aprendió?
Recorrimos el tramo no asfaltado de la Transamazónica. Uno de los ciclistas era Osvaldo Stella, que era científico en el Ipam y 25 años antes había pedaleado por en ese mismo tramo desde Itaituba, en el estado de Pará, hasta Humaitá, en el estado de Amazonas. También fue el estadounidense Chris Cassidy, quien era el jefe de los astronautas de la Nasa [agencia espacial de Estados Unidos]. Ese trayecto constituye una muestra del uso de la tierra en la Amazonia: mucha minería informal [los llamados garimpos], explotación ilegal de madera, ganadería extensiva de baja productividad, tierras indígenas, áreas protegidas y, al final, campos de soja. Hace 25 años, en algunos tramos, la Transamazónica era un sendero, prácticamente no pasaban coches, pero ya había una fuerte presión de deforestación. Vemos que hoy en día la degradación de la selva continúa, sin generar riqueza. Solo que esa destrucción se ha acelerado, con más recursos y tecnología.

¿Sería posible desarrollar la región amazónica y mejorar los ingresos de la población con un mínimo deterioro?
La salida para la Amazonia reside en usar de forma integrada los recursos de la región y los servicios que ella presta. Es fundamental agregarle valor a la selva de pie; puede haber compensaciones para que la gente reciban recursos. Al mismo tiempo, es necesario aumentar la eficiencia en el campo con una agricultura más sostenible, más productiva. El tercer punto es el ganado: intensificar esa actividad concentrando más cabezas por área. La sociedad brasileña ya ha dado muestras de que sabe preservar sus bosques y reducir su destrucción. Lo hicimos de 2005 a 2012, cuando cayó en un 80% la tasa de desmonte. Durante ese mismo período, duplicamos la producción de granos y de carne en la Amazonia.

¿Es posible conciliar el combate contra la deforestación, los modos de vida tradicionales y el desarrollo rural?
Sí, una cosa depende de la otra. La selva amazónica funciona como un aire acondicionado del planeta. Allí está almacenada una década de emisiones globales; si uno deforesta y arroja el gas carbónico a la atmósfera, va a agravar el cambio global del clima. La selva también funciona como un sistema de irrigación gigante del cual el agronegocio, que tanto quiere expandirse, depende enormemente. Sin la selva no existe la misma producción que habría con ella. Este problema no es solo ambiental, es económico.

¿Qué cambios climáticos ha observado durante los últimos 30 años?
En el Parque Indígena del Xingú, varios estudios indican una combinación nefasta. El cambio climático global está asociado al fenómeno El Niño, que se revela cada vez más intenso y largo y lleva mucha sequía a la región, potenciada por el desmonte. Por la combinación de ambas cosas, algunas regiones con mucha área deforestada ya se han vuelto más de 1 grado Celsius [°C] más calurosas. Parece poco, pero en la escala del clima es mucho. La diferencia de la selva al área deforestada es de entre 6 y 9 ºC, en promedio. En período de lluvia se ha acortado dos semanas. Para el cultivo de la soja eso resulta muy relevante, ya que el 95% de la agricultura del país no es irrigada y depende de la lluvia. En 2016 hubo una gran deforestación y una sequía fuerte. Los sojeros plantaron siete veces –un costo enorme– y la lluvia simplemente no venía. Ese es el escenario de aquí en más si no hacemos nada.

¿Cómo debería ser el manejo de bosques públicos?
Son tierras del gobierno, ya sea de los estados o federales, en un limbo agrario. El gobierno no dice para qué sirven esas áreas. La Ley de Bosques Públicos, que el Congreso aprobó en 2006, determina que es necesario mantener esas áreas como bosques, y públicas. Pero mientras que el gobierno no declara si va a ser un área de preservación, de producción de madera, una APA [Área de Protección Ambiental], un parque nacional o una tierra indígena, quedan en manos los llamados grileiros, apropiadores ilegales de tierras. El desmonte viene creciendo por medio del robo del patrimonio de todos nosotros.

¿Todo gira alrededor de las decisiones que hay que tomar?
No podemos quedarnos a la espera de que el gobierno haga algo. La reducción de la deforestación entre 2005 y 2012 se dio por cuatro razones fundamentales: una sociedad científica organizada que proveía informaciones, el compromiso de los movimientos sociales, las ONG que hacían la defensa de los proyectos y, además, voluntad política. ¿Cómo se sustituye la voluntad política, que ahora no la tenemos? El mercado tiene que empezar a exigir. “No te compro porque estás deforestando ilegalmente, tienes esclavos en tu hacienda”. Ese movimiento existe porque los ejecutivos ven riesgos para los negocios si la tendencia sigue en la trayectoria en la que estamos.

¿Qué considera más apremiante en la cuestión climática y ambiental?
Necesitamos pensar en un nuevo paradigma de educación urgentemente. En el Ipam venimos trabajando en un proyecto que llamamos ciudadanía climática. ¿Cuál es el ciudadano para un planeta en calentamiento –o calentado– en el futuro? ¿Cuáles son las habilidades de ciudadanía que necesitamos darles a nuestros hijos para que enfrenten lo que está por venir? ¿Cómo van a lidiar con las grandes migraciones de personas que huyan de las sequías, algo que incluso ya ocurre? Nueva Zelandia recibe habitantes del archipiélago de Tuvalu, que está siendo tomado por el agua. ¿Qué pasa cuando eso se haga a una escala africana, o nordestina en Brasil? ¿Qué tipo de educación podemos brindar ahora para que los tomadores de decisiones puedan actuar?

¿Cómo se hace para llevar esos lineamientos hacia la educación?
Debemos empezar movimientos de estados, de secretarías de educación de los estados y de la sociedad. No tener a la educación orientada hacia una ciudadanía climática significa formar jóvenes desesperanzados. Mis dos hijos dicen que no quieren tener hijos porque no saben qué planeta les dejaremos. El mensaje de la ciudadanía climática indica que se trata de un problema serio, pero hay esperanza si empezamos a cambiar.

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