POLÍTICA C&T

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Del compromiso a la acción

Expertos debaten sobre los caminos para promover de modo continuo y efectivo una cultura de la honestidad en el ambiente de investigación

FABRÍCIO MARQUES | ED. 223 | SEPTIEMBRE 2014

 

imagem.po_-224x300¿Qué es lo que hace falta para que las universidades e institutos de investigación trasciendan la línea discursiva y las buenas intenciones, pasando a la adopción de políticas y acciones destinadas a promover de manera permanente una cultura de integridad en la investigación científica? Este planteo sobrevoló buena parte de los debates del 3º Brispe (Brazilian Meeting on Research Integrity, Science and Publication Ethics), que congregó a más de cien personas en el auditorio de la FAPESP, en São Paulo, entre los días 14 y 15 de agosto. El trasfondo del encuentro, que tuvo como tema central las prácticas institucionales para promover tanto la integridad como una conducta responsable en la investigación, fue la constatación de que la mayoría de las universidades e instituciones científicas, tal como sucede en el exterior, aún intervienen principalmente en forma reactiva, ocupándose de los escándalos luego de que éstos toman estado público, y se topan con dificultades para la creación de estrategias preventivas tendientes a la consolidación de comportamientos éticos en todos los niveles jerárquicos del ámbito investigativo. El congreso también sirvió como reunión preparatoria para la 4ª Conferencia Mundial sobre Integridad Científica, que se llevará a cabo en 2015, en Río de Janeiro (vea el diagrama de la página 38).

Los debates en el auditorio de la FAPESP señalaron un conjunto de desafíos que las instituciones necesitan afrontar. Nicholas Steneck, profesor emérito de la Universidad de Michigan, reveló que la capacitación permanente de estudiantes e investigadores, propuesta en diversos documentos y códigos de buenas prácticas, pero realizado en forma esporádica y desigual, es extremadamente importante. En Estados Unidos, la principal potencia científica del planeta y cuna de las políticas de integridad científica desde los años 1980, se ha fracasado en la implementación de tales disposiciones, dice el investigador. Las agencias de fomento estadounidenses, por ejemplo, exigen que los grupos de investigación financiados por ellas dispongan de planes para la capacitación de estudiantes e investigadores. Sin embargo, esas iniciativas carecen de consistencia e implican con frecuencia un trabajo voluntario de los investigadores, presentando además, un formato y objetivo diferentes, a veces dentro de una misma institución. Algunos planes se basan en módulos de capacitación, otros en cursos o en el trabajo de mentores. “Es difícil controlar la calidad de esas iniciativas”, dijo Steneck. También existe la oferta de capacitación vía web. La ventaja, sostuvo el investigador, radica en que se cuenta con un contenido uniforme, aunque su impacto en el público blanco es cuestionable. Y sugirió un abordaje híbrido, que comience en la web y progrese hacia un seguimiento individualizado. “El gran desafío consiste en lograr el compromiso de la audiencia, porque resulta difícil hablar sobre la integridad científica todo el tiempo”, dijo Steneck, quien ve como algo natural que haya cierta aversión hacia el tema, generalmente vinculado con escándalos y malas noticias.

imagem.2-228x300También hace falta ensamblar las políticas sobre integridad entre los diversos niveles institucionales, así como entre países y campos del conocimiento. Existe una lista de declaraciones aprobadas en eventos internacionales, además de códigos de buenas prácticas elaborados por instituciones, pero sus abordajes son diversos y no siempre poseen denominadores comunes. Algunos países se empeñan en definir minuciosamente los tipos de mala conducta, para combatirlos mejor, en tanto que otros prefieren abordar el tema en forma positiva, priorizando la formulación de buenas prácticas. El director del programa de responsabilidad científica y derechos humanos de la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia (AAAS, según su sigla en inglés), Mark Frankel, manifestó que las sociedades científicas vinculadas a campos del conocimiento pueden colaborar para consolidar el esfuerzo de universidades y gobiernos, tanto orientando la capacitación en prácticas para garantizar calidad y honestidad en la investigación como generando reglas para dotar de transparencia al aporte de cada autor de un artículo científico, toda vez que la definición acerca de quién firma y en qué posición, varía de acuerdo con cada disciplina. “Las sociedades científicas están bien posicionadas para mantener valores y patrones éticos a lo largo del tiempo, así como para transmitírselos a las nuevas generaciones”, dijo Frankel.

En el campo de la publicación de los resultados de investigaciones, la definición de modelos éticos y prácticas a seguir por los autores y editores está vista como algo fundamental para garantizar la calidad de la producción científica. Charlotte Haug, jefa de edición de la revista de la Asociación Médica de Noruega, presentó en el Brispe el esfuerzo del Commitee on Publication Ethics (Cope), un foro que congrega a 9 mil editores de periódicos científicos para ofrecer directrices comunes relacionadas con la integridad de la ciencia. El establecimiento de tales criterios, con todo, es un trabajo en permanente construcción. Según Haug, aún se presentan situaciones en una especie de zona gris. Y citó, por ejemplo, el caso de periódicos y repositorios que no cuentan con un editor responsable. “¿Quién los corregirá en el caso de que hubiera un error en esa literatura?”, indagó ella, quien se desempeña como vicepresidente del Cope. Existe consenso al respecto de varias situaciones en que un artículo científico publicado debe anularse, o “retractarse”, tal como se expresa en el ámbito científico: si su contribución no es original o si se detecta fraude o falsificación de datos, por ejemplo. Sin embargo, hay casos que representan un desafío para el Cope. “Hay editores que pretenden retractar artículos tan sólo para evitar procesos judiciales”, dijo la investigadora. Uno de los pilares del trabajo del Cope radica en mostrar que la responsabilidad sobre la exactitud de los resultados de un artículo científico no se limita al investigador, sino que alcanza también a los editores, a las instituciones donde se llevó a cabo la investigación y a las agencias de fomento. “Todos aquellos que pretenden gozar de crédito cuando la investigación es exitosa, también deben hallarse preparados para corregir el registro científico cuando algo sale mal”, sostuvo Haug.

036-041_Brispe_223NOVO-01En 2010, la FAPESP lanzó su Código de buenas prácticas científicas, un compendio de directrices éticas para la actividad profesional de los investigadores que reciben becas y ayudas de la Fundación. A juicio de Luiz Henrique Lopes dos Santos, miembro de la Coordinación Adjunta de Ciencias Humanas y Sociales, Arquitectura, Economía y Administración de la FAPESP, aún no existe universidad o institución de investigación en el estado de São Paulo que haya creado un organismo interno para la promoción de la integridad científica por medio de programas regulares de educación, difusión y capacitación, tal como lo establece el código. “La respuesta de las universidades e instituciones de investigación en relación con las responsabilidades que se les adjudican ha sido algo lenta”, expresó. Lopes dos Santos elogió la participación de representantes de universidades de São Paulo y de otros estados en las discusiones del Brispe, organizado con el objetivo de ampliar el compromiso de las instituciones. “Nuestra meta ha sido estimular a las instituciones para que formulen políticas para promover una cultura de integridad en forma permanente”, sostuvo.

Un ejemplo pionero de estructura permanente para fomentar buenas prácticas científicas se está implementando en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y fue presentado en el Brispe por la prorrectora de Investigación de la Institución, la profesora Debora Foguel. La Cámara Técnica de Ética en la Investigación Científica, que se creó en julio de 2013, dispone de un equipo de 30 personas, entre personal técnico y estudiantes interesados en el tema, y posee seis subcomités, que se reúnen regularmente y abordan temas tales como ética en las investigaciones con seres humanos, integridad científica, uso de animales en laboratorios y con fines educativos, bioseguridad, acceso a la biodiversidad y conexión de la universidad con la industria. La vicecoordinadora de la cámara es la investigadora Sonia Vasconcelos, docente de la UFRJ y una de las más activas estudiosas de la integridad científica de Brasil, que no por azar fue una de las organizadoras de las tres ediciones del Brispe. “La creación de la cámara fue una respuesta a la constante preocupación sobre las cuestiones éticas implicadas en la práctica y la comunicación de la investigación académica, a la creciente demanda de transparencia en la ciencia y a la necesidad de promover paradigmas éticos y de responsabilidad entre estudiantes, investigadores y personal técnico”, dijo Foguel.

En poco más de un año de actividad, la cámara ha organizado workshops para investigadores que capacitaron a estudiantes y colegas en temas relacionados con la integridad científica, debatió directrices para la UFRJ que serán lanzadas ya este mes y adquirió la licencia de un software capaz de detectar plagios en trabajos científicos de estudiantes e investigadores. “Todavía necesitamos debatir en profundidad qué hacer con los casos de fraude, invención de datos y plagio eventualmente descubiertos”, dijo la prorrectora. Un caso de plagio identificado en una monografía presentada por una estudiante de historia brinda un parámetro sobre la complejidad de dicha labor. Como el plagio afectaba a casi la totalidad de la tesina de conclusión de la carrera, a la alumna se le denegó el diploma. Pero el consejo universitario, máximo organismo de la UFRJ, decidió brindarle una segunda chance, exigiéndole, naturalmente, que elaborara otra monografía. La estudiante también fue admitida en el cuerpo de la Cámara Técnica, donde mantiene contacto con conceptos relacionados con la integridad científica. Para Debora Foguel, el episodio dejó una serie de conceptos para la discusión, tales como las condiciones en las cuales se debe brindar una nueva oportunidad a un estudiante que plagia o la capacidad real de enseñarle a un alumno a ser honesto. Pero esa responsabilidad, sostiene, ciertamente no se limita a los estudiantes. “¿Le dedicamos suficiente tiempo a la lectura y corrección de proyectos, evaluaciones, monografías y tesis de nuestros estudiantes, estimulándolos a ser creativos y mostrándoles que nos interesa lo que escribieron?”, se preguntó.

El científico Yoshiki Sasai, quien se suicidó en agosto, luego de la anulación de artículos sobre células madre

El científico Yoshiki Sasai, quien se suicidó en agosto, luego de la anulación de artículos sobre células madre

La tarea de combatir las malas conductas se torna más desafiante a medida que la producción mundial de conocimiento crece y un conjunto cada vez mayor de países se afirma en el escenario científico. “El problema se ha tornado global. Todos los países que producen ciencia están sufriendo el impacto. Quien diga lo contrario está ignorando el problema”, afirmó Nicholas Steneck. “Brasil también se ha sumado a ese club”, dijo, en referencia a un conjunto de casos de plagio, fraude y manipulación que involucra a investigadores y publicaciones brasileñas en las áreas de física, química, materiales y medicina descubiertos en los últimos tiempos, donde uno de los más comentados involucraba a un esquema de citas combinadas entre periódicos brasileños para elevar sus factores de impacto (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 213). “Sin embargo, Brasil está trabajando más que otros países para fomentar la integridad científica” dijo Steneck.

Las fallas en la conducta de los científicos, más allá de su identificación y castigo con una frecuencia cada vez mayor, se están tornando más sofisticadas. Ya no se trata tan sólo de combatir los casos clásicos de plagio, fraude y falsificación de datos presentes en la definición sobre mala conducta en vigencia desde los años 1990. Los problemas se han tornado más complejos y ahora involucran, por ejemplo, dudas o disputas sobre la autoría de un artículo científico. Como las investigaciones conjuntas ampliaron la cantidad promedio de autores, se presentan dificultades para saber quién hizo cada cosa exactamente, así como se incluyen con cierta frecuencia en los artículos los nombres de investigadores que aportaron poco o nada, debido a razones políticas o bien, con propósitos netamente fraudulentos. Recientemente, hubo un caso de invasión de sistemas online de revistas científicas que la evaluación por pares: la inclusión fraudulenta de e-mail falsos en el sistema llevó a que los artículos remitidos para publicación fueran evaluados por una camarilla, y no por expertos externos (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 222).

Steneck citó ejemplos recientes, tal como el que involucró a Craig Thompson, presidente de uno de los mayores centros de investigación sobre el cáncer de Estados Unidos, el Memorial Sloan Kettering Cancer Center. Éste fue acusado por la Universidad de Pensilvania, donde había trabajado, de apropiarse de datos de una investigación que no le pertenecían para crear una startup de biotecnología. Otro caso de famoso fue el del alemán Ulrich Lichtenthaler, en la Universidad de Mannheim, al que se le anularon nueve artículos debido a prácticas como la publicación de un mismo resultado de investigación en diferentes revistas o la partición de las conclusiones de un estudio en varios artículos, un artilugio para amplificar artificialmente su producción científica. Un estudio efectuado por el Deja vu, un sistema informático que permite la verificación de sospechas de plagio, detectó 79.300 artículos indexados en la base Medline con tramos repetidos. De ese total de artículos, tan sólo 2.100 fueron analizados, y de ellos, 1.900 fueron retractados. Más de 74 mil aún no han sido evaluados. “Hay muchos casos de mala conducta subestimados”, dijo Steneck. “Antiguos supuestos, tal como el concepto de que los casos de mala conducta son raros o se circunscriben a campos de la ciencia altamente competitivos, como la biomedicina, ya no pueden sostenerse”, afirmó.

El desafío de castigar los casos de mala conducta en forma justa fue abordado por los participantes del Brispe a raíz de un caso trágico: el suicidio, ocurrido el 5 de agosto, del biólogo japonés Yoshiki Sasai, de 52 años, director del laboratorio de organogénesis y neurogénesis del Instituto de Investigación Riken, de Japón. Era uno de los más eminentes científicos del país, y uno de los autores de los dos artículos publicados en la edición de enero de la revista Nature y retractados en julio al respecto de una técnica de producción de células madre. Sasai supervisó el trabajo de Haruko Obokata, una joven investigadora que era la autora principal de los artículos. Los mismos abordaban una técnica que prometía simplificar la producción de células madre, algo que tendría gran influencia sobre la medicina regenerativa. La técnica fue perdiendo credibilidad cuando otros científicos intentaron reproducirla sin éxito. El propio instituto abrió una investigación y descubrió que Obokata plagió e inventó ciertos segmentos de los artículos.

“Probablemente, Sasai no haya sido directamente culpable, pero no supervisó el trabajo tal como debería. Ése fue su error”, dijo Carlotte Haug, del Cope. Según ella, es necesario lidiar con los casos de mala conducta con cierta sensibilidad y de modo consistente, y la difusión de los casos de mala conducta por la prensa no siempre tiene en cuenta esas prerrogativas. “Los casos de mala conducta involucran situaciones bastante complejas, pero a veces se los divulga en forma simplista”, dijo, en referencia al blog Retraction Watch, administrado por dos investigadores, que divulga casos de artículos retractados e investigadores sancionados en varios países.

Existe una coincidencia en el sentido de que no resulta aceptable ocultar los casos juzgados públicamente, fundamentalmente luego de haber sido investigados en profundidad por otros científicos y sancionados. “La investigación debe ser rigurosa y justa”, dijo Carlos Henrique de Brito Cruz, director científico de la FAPESP.

La Fundación lidia con alrededor de 20 casos de mala conducta por año, que involucran investigaciones que financia. La mayoría de las veces, la acusación es por plagio. El procedimiento previsto en el Código de buenas prácticas científicas consiste en solicitarle a las instituciones que investiguen las acusaciones y presenten sus conclusiones. Si los resultados fueran considerados insatisfactorios, la FAPESP puede optar por abrir una investigación propia. “Las universidades e institutos de investigación del estado de São Paulo patrocinados por la FAPESP deben definir políticas y procedimientos claros con miras a lidiar con la cuestión de la integridad científica y contar con uno o más departamentos u organismos internos destinados a la promoción de buenas prácticas científicas mediante programas regulares y para investigar y sancionar los eventuales casos de mala conducta”, dijo Brito Cruz. “Pero la investigación y la sanción no representan el rol más importante que deben desempeñar los organismos de promoción de buenas prácticas científicas en las universidades. Su función primordial debe ser el fomento de una cultura de la integridad científica en las instituciones en forma permanente”, sostuvo.

La Conferencia Mundial se realizará en Río de Janeiro

Del 31 de mayo al 3 de junio de 2015, Brasil será sede de la 4ª Conferencia Mundial sobre Integridad Científica (WCRI, según su sigla en inglés). El evento, que congregará a expertos e interesados de diversos países en la ciudad de Río de Janeiro, convoca al debate sobre la integridad científica en el contexto de los sistemas de recompensa en vigencia en el ámbito científico y en la carrera de los investigadores. “Cada vez resulta más evidente en los más variados países la preocupación por el ambiente en que se realiza la actividad científica, en el ámbito del fomento y conducción de proyectos y la comunicación y evaluación de resultados. Una de las fuentes de esa preocupación radica en la relación de la ‘salud’ de esos ambientes en cuanto a la calidad de la ciencia, que puede verse comprometida, por ejemplo, por proyectos y artículos con propuestas o resultados sesgados”, dice Sonia Vasconcelos, docente de la UFRJ y miembro del comité organizador del evento.

La importancia de la realización de dicho evento en América Latina es crucial, señala Vasconcelos, especialmente para los países que integran las redes de colaboración en investigación junto a otros en donde el debate sobre la integridad científica se viene consolidando o está consolidado. “La posesión de un debate consolidado al respecto significa, entre otros varios desdoblamientos, el establecimiento de criterios éticos para la conducción y comunicación de la investigación en áreas diversas, que muchas veces pueden ser adoptados en forma incierta por los colaboradores”, afirma la investigadora. “Suelo expresar que los países de nuestra región, y especialmente Brasil, que ostenta un liderazgo en buena parte de esas colaboraciones, deben tener voz en cuanto a esos criterios. Eso marca una gran diferencia, pues el enfoque al respecto de muchos aspectos éticos de la investigación, incluyendo el propio concepto de integridad científica, no siempre se encuentra consensuado en las diferentes culturas y sistemas de investigación. Un evento mundial como éste que se realizará en Brasil nos otorga voz en esa discusión”, dice Vasconcelos.

La primera Conferencia Mundial se llevó a cabo en 2007, en Lisboa, y fue organizada por la Fundación Europea de Ciencia y por la Oficina de Integridad Científica de Estados Unidos. Estuvo signada por el establecimiento, por primera vez, de las bases para el debate sobre la integridad científica a nivel global y porque en ella se identificaron los principales desafíos. La segunda edición se realizó en 2010, en Singapur, y resultó en una declaración, actualmente traducida a varios idiomas y adoptada por diversos países, que define los principios y responsabilidades a seguir por quienes producen ciencia. La tercera edición fue en Montreal, en 2013, y se avanzó en la discusión sobre las responsabilidades de los colaboradores en investigaciones conjuntas y la responsabilidad de los autores en los resultados de sus investigaciones.


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