Imprimir

Regina Maria Prosperi Meyer

Regina Maria Prosperi Meyer: Estudios para una ciudad en movimiento

La urbanista que creó nuevas asignaturas en la FAU-USP se dedica a pensar la macrometrópolis paulistana

 Léo Ramos ChavesA Regina Meyer le gustaba tanto la docencia en la carrera de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo (FAU-USP) que se empeñó en “negar la realidad” de tal manera que cuando se jubiló, con 70 años, en 2011, lo sintió como una interrupción brusca. “Estaba en pleno vuelo”, dice. “Seguía investigando y buscando crear nuevas asignaturas”. El entusiasmo de sus alumnos la contagiaba, y viceversa. Hoy en día ella dedica su energía a nuevos proyectos de investigación y a la supervisión de alumnos de posgrado.

La urbanista, nacida en Guaxupé (Minas Gerais) llegó en sus primeros años de vida a São Paulo, ciudad que se convirtió en el objeto de estudio prioritario en su carrera. Contrajo matrimonio a los 22 años y partió junto a su marido, el psicoanalista Luiz Meyer, para proseguir con sus estudios primero en Francia y más tarde en Ginebra, Suiza, donde ante la imposibilidad de afrontar un laberíntico proceso de selección para la facultad de arquitectura, se inscribió en psicología. “Ingresé en 1968. La carrera de psicología en la Universidad de Ginebra se hallaba en el tapete a nivel internacional gracias a la labor innovadora de Jean Piaget. Tuve que interrumpir mi carrera al finalizar el segundo año para regresar a Brasil”. Al arribar a Brasilia, adonde se mudó acompañando a su marido, que había aceptado una invitación para crear el Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Brasilia (UnB), se topó con un predominio de la tendencia behaviorista, opuesta a Piaget, en las carreras de psicología locales. Decepcionada, retomó su antiguo interés por la arquitectura, dando inicio a una carrera que se inclinó por el urbanismo y la planificación urbana.

Regina Meyer está casada y es madre de dos hijos: Diogo (biólogo) y Ana Elisa (productora en el área editorial). Y le concedió a Pesquisa FAPESP la siguiente entrevista en su departamento, situado en un edificio proyectado por el arquitecto Rino Levi en los años 1940, decorado con azulejos del paisajista y artista plástico Burle Marx, en un barrio de la región central de São Paulo.

Edad
75 años
Especialidad
Planificación y urbanismo
Estudios
Graduada en arquitectura y urbanismo en la Universidad de Brasilia (1974); magíster por la University of London (1977); doctora por la USP (1991)
Institución
Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la USP
Producción Científica
53 artículos, 22 capítulos de libros, 9 trabajos técnicos, 41 supervisiones de alumnos de posgrado

Sus estudios sobre las metrópolis, en particular São Paulo, siempre se caracterizan por el diálogo intenso con los cambios en el terreno práctico. ¿A qué se dedica actualmente?
Junto con colegas de la FAU vengo dando continuidad a un proyecto que, en mi caso, forma parte de un itinerario que comencé en mi doctorado, cuando estudié la São Paulo de los años 1950, y que prosiguió con la observación de los cambios que estaban suscitándose en la metrópolis durante los años 1990. Para el comienzo de los años 2010 estábamos realizando una investigación que avanzaba hacia una escala urbana ampliada, la de la macrometrópolis, un concepto que, si bien no era nuevo, se hizo más evidente durante las últimas décadas, marcadas por la enorme expansión territorial de las ciudades y metrópolis. En el caso que nos ocupa, se trata de la conjunción de las metrópolis paulistas que se encuentran emplazadas sobre un gran territorio de 53 mil kilómetros cuadrados, con una población de 30 millones de habitantes distribuidos en 173 municipios. Este inmenso conglomerado de ciudades que gravita en el entorno de las metrópolis crea un territorio urbanizado casi continuo que se irradia en ejes a partir de São Paulo. El trabajo se desplegó en varios puntos. En forma simultánea, la gobernación del estado de São Paulo elaboró un ambicioso Plan de Acción de la Macrometrópolis. Todavía no se ha arribado a resultados prácticos, puesto que la planificación tarda en generar arraigo. Empero, la definición de este poderoso territorio donde se concentra el 73% del total de la población paulista, un 83% del Producto Interno Bruto (PIB) estadual y casi un 30% del PIB nacional, cobró visibilidad y hasta diría que cobró preponderancia en las políticas públicas. Ahora la meta es escribir artículos cuyo denominador común son las dinámicas urbanas insertas en esa escala macrometropolitana. Aportarle visibilidad a esa organización territorial posmetropolitana es una contribución a las políticas públicas a esa escala.

¿Las funciones de cada ciudad se modificaron con la formación de la macrometrópolis?
La formación macrometropolitana constituye un proceso histórico. Se trata de un proceso de urbanización que, al evolucionar, fue instaurando distintas características urbanas. En los análisis de la evolución urbana, a medida que se alteran las escalas también se transforman los temas con los cuales tenemos que lidiar. En el caso de las macrometrópolis paulista, el reconocimiento de la existencia del potencial de dicho territorio, en términos contemporáneos, resulta muy importante y, aunque estuvieran siempre presentes, las políticas públicas para su fortalecimiento como territorio de funcionamiento articulado aún son incipientes. São Paulo es, y creo que continuará siéndolo, el núcleo de esta macrometrópolis, porque posee características funcionales inherentes  a un centro poderoso. Así como París y Londres dominan el territorio de su entorno, la hegemonía regional está presente en São Paulo debido a muchos factores, específicamente por la capacidad de organización del capital y, en cierto modo, de la fuerza laboral, así como de la investigación y el conocimiento, en función de los grandes centros universitarios, de la Bolsa de Valores, de las sucursales de empresas, etc. Esto no significa que ciertas metrópolis del tamaño de Campinas o São José dos Campos, que también poseen centros de investigación importantes, no puedan disputar en el futuro tales funciones. Por ahora, São Paulo concentra las instituciones públicas y privadas donde se toman las decisiones, aunque la fuerza laboral y la innovación productiva se encuentran distribuidas por las demás metrópolis.

¿Cuáles fueron los mojones de la trayectoria que la condujeron a sus estudios actuales?
Luego del doctorado, durante el transcurso de la década de 1990, quería dedicarme a estudiar las transformaciones urbanas a las que estábamos asistiendo en São Paulo. Eso implicaba, obligatoriamente, sumar a otras áreas del conocimiento. Entonces formé un grupo de trabajo que integraron mi colega Marta Dora Grostein, el economista Ciro Biderman, recién llegado de luego de realizar un doctorado en economía urbana en el MIT [Massachusetts Institute of Technology], que ya era docente  en la FGV [Fundación Getulio Vargas], con muchos alumnos de grado y de posgrado, sumando también al Cebrap [Centro Brasileño de Análisis y Planificación] y la FAU. Luego de seis años de trabajo, el resultado fue publicado en 2004 en São Paulo metrópole [editorial Imesp/ Edusp]. La idea central del estudio era identificar y analizar a São Paulo desde una perspectiva urbana en la década de 1990. Los datos, junto a una enorme producción de cartografía analítica, buscaban acompañar un proceso de cambios que venía madurando desde los años 1970, que conducían a la metrópolis hacia una etapa en la cual la actividad industrial empezaba a perder su hegemonía. Nuestro interés concreto era analizar el territorio urbano. La investigación logró un espaldarazo decisivo cuando en el año 2000 se creó el Centro de Estudios de la Metrópolis [CEM], como uno de los Centros de Investigación, Innovación y Difusión [Cepid] financiados por la FAPESP, en conjunto con el Cebrap, la Fundación Sistema Estadual de Análisis de Datos [Seade], la TV Cultura y el Sesc [actualmente el CEM también cuenta con una filial en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la USP]. En 2005, el grupo de la FAU se separó del Cepid y montó el Laboratorio de Urbanismo de la Metrópolis [Lume]. Esa fue una de las iniciativas más importantes de las que formé parte en la FAU. La creación del Lume abrió el camino hacia otros trabajos. Ese mismo año comenzamos un nuevo estudio, cuyo resultado fue el segundo libro sobre la metrópoli paulistana intitulado A leste do centro: Territórios do urbanismo, publicado en 2010 por la editorial Edusp e Imprenta Oficial del Estado.

¿Cuál era el abordaje?
Era un estudio enfocado en el crecimiento urbano y en las transformaciones de un sector delimitado a partir del área central de São Paulo. El énfasis inicial fue el proceso de transformación histórica de un territorio definido como “vector este del Centro” en dirección a los tradicionales barrios industriales, tales como Bom Retiro, Brás, Mooca, Pari, hasta llegar a la periferia del este del municipio. La investigación sufrió un fuerte recorte transdisciplinario, en el cual se destacaron los contenidos de la construcción histórica, el análisis ambiental, la estructuración urbana a partir del transporte público. También procuramos avanzar hacia una pauta de directrices de proyectos urbanos. En ese aspecto, introdujimos una nueva herramienta de planificación y proyecto, denominada ZIM (Zona de Interés Metropolitano). Se pudo analizar el impacto de la conexión del Centro, a través del transporte masivo, con las periferias más populosas, ubicadas a 30 kilómetros de distancia, por haber sido el mayor destino de los conjuntos habitacionales producidos por el gobierno entre los años 1960 y 1970. Por cierto, todos aquellos conjuntos se erigieron sin tener en cuenta el desplazamiento diario de sus habitantes para llegar a sus puestos de trabajo. El estudio reforzó la idea de que no podemos trabajar con las ciudades como si fueran “naturalezas muertas”, sino como espacios dinámicos, en permanente movimiento.

¿Cómo cambiaron sus actividades luego de jubilarse?
El retiro no implica desligarse del posgrado. Sigo cumpliendo con muchas actividades en la universidad. Mantuve la dirección de maestrías y doctorados, la investigación académica y las clases en las carreras de posgrado, algo muy presente en mi día a día. Mi carrera académica fue un poco sui generis. La mayoría de los docentes afianzaron sus trayectorias desde un enfoque más diversificado. La mía estuvo marcada por una gran actividad didáctica, con propuestas de nuevas carreras, trabajos en equipo y muchos dirigidos en tesinas de graduación.

¿A qué atribuye esa singularidad?
No hubo un proyecto deliberado. Al mirarlo en forma retrospectiva e incluso en forma muy crítica, tengo la impresión de que a mí me gustaban las actividades académicas relacionadas con el salón de clases. Hoy en día pienso que podría haberle dado un mayor equilibrio a mis actividades dedicándome un poco más a asistir a congresos, por ejemplo. Me encerraba mucho en el cuerpo a cuerpo cotidiano. Tampoco hice una carrera volcada al exterior. El énfasis por publicar en revistas extranjeras me llegó en forma tardía. Hace poco me invitaron para cumplir funciones de editora en un número temático sobre São Paulo para la Revista de Urbanismo Iberoamericano (RiUrb). Se trata de una publicación especializada en urbanismo, muy prestigiosa, que se publica simultáneamente en Buenos Aires y en Barcelona. Ése es el tipo de trabajo que sólo hago ahora.

¿Qué tipo de asignaturas creó?
Me propuse crear materias optativas volcadas al urbanismo contemporáneo. Hasta la década de 1980 nuestras carreras trabajaban bajo los marcos del Movimiento Moderno. Pero, por otro lado, se tornó importante distinguir con los alumnos los temas de urbanización de los referidos al urbanismo. La urbanización entendida como un proceso y el urbanismo como la forma que obtiene ese proceso a través de la realización de proyectos de todo tipo, desde lo infraestructural a los parámetros constructivos, fue introducida en la FAU en forma muy sólida durante los años 1960, por medio del estudios y libros del profesor Nestor Goulart Reis. Fue un trabajo valioso, que influyó mucho en la enseñanza, tanto dentro de la facultad como fuera de ella. No obstante, pese a ese acervo metodológico, en algunas carreras perduró una indistinción que yo consideraba perjudicial. Intenté mostrar, desde las cátedras en que daba clases, que el urbanismo es una actividad indisociable del proyecto y siempre propositiva. Ése fue mi aporte para los estudiantes y jóvenes arquitectos que estudiaban en la facultad en los años 1990 y 2000.

¿Por qué tanto énfasis?
Porque considero que era necesario tener claridad al respecto de los temas pertinentes al urbanismo y aquéllos correspondientes al proceso de urbanización. Además, sumado a ello había otro punto que debía afrontarse en relación a la planificación urbana. En la FAU, hay un grupo de materias que se ocupan exclusivamente de la planificación urbana, cuyos docentes son muy activos y productivos. Pero se distingue, en términos de abordaje y producción de las que lidian con el urbanismo y con la urbanización. La planificación urbana promueve circunstancias procesuales y adecuadas para que el proyecto urbanístico se realice. Más que complementarias, se trata de esferas de actuación totalmente interdependientes. Es interesante recordar que las distinciones quedaban muy claras en las cátedras de historia del urbanismo, de planificación urbana o de urbanización. Todo el material que compone cada uno de esos desarrollos es distinto, específico. En la práctica, cuando hablamos de intervención urbana propositiva, es importante reconocer las dificultades que se originan en la desarticulación entre un plan que no se concreta debido a la ausencia de proyectos urbanísticos que se ajusten a lo planificado, o bien, proyectos o planos elaborados sin considerar en forma correcta el proceso de urbanización.

Hoy en día, ¿por dónde se puede tirar de la cuerda para solucionar los problemas de la ciudad?
Esa es una pregunta casi sin respuesta. La solución a los problemas de la ciudad y de la metrópolis es una meta siempre presente, compleja y que sólo puede afrontarse en forma paulatina. No puede señalarse un camino único o lineal. El adjetivo “estratégica” que se incorporó al vocabulario de la planificación brinda una idea de la necesidad de revisar permanentemente los objetivos y, sobre todo, los instrumentos de acción. Un rumbo posible para entender los dilemas actuales de la ciudad de São Paulo está asociado con su abrumador y desorganizado crecimiento territorial, con su expansión sin límite y, principalmente, con un modelo es expansión periférica. Una perspectiva esclarecedora podría surgir de su misma evolución, mejor dicho “involución”, de los transportes públicos y del propio modelo de expansión urbana. A partir de mi trabajo con los temas de la década de 1950 para redactar mi tesis constaté  que en los años 1930 no elegimos solamente un modelo de funcionamiento para la ciudad sino, sobre todo, un destino. Al optar por el sendero marcado por el plan de construcción del sistema vial propuesto por el alcalde Prestes Maia [1938-1945], nos encaminamos en forma inexorable hacia un modelo de autopistas. Actualmente queda claro que uno de los grandes déficits de la ciudad es la insuficiencia del transporte público y de la circulación. Con la instauración de las vías rápidas y el creciente aumento del parque automotor, las cuestiones de la movilidad y del tránsito monopolizaron las propuestas. El destino de la ciudad quedó definido cuando en la década de 1930 se rechazó la idea de construir el ferrocarril metropolitano subterráneo (el metro). Prestes Maia sostenía entonces que el metro era una solución correcta en términos de transporte masivo, aunque inadecuado como propuesta urbanística para São Paulo, en ese entonces. Desde su perspectiva, primero se necesitaba establecer una gran red de avenidas y un sistema vial articulado para recién después introducir una red ferroviaria. Eso resultó fatal.

El hecho de haber cursado la carrera en Brasilia, una ciudad planificada por excelencia, ¿influyó en sus concepciones urbanísticas?
Mi carrera la cursé en esa ciudad que era un verdadero laboratorio de funcionalismo urbano y modernismo arquitectónico. En la UnB parecía no haber otra opción para pensar las ciudades. Estudiaba y residía en Brasilia en una forma acrítica. Tenía un hijo de 3 años que iba a la escuela solo mientras yo lo vigilaba desde la ventana. Me vanagloriaba con esa ventaja ante otras madres que vivían en São Paulo y llevaban a sus hijos a la escuela en automóvil. La vida en la supercuadra me parecía maravillosa. Además, al comienzo de los años 1970, la ciudad aún se hallaba en construcción y todos nos sentíamos parte, “constructores” de ese proceso, incluso viviendo en plena dictadura militar.

¿Cuándo empezó a ver a Brasilia desde una perspectiva crítica?
Mientras vivía allá, convivía con personas que trabajaba en el Plan Piloto y residían en las ciudades satélites: Gama, Taguatingua, Sobradinho… La gente venía diariamente desde lejos y precisaban llegar a la estación de autobuses, ubicada en  el centro geométrico de la ciudad para desde allí, partir hacia sus lugares de trabajo en las supercuadras o en otros sectores del Plan Piloto. Para mí fue quedando claro que ahí había un punto no resuelto, un problema. Estaba a la vista que el plan no había resuelto adecuadamente el tema de la segregación espacial urbana.

¿Qué puede decir hoy del proyecto de Brasilia?
Pienso que es una ciudad surgida a partir de una teoría, que en su infancia ya tenía completamente definida su imagen adulta. Por ende, en el curso de su desarrollo no se adaptaría para incorporar las transformaciones que sobrevendrían, siendo, como era, hija de la más ortodoxa teoría del funcionalismo. No puede negarse que Brasilia reveló rápidamente sus fragilidades, es decir, la vida cotidiana deja en claro que aquella no es la forma más adecuada de proyectar la ciudad del futuro. El proyecto cerrado, elaborado con todos los condicionamientos de la década de 1950, dejaba poco margen para incorporar lo nuevo. Creo que esa intensa experiencia vivida en Brasilia me condujo a concentrarme en el urbanismo como tema de estudio y laboral.

¿Cómo influyó el posgrado en Londres en su visión?
Cuando arribé en 1976 a la Architectural Association School of Architecture, una escuela vanguardista, y constaté que ya disponían de una gran cantidad de textos críticos sobre el objetivo de los puntos doctrinales del funcionalismo ortodoxo, fue a duras penas que fui notando que debía rever mis posturas. Lo que yo conocía era un urbanismo creado para resolver los problemas de la ciudad industrial, construidas desde cero y guiado por la organización de las funciones –habitar, trabajar, recrearse y circular– pensadas en forma separada. Noté que las ciudades construidas desde cero ya no eran una medida de los desafíos que afrontan las ciudades contemporáneas. No quería renegar de mi formación, pero tuve que inclinarme ante las evidencias. Casi como un retorno a aquella etapa de mi formación, en el inicio del posgrado, escribí recientemente un artículo sobre el libro intitulado Los Angeles – A arquitetura de quatro ecologias (Martins Fontes), de Reyner Banham, publicado en 1971 y traducido al portugués, en Brasil, hace tan sólo cuatro años. En ese artículo, publicado en la Revista Pós, de la FAU, retomo mis intereses de los años 1970. Banham era docente en la Bartlett School of Architecture, en la cual hice la segunda parte de mi posgrado, luego de dejar la Architecture Association. Su pensamiento fue una gran influencia para mí en ese entonces.

A su regreso, ¿pudo aplicar los conocimientos que trajo?
Ni bien llegué tuve la oportunidad de dirigir el Departamento de Patrimonio Histórico [DPH] del municipio, ligado a la Secretaría de Cultura, entre 1983 y 1985. Me empeñé bastante en embeberme en los temas de la preservación del patrimonio histórico específicos de São Paulo. Luego de algunos meses de labor, mientras participaba en la elaboración del Plan Director coordinado por el arquitecto y secretario de Planificación Jorge Wilheim, comencé a pensar que los asuntos de la preservación del patrimonio, de lo cual se ocupaba el DPH, serían más adecuados si se le incumbieran a un organismo de planificación. El secretario de Cultura, Gianfrancesco Guarnieri se enfadó mucho con mi postura y me destituyeron. Mi participación en los debates y en la elaboración del plan director de la ciudad, al comienzo de los años 1980, me generó un genuino interés por los temas del área central de São Paulo que más adelante retomé. Al dejar el DPH comencé a trabajar en la Secretaría Estadual de Cultura, donde coordiné un proyecto propuesto por el secretario Jorge da Cunha Lima, denominado Luz Cultural. El objetivo era la creación de un barrio donde la cultura sería la actividad primordial. Ciertos proyectos en curso en Europa estaban influyendo. En ellos se planteaba la creación de espacios urbanos privilegiados para las actividades culturales que, a su vez, promovían procesos de renovación urbana. En Europa, el desplazamiento de los grandes mercados de alimentos de las regiones centrales para relocalizarlos en áreas más distantes abrió el camino para reurbanizaciones radicales. Hoy en día pienso que, a pesar de la intuición correcta de esa propuesta, la función cultural no sostendría las transformaciones urbanas deseables para la región.

¿Qué cambios pudo observar en la FAU?
El gran sacudón que sufrieron la arquitectura y el urbanismo a partir de 1960 y 1970, centrado en el Movimiento Moderno, como no podía ser de otra forma, afectó en la práctica y también en la enseñanza. La renovación teórica fue intensa. Eso repercutiría en forma marcada en el contenido de las carreras. Pero la decisión de rever convicciones y, consecuentemente, el propio método de enseñanza se reveló como una tarea bastante difícil. Se produjo un cierto atrincheramiento contra las nuevas teorías, especialmente contra aquéllas que cuestionaban aspectos del modernismo y del funcionalismo urbano. Un ejemplo conciso: en Londres existía un organismo emblemático de planificación urbana, el Consejo del Gran Londres (GLC), que concentraba todas las informaciones necesarias para la elaboración de la planificación y del proyecto urbano. Eso era algo envidiado en todo el mundo por su pionerismo y eficiencia. Ese centro fue cerrado en 1083, luego de que Margaret Thatcher [1979-1990] asumiera el cargo de primera ministra. El ascenso del thatcherismo, en el caso de Londres, y del neoliberalismo, en forma general, condujo a la planificación urbana y al urbanismo a un gran retroceso. Hasta los años 1980, en São Paulo, las secretarías municipal y estadual de Planificación eran organismos importantes. Pero a partir de los años 1990 se tornaron mucho menos decisivas. Todo eso dificultó la aceptación de críticas pertinentes que surgían en aquél momento.

¿De qué forma abordó usted curricularmente esos cambios?
En 1991 propuse la asignatura denominada “Intervención en la ciudad existente: La trayectoria del proyecto urbano”. El objetivo era discutir los proyectos, tanto los del exterior como los nacionales, buscando desarrollar la capacidad del alumno de realizar un análisis crítico de los proyectos urbanos contemporáneos. Hicimos un gran esfuerzo para que la cursada y los ejercicios desarrollados en clase llevasen a los alumnos a entender la complejidad de la ciudad contemporánea, la ciudad existente, para extraer de ella las posibilidades del proyecto. Sus condicionantes, de todo orden, son que deberían ser los puntos de partida del proyecto. Ese curso fue el principal responsable de mi compromiso con la carrera.

En esa misma época de crisis de la planificación en el exterior, Brasil se encaminó en la dirección contraria, con la definición de la función social del hábitat en la Constitución de 1988, la aprobación del Estatuto de las Ciudades en 2001, la creación del Ministerio de las Ciudades, los planes directivos…
Esa dirección opuesta, en realidad, se ajusta a importantes marcos legales. Algunos de ellos todavía incompletos en cuanto a lo sustancial. El propio Ministerio de las Ciudades es poco efectivo. Pese a la incidencia de lo urbano en Brasil, no llega a ejercer un rol importante en el pensamiento de las ciudades y metrópolis nacionales. Su única intervención de peso se verificó en la instauración del programa Mi Casa, Mi Vida que lleva invertidos unos 300 mil millones de reales, construyendo conjuntos habitacionales que conservan todas las características del triste modelo periférico difundido durante los años 1960. La planificación quedó en una posición casi irrelevante. Una acción de planeamiento, como tal, debería congeniar el transporte con el valor de la tierra, por ejemplo. Muchos proyectos habitacionales desconocen el impacto  de la construcción de una línea y las estaciones del metro. Las contradicciones saltan a la vista. La red de transportes de São Paulo se está ampliando y pronto habrá ferrocarriles subterráneos en regiones donde aún se carece de infraestructura básica. Es un gran desfasaje, pero por otro lado, se necesita promover la instauración del transporte masivo, que resulta esencial para mejorar la calidad de vida de los habitantes.

Usted siempre defendió una idea que ha sido polémica, sobre la densificación demográfica del centro de São Paulo.
La defensa de esa densificación no era polémica. Casi estaba consensuado que el centro estaba vacío, y eso es un desperdicio, porque allí se concentra en forma muy concreta una infraestructura capaz de albergar mucha más gente. Hubo un período en el que los residentes del área central se fueron desplazando hacia la periferia. Yo defendía la idea, que hoy se tornó hegemónica, de la necesidad de repoblar el centro. La densificación sería una forma de aprovechar la infraestructura implantada. La región central ofrece la segunda mayor cantidad de puestos de trabajo de la ciudad. Hoy en día, los sectores del municipio con los mayores índices de tránsito son barrios estrictamente residenciales con bajísima densidad demográfica, como es el caso de Morumbi. Como contrapartida, en un área de uso mixto puede hacerse todo prácticamente a pie.