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Economía Agrícola

El mundo rural en transición

Expertos analizan en un libro estrategias tecnológicas y económicas para el campo que sean no sólo productivas, sino que también promuevan la inclusión de los pequeños productores

Irrigación de un cultivo de soja en Luziânia, estado de Goiás: sólo en 2013, Brasil contabilizó 30.960 millones de dólares con granos, salvados y aceites

Imagem: Sergio Amaral/ Olhar ImagemIrrigación de un cultivo de soja en Luziânia, estado de Goiás: sólo en 2013, Brasil contabilizó 30.960 millones de dólares con granos, salvados y aceitesImagem: Sergio Amaral/ Olhar Imagem

En poco más de tres décadas Brasil pasó de ser un importador de alimentos a erigirse en uno de los principales actores globales del agronegocio. Esta transformación generó prosperidad para el campo, pero las oportunidades se detectan y se aprovechan en forma bastante desigual entre los diferentes participantes de la economía rural. Para los analistas del sector, el desarrollo de estrategias tecnológicas y económicas que aseguren el avance de la producción, por una parte, y promuevan la inclusión de una mayor cantidad de trabajadores y pequeños productores en los beneficios que genera esa expansión, por otra parte, constituye uno de los principales desafíos que se les plantean a los formuladores de políticas públicas.

El libro O mundo rural no Brasil do século 21 [El mundo rural en el Brasil del siglo XXI] –una edición conjunta de la estatal Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa) y del Instituto de Economía de la Universidad de Campinas (Unicamp)– no tiene el propósito de ofrecer un recetario que indique cómo abordar estos temas. Pero plantea análisis técnicos que pueden contribuir en la elaboración de políticas adecuadas. Esta obra recién publicada está editada por los profesores Antônio Márcio Buainain y José Maria da Silveira (del Instituto de Economía de la Unicamp) y por los investigadores Eliseu Alves y Zander Navarro (ambos de Embrapa), tiene 1.182 páginas, está dividida en 37 capítulos y cuenta con artículos escritos por 51 científicos sociales ligados a más de 20 instituciones públicas y privadas. La propuesta de los cuatro editores se presenta resumida en la primera frase de la introducción: “¡Hay que entender los tiempos!”.

Tal como asevera Zander Navarro, esta tarea básica de las ciencias sociales se ha visto dificultada debido a una visión estrecha acerca de lo que debe ser el debate académico, en la actualidad dominado por corrientes de científicos que se aíslan en comunidades cerradas alrededor de ideologías tenidas como de izquierda o de derecha. El libro apunta a romper con este paradigma. “Congregamos a científicos con distintos sesgos ideológicos. El objetivo consistió en establecer un debate plural”, dice.

O mundo rural no Brasil do século 21 se organiza alrededor del debate de temas planteados por los cuatro editores en el artículo intitulado “Siete tesis sobre el mundo rural brasileño” publicado en mayo de 2013 en la Revista de Política Agrícola. Se plantean dos factores condicionantes para entender la nueva realidad del campo: la estructura financiera que pasó a regir la actividad desde los años 1990 y la innovación como el principal desafío. Y cinco factores consecuentes: la profundización de las diferencias sociales en el campo; el espacio del pequeño productor; el vaciamiento del campo y su mecanización, un proceso al que los autores denominan “vía argentina”; la contemporaneidad de la propuesta de reforma agraria, y el rol del Estado en el desarrollo de las zonas rurales.

En el artículo intitulado “Algunos condicionantes del nuevo modelo de acumulación de la agricultura brasileña”, Antônio Buainain argumenta que en la actualidad ningún productor, independientemente de su tamaño, su ubicación y su especialización, se encuentra inmune a una combinación de factores de producción y elementos institucionales. Existe un conjunto cada vez mayor de reglas formales e informales que determina estándares de comercio y de seguridad alimentaria, el cual dispone sobre el uso sostenible de los recursos naturales, tal como es el caso del nuevo Código Forestal. Hay también una evolución de los niveles de exigencia de los consumidores y una oferta globalizada de productos.

074-079_Mundo rural_223-01Todos estos factores generan la necesidad de modernizar la producción, lo que implica inversiones y costos, con la compra de más y mejores insumos, tales como fertilizantes y semillas de última generación, la adquisición de máquinas agrícolas y herramientas de tecnología de la información. Como resultado de ello, surge un nuevo nivel de exigencia económico-financiero para viabilizar la producción y, por ende, una mayor vulnerabilidad, tanto con relación al riesgo climático como con las fluctuaciones del mercado, en las cuales los precios, especialmente los de las  commodities, están cada vez más dictados por eventos globales, y ponen a prueba la capacidad de gestión del productor.

La posesión de la tierra, históricamente la principal fuente de generación de riqueza en el campo, y la cantidad de trabajadores empleados en la actividad, pierden importancia comparativa como factores de éxito de la actividad rural. Entre 2000 y 2012, la cantidad de tierras y la de mano de obra utilizada en la agricultura se redujeron un 9,7% y un 9% respectivamente, en tanto que la productividad del trabajo, la de la tierra y la del capital crecieron anualmente un 5,4%, un 4,94% y un 3,13% respectivamente, como consecuencia fundamentalmente del uso más intensivo de fertilizantes, máquinas y equipos y, en ciertas áreas, de irrigación. La tierra cedió lugar al capital en todas sus modalidades como centro del desarrollo agrícola y agrario.

Una familia asentada trabaja en un cultivo de agricultura familiar, en la estancia Anoni, en Rio Grande do Sul: la posesión de la tierra ha venido perdiendo importancia

Imagem: JONNE RORIZ/ESTADÃO CONTEÚDO/AEUna familia asentada trabaja en un cultivo de agricultura familiar, en la estancia Anoni, en Rio Grande do Sul: la posesión de la tierra ha venido perdiendo importanciaImagem: JONNE RORIZ/ESTADÃO CONTEÚDO/AE

Los análisis en el libro sobre los impactos de este nuevo orden del mundo rural apuntados por Buainain son muchos. Y el futuro de la cuestión agraria no es el menos polémico de ellos. Se plantean dos visiones opuestas. El profesor de la Unicamp Pedro Ramos, en “Una historia sin fin: la persistencia de la cuestión agraria en el Brasil contemporáneo”, reafirma la necesidad de concretar la reforma agraria como política social y económica. La reforma, argumenta, permitiría una mayor igualdad económica y social, una disminución de los conflictos por la posesión de la tierra, evitaría la excesiva migración hacia las ciudades, que entre 1960 y 2000 sumó 50 millones de personas, y también daría apoyo la ampliación de la producción.

Zander Navarro escribe en “¿Por qué no se hizo (ni nunca se hará) la reforma agraria en Brasil?” que la reforma agraria propiamente dicha, es decir, la transferencia forzosa de los derechos de propiedad de la tierra de privados a productores sin tierra, constituye un acto difícil de operarse en una sociedad democrática. Entre 1994 y 2012, afirma, fueron asentadas 1.260.000 familias, pero en tierras públicas, adquiridas por la Nación, lo cual constituye una iniciativa gubernamental de colonización, pero no de reforma agraria. Esta política involucró una área de 87,8 millones de hectáreas, un volumen mayor que toda el área plantada en Brasil fuera del programa, y los resultados obtenidos no se conocen suficientemente, toda vez que se los estudia poco. Por otra parte, la demanda social por tierra disminuye debido a la atracción de la vida urbana. En los últimos tiempos, ha habido una disminución del uso patrimonialista de la tierra y una revolución económico-productiva que ha generado en el campo una realidad distinta a la que motivó la presión social por la reforma agraria durante décadas pasadas. Para el autor, la reforma agraria es un tema del pasado.

A medida que aumenta la importancia de la tecnología y de los diversos tipos de capital, incluido el capital humano, disminuye la contribución de la mano de obra barata y abundante como factor de productividad y competitividad, lo cual compromete la factibilidad y quizá la supervivencia de una gran cantidad de pequeños productores rurales. De acuerdo con el Censo Agropecuario de 2006, el 9,5% de los establecimientos rurales generaron más de un 86% de la producción de ese año y, según se estima, la concentración ha crecido desde entonces.

Steven Helfamd (Universidad de California-Riverside), Vanessa da Fonseca Pereira (Embrapa) y Wagner Lopes Soares (IBGE) argumentan en el artículo intitulado “Los pequeños y medianos productores en la agricultura brasileña: situación actual y perspectivas” que muchos de los obstáculos que afrontan los pequeños productores pueden mitigarse mediante acciones colectivas y a través del desarrollo de instituciones apropiadas que los apoyen en lo atinente al acceso a la tecnología y a los mercados de insumos y productos, tal como ya se hace Brasil en el caso de los productores de aves y cerdos. Para ellos, es la productividad y no el tamaño de la propiedad lo que determinará la supervivencia de los productores.

Ganado nelore con identificación en la oreja (en amarillo) en una hacienda de Magda, en el interior de São Paulo: Brasil se convirtió en el mayor exportador mundial de carne

Imagem: Alf Ribeiro/ Olhar ImagemGanado nelore con identificación en la oreja (en amarillo) en una hacienda de Magda, en el interior de São Paulo: Brasil se convirtió en el mayor exportador mundial de carneImagem: Alf Ribeiro/ Olhar Imagem

Existen programas públicos que apuntan a generar productividad en los establecimientos de menor porte. El más emblemático de ellos es probablemente el Programa Nacional de Fortalecimiento de la Agricultura Familiar (Pronaf), en marcha de la década de 1990 y que actualmente genera desembolsos anuales del orden de los 15 mil millones de reales. Sin embargo, las mejores intenciones no siempre han generado resultados adecuados. En algunos casos pueden incluso llegar a ser contraproducentes.

El investigador de la Unicamp Sergio Salles-Filho, coordinador adjunto de Programas Especiales de la Dirección Científica de la FAPESP, hace hincapié en la necesidad de asociar innovaciones no tecnológicas con las innovaciones tecnológicas que se desarrollan para el pequeño productor. “Lo que hemos hecho es facilitar el acceso de los pequeños productores a la tecnología de cultivos tales como la soja, el arroz, el algodón y el maíz, sin que tengan acceso a los demás factores que hacen posible la apropiación del valor potencial que una nueva tecnología puede traer aparejado. De nada sirve mejorar las condiciones técnicas de producción para el pequeño productor si éste se encuentra en mercados que necesariamente demandan tamaño”, dice Salles-Filho. “En esos mercados, las exigencias de escala nunca se resolverán con mejoras en las técnicas de producción, incluso porque los grandes productores también promueven mejoras, lo cual genera exigencias de escala aún mayores. A mediano plazo, la pequeña producción en esos mercados se inviabiliza.”

Para Salles-Filho, “el enfoque de la innovación para los pequeños productores debe orientarse en productos especiales, y debe ir acompañado de innovaciones no tecnológicas, además de las tecnológicas”. Para el pequeño productor, no basta con asimilar tecnologías, es necesario que éste establezca estrategias comerciales que agreguen y fijen valor, tales como la consolidación de la marca y la adopción de certificaciones de origen o sellos de sostenibilidad, por ejemplo. “Sin este  tipo de innovación que complementa a la tecnología, el que se apropiará del valor de las innovaciones no será el productor sino otro agente de la cadena comercial”, afirma.

Salles-Filho y Adriana Bin, también investigadora de la Unicamp, firman el artículo intitulado “Reflexiones sobre el rumbo de la investigación agrícola”. Destacan de que manera las instituciones públicas de investigación han venido midiendo sus impactos económicos y sociales de manera sumamente positiva. Las instituciones de investigación del estado de São Paulo habrían obtenido en los últimos años retornos entre 15 y 17 veces mayores que los recursos invertidos. El balance de Embrapa en 2012 confirma los beneficios, con utilidades societarias de 17.700 millones de reales, lo que representa un retorno de 7,8 reales por cada real invertido. Los autores sostienen que es necesario ir más allá de este tipo de medición y empezar a efectuar dos mediciones complementarias: quién está apropiándose de aquellos valores y si las organizaciones públicas de investigación científica están desempeñando un rol creciente o decreciente en el sistema de investigación e innovación agropecuaria.

074-079_Mundo rural_223-02Se sabe que los agentes privados de investigación han ganado terreno en el mercado, al menos cuando se trata del desarrollo de soluciones orientadas hacia los grandes players del agronegocio, donde el potencial de retorno económico es mayor. Esta situación ha generado el cuestionamiento del rol que deben asumir los centros públicos de investigación. Los autores presentan ejemplos de cómo afrontan el problema distintas instituciones del exterior, y una agenda de discusiones para las instituciones brasileñas. “Nuestra gran aptitud radicó y radica en el mejoramiento genético. Sin embargo, existen actualmente altos montos de inversión que desembolsan grandes corporaciones, y las instituciones públicas enfrentan una competencia que antes no existía, o no con la fuerza de hoy en día.”

La innovación tecnológica se encuentra en la base del gran avance agropecuario brasileño de las últimas décadas. José Eustáquio Ribeiro Vieira Filho, del Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea), escribió, en su artículo intitulado “Transformación histórica y estándares tecnológicos brasileños”, que a partir del final de la década de 1970, la productividad agropecuaria brasileña pasó a evolucionar de manera más intensa que el promedio mundial, y esa evolución se tornó más evidente aún a partir de los años 1990 (vea la infografía en las páginas 76 y 77).

En una hectárea de tierra, Brasil producía 14.000 kilos de leguminosas en 1990, y pasó a producir 23.100 kilos en 2012. En el promedio mundial, el avance en igual período fue de 14.600 kilos por hectárea a 19.300 kilos. Y ese promedio mundial sería aún menor si se retirase la producción brasileña del cálculo. En carne vacuna, la producción por animal en Brasil pasó de 182,9 kilos a 231,5 kilos de 1990 a 2012. En el promedio global, la evolución fue más modesta: de 208,5 a 213,6 kilos.

El resultado de esto indica que la cosecha de granos en Brasil trepó de 58 millones de toneladas en 1990 a 187 millones en 2013. Tan sólo en soja, Brasil exportó 42,8 millones de toneladas el año pasado, y sumando los embarques de granos, salvados y aceites, el llamado complejo soja, el país contabilizó 30.960 millones de dólares en ingresos con exportaciones. La producción de carne bovina se duplicó con creces entre 1990 y 2013, aumentando de 4,1 millones de toneladas a 9,3 millones, y el país se convirtió en el mayor exportador global. En total, el saldo de la balanza comercial agrícola se multiplicó por siete, y subió de 7 mil millones de dólares en 1990 a 85 mil millones de dólares en 2013.

Mirando hacia el futuro, José Maria da Silveira sostiene que son varios los retos planteados en lo que se refiere al desarrollo tecnológico. En la agenda global de los investigadores se encuentran temas tales como nuevos alimentos funcionales, transgénicos funcionales, biofertilizantes, bioinsecticidas, técnicas de agricultura de precisión capaces de reducir la pulverización de contaminantes y el impacto ambiental de los cultivos. Según Silveira, éstos son factores que determinarán quiénes serán los nuevos campeones mundiales en producción de alimentos. “Brasil debe integrarse cada vez más a las cadenas globales de investigación y de producción si es que quiere mantenerse entre los líderes de la producción rural”, dice.

Según el Ministerio del Medio Ambiente, Brasil cuenta con 140 millones de hectáreas –una superficie equivalente a dos veces la de Francia– en tierras degradadas que pueden aprovecharse para el cultivo agrícola. Posee también un clima que hace posible dos cosechas al año. Sin derribar selvas, solamente utilizando tecnología, el país tiene potencial como para ubicarse como el mayor proveedor mundial de alimentos y bioenergía, superando a Estados Unidos.

La materialización de este potencial en realidad no está asegurada. “Dependerá de la capacidad de la sociedad brasileña y de los gestores públicos y privados para comprender los factores que llevaron al éxito reciente e interpretar correctamente los nuevos retos económicos, tecnológicos y sociales”, dice Antônio Buainain. Pero no siempre eso sucede. “Hace ocho años hubiéramos revolucionado el mercado energético mundial. Seríamos la Arabia Saudita del etanol. Hoy en día, la producción está en crisis”, dice. Al plantear distintas interpretaciones sobre los aciertos y los errores de la reciente expansión agropecuaria brasileña, O mundo rural no Brasil do século 21 puede erigirse en un buen punto de partida para aquéllos que están interesados en la superación de los desafíos que apunta Buainain.