HUMANIDADES

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Las buenas nuevas de la caña de azúcar

Además de los beneficios ambientales, el incremento de la producción de etanol ayudó a mejorar los indicadores sociales en el campo

MAURICIO PULS | ED. 239 | ENERO 2016

 

Zafra mecanizada de caña de azúcar en Piracicaba (São Paulo), en 2007: mejores condiciones de trabajo

Zafra mecanizada de caña de azúcar en Piracicaba (São Paulo), en 2007: mejores condiciones de trabajo

El Programa Nacional del Alcohol (Proalcohol), creado en Brasil en 1975 para achicar los gastos con la importación de petróleo, alteró profundamente la matriz energética del país, al reducir la polución atmosférica y la emisión de gases de efecto invernadero. Pero además de sus beneficios ambientales, la reciente expansión de la agroindustria cañera también generó impactos positivos en los indicadores sociales del país, según apunta el estudio intitulado Socio-economic impacts of Brazilian sugarcane industry (Los impactos socioeconómicos de la industria brasileña de la caña de azúcar), publicado en el número 16 de la revista Environmental Development (diciembre de 2015).

Basadas en un extenso estudio bibliográfico, Márcia Azanha Ferraz Dias Moraes, de la Escuela Superior de Agricultura Luiz de Queiroz de la Universidad de São Paulo (Esalq-USP), Fabíola Cristina Ribeiro de Oliveira, de la carrera de Ciencias Económicas de la Universidad Metodista de Piracicaba (Unimep), y Rocío A. Díaz-Chávez, del Centro de Política Ambiental del Imperial College, de Londres, utilizaron datos de la Investigación Nacional por Muestreo de Domicilios (Pnad, por sus siglas en portugués) y de la Lista Anual de Informaciones Sociales (Rais, siglas también en portugués) para comparar la situación del personal dedicado al cultivo de la caña de azúcar con la de los trabajadores de los demás segmentos agrícolas. También compararon indicadores sociales de los descendientes de los empleados del cultivo cañero con los de otros cultivos, para verificar si las condiciones de los padres influirían sobre las de los hijos.

El estudio mostró que los trabajadores de la caña de azúcar perciben salarios mayores, están más escolarizados y tienen una proporción mayor de empleo formal cuando se los compara con el promedio de los mismos indicadores referente a los otros cultivos analizados. Fue posible también verificar que los descendientes de los empleados de la labranza cañera exhiben indicadores socioeconómicos mejores, aparte de contar con una movilidad mayor hacia otros sectores fuera del agrícola: “Podemos decir que la expansión cañera verificada a partir de 2008 contribuyó en la mejora de los indicadores sociales agrícolas”, afirma Ferraz Dias Moraes. Pero estos logros son relativamente recientes, advierte la profesora. “Cuando surgió el Proalcohol, su enfoque principal consistía en buscar alternativas al petróleo, y en aquel momento las cuestiones ambientales o sociales eran secundarias”. En esa época, la prioridad era disminuir a toda costa la dependencia con relación al petróleo importado, que respondía por más del 80% del consumo nacional.

Este objetivo económico se alcanzó: la producción de caña de azúcar saltó de 88,9 millones de toneladas en 1975 a 588,5 millones en 2013, lo que permitió que la producción de etanol trepase a su vez de 555 millones de litros a 23.200 millones de litros en idéntico período. Esto contribuyó para que la dependencia del petróleo importado cayese al 18% del consumo nacional en 2013. Y el Proalcohol aportó otros beneficios directos. Tal como quedó demostrado en el estudio Social externalities of fuels (Las externalidades sociales de los combustibles), de 2011, elaborado por Ferraz Dias Moraes, Ribeiro de Oliveira y otros autores, la expansión del complejo de azúcar y alcohol generó empleos y elevó los ingresos en vastas regiones del interior de Brasil, mientras que las plantas dedicadas a la refinación de petróleo siempre se concentraron en pocas ciudades costeras.

Caña de azúcar recibida para empezar el proceso de producción de etanol en Nova Europa (São Paulo): beneficios económicos, ambientales y sociales

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Dos tiempos
Con todo, desde el punto de vista social, la situación no era satisfactoria. “Cuando se observa la literatura producida en la década de 1980 sobre el tema, se verifica que las condiciones de trabajo en el sector de la caña de azúcar eran malas: había una gran informalidad e incluso trabajo infantil”, dice Ferraz Dias Moraes. Y en el plano ambiental, el cuadro general no era mejor: los incendios producían grandes nubes de humo. De acuerdo con Ferraz Dias Moraes, estos problemas estaban relacionados con el proceso de zafra manual de la caña, mediante la utilización del trabajo de migrantes que llegaban a São Paulo: “Las condiciones de trabajo y de alojamiento eran problemáticas, y actuaban los llamados ‘gatos’ [intermediarios de la contratación de mano de obra]. Con las investigaciones desarrolladas en nuestro grupo de estudio, logramos verificar que hubo un cambio importante en las condiciones de trabajo. Son dos períodos completamente distintos. Actualmente no tiene más sentido hablar de trabajo esclavo en el cultivo de cañamiel”.

Otros estudios a los que Ferraz Dias Moraes hace mención ya apuntaban en ese sentido. La tesis intitulada Indicadores socioeconómicos en estados productores de caña de azúcar: análisis comparativo entre municipios, de Janaina Garcia de Oliveira, defendida en la Universidad de Campinas  (Unicamp) en 2011, señala que el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de los municipios productores de cañamiel presentó una evolución favorable de 1970 a 2000: “Los municipios cañeros en todos los estados exhibían mejores indicadores de distribución de ingresos y de acceso a los servicios de infraestructura, fundamentalmente en lo que hace al acceso a instalaciones sanitarias”.

Los avances en las condiciones de trabajo se intensificaron de allí en adelante. ¿Qué factores contribuyeron para ese cambio? “El primer motivo fue una acción sumamente rigurosa del Ministerio Público del Trabajo, al exigir el efectivo cumplimiento de las normas”, dice la autora. La inspección estatal se reforzó debido al interés internacional, que cobró importancia a medida que Brasil fue incrementando sus exportaciones de azúcar y alcohol. La intensa competencia entre los productores de esas commodities en el mercado mundial, como así también la preocupación de las empresas compradoras de azúcar y etanol, que pasaron a ejercer una auditoria más rigurosa sobre las prácticas sociales y ambientales de los proveedores brasileños, también contribuyeron para la adopción de prácticas más sostenibles.

Zafra manual en Olímpia (São Paulo): un trabajo extenuante y en proceso de extinción

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La mecanización
El flujo de inversionistas extranjeros hacia el sector a partir del año 2000 contribuyó en la adopción de una administración más responsable, pues esas empresas aportaron nuevos estándares laborales y de gestión. Según Ferraz Dias Moraes, no todas las empresas nacionales tenían prácticas reprobables, pero las extranjeras ayudaron a levantar el nivel de las condiciones sociales y laborales.

Con todo, la principal explicación para el cambio en el campo reside, según la autora, en la mecanización de la zafra. El proceso se aceleró con la eliminación gradual de la quema de la caña de azúcar en el estado de São Paulo, determinada por la firma del Protocolo Agroambiental del Sector Sucroenergético en 2007, y por la legislación del estado en vigor referente a este tema. Esto generó enormes beneficios ambientales, al acabar con los problemas ocasionados por los incendios, aparte de permitir el aprovechamiento de la paja de la caña en la generación de energía eléctrica (tal como ya se hacía con el bagazo).

Por otra parte, la mecanización tuvo un efecto perverso, al inviabilizar la zafra manual de la caña y provocar una merma de puestos de trabajos. “La mecanización exige menos trabajadores”, dice la investigadora. “Una cosechadora reemplaza en promedio a 80 cortadores”. Entre 2000 y 2012, la cantidad de trabajadores registrados legalmente en todo el complejo sucroalcoholero creció de 642.848 a 1.091.575, un incremento global del 69,8%. Al disgregar esos datos, se constata que el volumen de empleos formales subió un 205,2% en las destilerías de alcohol y un 153,93% en los ingenios de azúcar. Pero la cantidad de trabajadores registrados formalmente en el cultivo de caña de azúcar se redujo un 7,4%: de 356.986 a 330.710 empleados.

La regresión sectorial en el empleo tiene un aspecto positivo. “El corte manual de la caña de azúcar es un trabajo extenuante”, dice Ferraz Dias Moraes. Otros investigadores también ponen de relieve el carácter penoso de este trabajo. Según Maria Aparecida de Moraes Silva, docente jubilada de la Universidade Estadual Paulista (Unesp), del campus de la ciudad de Araraquara, “la vida útil de un cortador de caña no supera los 15 años: el trabajo destruye la columna, las muñecas y los brazos”.

Sin embargo, tal como asevera Francisco Alves, profesor asociado del Departamento de Ingeniería de la Producción de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), la mecanización no eliminó totalmente el corte manual. “En realidad, el modelo de mecanización que se puso en práctica con la caña de azúcar requiere la combinación del corte mecanizado con el corte manual de elevada productividad: los trabajadores empleados en el corte de la caña deben tener una elevada productividad, que actualmente pasa de las 14 toneladas por hombre y por día de trabajo”, dice Alves. Eso trae aparejado un aumento de las enfermedades laborales.

La gradual disminución de la demanda de cortadores manuales se vio compensada, al menos en parte, por la creación de puestos de tractoristas, choferes, mecánicos, conductores de cosechadoras y técnicos en electrónica, apuntó Ferraz Dias Moraes en su estudio intitulado El mercado de trabajo de la agroindustria cañera: desafíos y oportunidades, de 2007. Para mitigar el problema del desempleo generado por la mecanización, las federaciones patronales y los sindicatos de trabajadores de São Paulo han organizado ‒de acuerdo con el último estudio de la autora‒ cursos de capacitación y recalificación para tres mil trabajadores por año. También hubo una absorción de parte de esos trabajadores en obras de infraestructura en las regiones norte y nordeste del país.

Centro de Tecnología Cañera, en Piracicaba (São Paulo): los avances mejoraron las condiciones, pero a su vez se redujo la cantidad de puestos de trabajo

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Generaciones
Para evaluar mejor el alcance de las transformaciones, Ferraz Dias Moraes, Ribeiro de Oliveira y Díaz-Chávez utilizaron datos de fuentes gubernamentales (Pnad y Rais) que permiten comparar las condiciones de trabajo y los niveles de escolaridad entre dos generaciones de trabajadores. Para evitar distorsiones en la comparación con los demás sectores agrícolas, no se tuvieron en cuenta los datos referentes a los empleados de las destilerías de alcohol y centrales azucareras.

El cruzamiento de información revela que el ingreso promedio del jefe de familia (la persona de referencia en la familia, según la denominación actual de las estadísticas oficiales) en el cultivo de la caña de azúcar era un 46,5% mayor que el ingreso promedio de los restantes sectores agrícolas. La escolaridad promedio es de cinco años de estudio en el área de los trabajadores de la cañamiel, frente a cuatro años en los demás. En comparación con sus padres, los hijos de estos  trabajadores tienen una escolaridad promedio más alta: son 8,4 años, en el caso de los empleados de la caña de azúcar, y 8,1 años en el resto del sector agrícola. Así y todo, todos poseen ingresos promedio menores que los de sus padres (en el caso de la caña, un 14,2% menores, y en la agricultura en general, un 3,2% menores). Diversos factores influyen sobre los haberes de los trabajadores, lo que puede explicar por qué los hijos, pese a de tener una mayor escolaridad, aún ganan en promedio menos que sus padres.

Si se consideran los jefes de familia, es posible notar también que en el sector de la caña, el 86,98% corresponde a trabajadores formalizados, ante sólo un 34,23% en los demás sectores agrícolas. Cuando se compara a los descendientes, se constata que el 70,05% de los descendientes de los trabajadores de la caña de azúcar tiene registro formal, con relación al 49,31% de los hijos de trabajadores de los restantes sectores. Por ende, se observa el influjo de los padres en las condiciones de trabajo de los hijos, es decir, el hecho de que la mayoría de los trabajadores de la caña tengan trabajo registrado formalmente habría influido en las elecciones tomadas por sus descendientes. En el caso de los hijos de trabajadores agrícolas en general, el 43,2% sigue en la agricultura; en el de los hijos de los trabajadores de la caña de azúcar, ese porcentaje se reduce al 29,3%, lo cual indica una mayor movilidad hacia otros sectores.

La mayor parte de los descendientes de los empleados del sector cañero encuentra trabajo en el sector de servicios (un 35,3%). La industria de transformación absorbe el 20,9%, la construcción civil un 8,1% y la administración pública un 4,9%. Esta mayor movilidad social es producto probablemente de la influencia del contexto familiar. “Las condiciones de la familia influyen sobremanera en las elecciones de los hijos”, explica Ferraz Dias Moraes. “Las mejores condiciones de trabajo de los padres abren la posibilidad de un empleo mejor para los hijos.”

Artículo científico
MORAES, M.A.D. et al. Socio-economic impacts of Brazilian sugarcane industry. Environmental Development. v. 16, p. 31-43, dic. 2015.


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