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Historias emplumadas

Un estudio asocia la evolución de las aves a las transformaciones del planeta,y suministra una medida del riesgo de extinción

eduardo cesar Destinos opuestos: el muitú (a la izquierda) y el jacupoí (a la derecha), reintroducidos en la naturaleza, y el jilguero dorado, casi desaparecidoeduardo cesar

Las aves típicas brasileñas empezaron a surgir hace 76 millones de años. En aquella época, cuando se produjo la separación de los bloques continentales que formarían América del Sur, África, Australia y la Antártida estaba prácticamente concluida, las especies que antes compartían el mismo territorio primitivo se aislaron. Y entonces se intensificó el proceso de diferenciación que derivó en América del Sur, entre los actuales papagayos, loros, guacamayos y cotorras. Un grupo de biólogos coordinados por Anita Wajntal, del Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (IB-USP), al margen de contar la historia de las aves brasileñas mediante el análisis de la molécula de ácido desoxirribonucleico (el ADN), analizó las posibilidades de supervivencia de las actuales poblaciones de aves, en especial aquéllas amenazadas por el comercio ilegal y las talas, e indicó cuáles corren efectivamente riesgo de extinción.

Para arribar a esos resultados, los investigadores analizaron poblaciones de aves mediante el grado de variación de las características genéticas de cada especie, la llamada variabilidad genética -cuanto más elevada, mayores la posibilidades de mantenimiento de un grupo, pues mayor es su capacidad de adaptación a los cambios del ambiente. A veces, una especie de distribución amplia, pero formada por poblaciones de poca variabilidad genética, puede correr el mismo riesgo de extinción que especies de distribución más restringida. Ése es el caso del guacamayo azul y amarillo (Ara ararauna), con un índice de similaridad genética tan alto (0,31) como el de las especies más amenazadas, como el guacamayo azul o ara jacinto (Anodorhynchus hyacinthinus). Este índice compara el grado de semejanza entre individuos de una misma especie y varía de 0 (sin similaridad) a 1 (idénticos).

Los loros, periquitos y guacamayos amenazados de extinción tienen un índice de similaridad igual o superior a 0,25, mientras que las especies fuera de riesgo se ubican por debajo de ese valor. “Cuanto mayor es la variabilidad genética”, explica Cristina Miyaki, del IB-USP, y colaboradora próxima de Anita, “aumenta más la probabilidad de que algunos representantes sobrevivan y les pasen sus características a las generaciones siguientes”. Una de las especies que más amenazadas, con una similaridad de 0,27, es el ‘papagaio-da-cara-roxa’ (Amazona brasiliensis), del cual quedan unos 3 mil individuos en tramos costeros del Bosque Atlántico. Con el ‘papagaio-da-ilha-de-marajó’ (Amazona ochrocephala xantholaema), la sorpresa fue inversa: se esperaba encontrar una población pequeña, con un alto índice de similaridad y aislada en el lugar. Pero esta especie también vive en el continente, se ha registrado intercambio entre las poblaciones y la similaridad es baja (0,17).

“Como no es posible preservar todo, es necesario establecer prioridades y saber qué representa cada grupo de aves en el conjunto de la biodiversidad de una región o de Brasil”, comenta Anita. Su trabajo atrajo a investigadores de todo el país debido a la perspectiva de conservar especies brasileñas y por la simplificación del análisis del ADN, hecha posible por la acción del equipo de la USP: en lugar de llevar equipamientos al campo, se extraen una o dos gotas de sangre, que son enviadas para su análisis en el laboratorio. Mediante ese test, que resulta en un tipo de código de barras, único para cada individuo, se puede también determinar el sexo de algunas aves -solamente por la apariencia es imposible distinguir un macho de una hembra de cotorra o de guacamayo, por ejemplo. Antes, para saber el sexo, era necesario someter a las aves a una pequeña cirugía, en la cual se efectuaba un corte de 1 centímetro en el abdomen para observar las gónadas.

El análisis del sexo y de la variabilidad genética asociados facilitan la formación de parejas para la reproducción en cautiverio y permiten proponer un programa de fortalecimiento de las poblaciones por medio de cruzamientos entre individuos genéticamente más diferentes entre sí. Esto fue lo que sucedió con la ‘ararinha-azul’ (Cyanospsitta spixii), en uno de los casos en lo cuales los especialistas del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y de Recursos Naturales Renovables (Ibama) solicitaron la colaboración del equipo de la USP para salvar a la especie, considerada extinguida en la naturaleza -el último ejemplar suelto, hallado en diciembre de 2000 en Curaçá, Bahía, era macho, de acuerdo con el sexaje realizado con el ADN extraído de las plumas encontradas en la región. La situación de dicha especie es crítica: el estudio de los ejemplares de cautiverio mostró que pueden ser considerados parientes, con grado de similaridad del 70%. Existen apenas unas 60 ejemplares de ‘ararinha-azul’ en el mundo.

Actualmente el grupo de la USP mantiene asociaciones con investigadores de siete estados. La primera de éstas nació hace diez años con la bióloga Neiva Guedes, de la Universidad para el Desarrollo del Estado y de la Región del Pantanal (Uniderp), que coordina el proyecto de conservación del guacamayo azul (A. hyacinthinus), amenazado de extinción, con una población estimada en 5 mil individuos. Del análisis del ADN de la sangre que Neiva envió surgió una mala noticia: el guacamayo azul presenta una variabilidad genética baja: de 0,34, lo que puede dificultar el trabajo de preservación de la especie. Pero, entre los pichones, la cantidad de machos es igual a la de hembras, algo importante para que haya equilibrio poblacional.

El trabajo permitió también la reconstitución de la historia y de las relaciones entre las especies de tres grupos de aves neotropicales que viven en la franja de que va desde Sudamérica hasta México: los psitácidos (guacamayos, loros y cotorras), los ranfástidos (tucanes) y los cracidos (‘mutuns’, ‘jacus’ y ‘aracuãs’ – las llamadas gallinas brasileñas). En total, son 122 especies y 40 géneros, que representan un 85% de los géneros deesos grupos de aves neotropicales. Con base en los exámenes de ADN y con el apoyo de registros fósiles, las investigadoras calcularon el número de mutaciones incorporadas al genoma de cada especie en el transcurso del tiempo, el llamado reloj molecular, y montaron un gráfico de la evolución de los tres grupos y de los períodos geológicos en los que se produjo la diferenciación entre ellos.

“Hace 76 millones de años, se produjo una separación en el grupo de los psitácidos, entre los neotropicales y los australianos”, dice Cristina. En esa época se produjo también la separación del supercontinente Gondwana, que se partió en África, América del Sur y Antártica. El análisis de ADN indica que no fueron apenas los loros, los periquitos y los guacamayos los que aislaron y iniciaron una historia propia: las gallinas brasileñas también se separaron de sus hermanas australianas en esa misma época. En este punto, el equipo de la USP tiene su propia opinión, que diverge con la mayoría de los ornitólogos, que se inclinan a creer que el origen no fue un evento acaecido en Gondwana, sino que los cracidos habrían llegado provenientes América del Norte. Anita y sus colaboradores sustentan su punto de vista en el artículo que será publicado en diciembre en la revista Systematic Biology.

Mucho después, hace 35 millones de años, se produjo la separación entre los psitácidos de cola corta (loros) y los de cola larga (periquitos y guacamayos). En la misma época, se separaron los cracidos: por un lado, el grupo de los ‘mutuns’ y ‘jacus’; y por el otro, el de los gallináceos menores conocidos como ‘aracuãs’. Era el final de una era de cambios paleogeográficas en los cuales surgieron los casquetes polares, el planeta se enfrió, el nivel de los océanos bajó y las lluvias disminuyeron.

Cristina sitúa entre 22 y 18 millones de años atrás la separación de géneros entre los psitácidos de cola larga, en una fecha próxima a la de la separación de géneros de los cracidos, hace 19 millones de años. “Esas diversificaciones se produjeron al final de una época en la cual las placas tectónicas continentales se superpusieron, elevando la cordillera de los Andes y cambiando el curso de las grandes cuencas fluviales, como la del Amazonas. Ese movimiento hizo que el mar avanzara continente adentro y luego retrocediera”, dice. Finalmente, la definición de las especies actuales también se produjo con cierta coincidencia: entre 12 millones y 1 millón de años para los psitácidos, y entre 9,8 millones y 1,1 millón de años para los cracidos.

Cuando se propuso trabajar con aves brasileñas, Anita dio preferencia a las especies amenazadas, que pierden su hábitat y son intensamente cazadas por deporte, para servir de alimento o también para abastecer a criadores y a zoológicos del exterior. La importancia de estudiar las aves se debe al papel de bioindicador que éstas desempeñan: la desaparición de una especie en una región indica la destrucción de su hábitat. Es el caso del jilguero dorado (Sicalis flaveola), en gradual proceso de desaparición como consecuencia del avance de los monocultivos, de las inundaciones causadas por las hidroeléctricas y de la caza: su canto es uno de los más apreciados por los pajareros. “Las aves amenazadas pueden convertirse en símbolos para atraer a las comunidades locales en el esfuerzo de preservación de los ecosistemas”, sugiere la investigadora.

Anita se manifiesta contraria a soltar animales en la naturaleza -aunque tal acto tenga la mejor de las intenciones-, sin las estrictas precauciones que determinen si tal acto puede o no perjudicar a individuos de la propia especie. “Las aves muchas veces están débiles por la vida en cautiverio, pueden contraer una virosis y cuando se las suelta pueden propagar la infección, con resultados catastróficos”, advierte. “Los animales solamente deben ser liberados una vez que han sido tomados todos los cuidados veterinarios, y aun así, solamente en regiones en donde no existan más. Asimismo, las sueltas deben ser monitoreadas para la posterior evaluación de los impactos”.

Como permanentemente llegan muestras de sangre de aves de todo el país, el laboratorio de la USP se la pasa de susto en susto. El guacamayo azul y amarillo (Ara ararauna), pese a haber sido considerado extinguido en São Paulo, es común en los palmares de aguajes y en las sabanas de América del Sur, desde Paraguay hasta Panamá. Pero aun así, la población estudiada exhibe un índice de similaridad cercano al de las especies más amenazadas, de 0,34. Uno de los motivos que pueden explicar esa excepción es el hecho de que esa población de guacamayos azules y amarillos vive muy aislada, de manera tal que los apareamientos solamente se dan dentro del grupo -de esa forma tiende a caer la variabilidad genética.

El equipo de la USP sabe desde hace tiempo que cualquier tipo de ayuda es preciosa cuando se desea efectivamente conservar a las especies brasileñas. El estudio de los cracidos, el grupo de las gallinas brasileñas, avanzó ostensiblemente con la participación del personal de la hidroeléctrica de Paraibuna, en el Valle do Paraíba. Se creó allí un vivero de estas gallináceas, capturadas antes de la formación del lago para la construcción de la represa, concluida en 1978. Tras la reforestación de un área alrededor de la hidroeléctrica, los pichones de dos especies de ‘jacu’ (pava de monte común – Penelope obscura y yacupoí – Penelope superciliares) fueron reintroducidas en la naturaleza. La comparación posterior de muestras de sangre de las aves sueltas y de las cautivas mostró un grado de parentesco elevado. “Esto indica que las aves sueltas permanecieron en la región y están bien adaptadas”, celebra Anita.

En torno a la hidroeléctrica Porto Primavera, en el extremo oeste paulista, lograron la libertad los ‘mutuns’ (muitúes – Crax fasciolatta), recuperados tras haber permanecido prisioneros en pequeñas islas. Los biólogos de la USP no esperaban hallar en esas aves, de amplia distribución, una alta similaridad genética (0,35). Pero al observar los mapas de antes y después de la inundación, vieron que la región ya había sido devastada y contaba con escasísima vegetación autóctona, pocos bosques ciliares y abundantes eucaliptos, una especie exótica. Una situación nada favorable para os muitúes.

EL PROYECTO
Estudio de la Estructura Poblacional y Relaciones Filogenéticas de las Aves
Modalidad
Proyecto temático
Coordinadora
Anita Wajntal – Instituto de Biociencias/ USP
Inversión
R$ 478.127,54